Me encuentro esperándola fuera de “La Cava”, una tienda de cigarrillos y alcohol del distrito de San Miguel, mientras sostengo nuestras mochilas: la suya, que al parecer está un poco pesada, y la mía, que tan solo lleva dentro una toalla, una botella de agua y el estuche de mis lentes; equipaje suficiente como para poder iniciar una vida nueva, como para poder olvidarme de todo. No obstante, mi interés y preocupación no yace en ver qué habrá dentro su morral, sino en cuánto más tardará en llegar. ¿Será tan difícil entrar a una tienda a comprar una cajetilla de cigarrillos sin documento de identidad? Jamás lo sabré. Ella, sin embargo, se encuentra averiguándolo en estos instantes.

Lo único que le di antes de que me dejara como estoy ahora fueron veinte soles: un billete sucio y roto del año dos mil cinco, aquellos que dentro de unos años solo tendrán los coleccionistas.

—Con esto creo que será suficiente –le digo mientras le doy el billete–.

— ¿Qué se supone que debo comprar?

—No lo sé; usa tu imaginación. Siempre me decías que te gustaba fumar, pero nunca en soledad, siempre con alguien que pueda encenderte el cigarrillo. Bueno, esta vez quiero ser yo quien te acompañe –le respondo–.

Una vez hecho este comentario, la veo alejarse en dirección a la pequeña bodega cuyo cartel de publicidad emite un brillo leve color verde. Yo busco un lugar donde sentarme y lo único que encuentro son dos pequeños escalones que terminan en un viejo portón de metal, algo oxidado por la brisa. Atino a sentarme en el segundo escalón, con el temor de que aún haya gente dentro de esa vieja casa. Para cuando alzo la vista, ella ha desaparecido. En esa larga espera, me pregunto si estoy tomando la decisión más correcta. ¡Por qué tuve que encontrármela justo en el día de mi partida! Yo estaba tranquilo, todo se resumía en pasar estos últimos días con la única compañía de mi sombra a las doce del día. No pedía ni quería nada más. Hasta que apareció allí, mientras yo me estaba tomando una lata de cerveza en un paradero de La Marina. Si tal vez ella no me hubiera reconocido de lejos, la historia sería otra; ese paquete de cigarrillos se habría quedado sin comprador. O quizás uno distinto. O quizás en la basura.

Y ahora, maldita sea, sé que cuando las puertas del avión se hayan cerrado, ya no habrá vuelta atrás: las palabras que hayan quedado dentro de mí se desvanecerán entre la neblina a bordo de la aeronave.

Cuando, por fin, la veo saliendo de “La Cava” con una cajetilla de Lucky Strike y un encendedor de bencina, rompo la promesa que le hice a mi padre: dejar los cigarrillos de una vez por todas, o al menos presiento que esta noche la romperé.

Observo su rostro mientras caminamos por el jirón San Martín que nos lleva al malecón. Está entusiasmada, será la primera (y quizá la última) vez que fumemos juntos, bajo el amparo de la luna y la luz de las estrellas que hace mucho se olvidaron de Lima.

Al pasar por un inusual monumento a John Lennon, nos detenemos. Decidimos apoyarnos en una baranda –algo oxidada y húmeda– que nos da una perfecta vista al mar.

—No tengo mucho tiempo –le digo mirándole a los ojos.

—Oye, tranquilo. Tenemos toda la noche, es más, toda una vida por delante. ¿Cuál es el problema? Además, tú…-

—Créeme que no tenemos mucho tiempo –le digo sin dejar que termine la oración.

Saca el encendedor metálico de su bolsillo y me lo avienta. Luego extrae uno de los Lucky del paquete de diez. “Quiero compartir este contigo”, me dice mientras se lo coloca entre los labios (no le gustaba pintárselos; a mí tampoco me agradaba la idea de ocultar el color natural de su piel), y deja que le haga el favor de encenderlo. Nunca fui bueno con los encendedores, tengo que admitirlo.

Entonces, mientras compartimos el único cigarrillo que se nos ocurre, nos quedamos observando las plácidas olas del mes entrante de noviembre, las cuales nos miran desde el océano Pacífico. Tres años han pasado y esta es la primera vez que nos fumamos un par de puchos. Siempre tuvimos la oportunidad de hacerlo, pero, por mi culpa a veces, nunca se dio esa oportunidad.

El cigarro tambalea entre nuestras manos; el humo entra y sale de nuestros cuerpos sin parar, hasta que –de un momento a otro– lo dejamos caer, y nos dejamos llevar por nuestros labios aquella noche sin luna de noviembre. Tres años habían pasado, y este día, contra los vaticinios, contra todo pronóstico, nos encontramos allí parados cerca del monumento de uno de los cuatro Beatles, inhalando no solo la humedad imperante del litoral, sino también el aroma que emiten nuestros desesperados cuerpos.

El cigarro, que nos observaba desde el suelo, se había consumido completamente; y al igual que una luz de bengala se iba apagando paulatinamente teniendo a las olas como únicos testigos. Hasta que no aguanto más: tengo que decirle la verdad.

—Mi vuelo sale en tres horas –atiné a decirle cuando nuestros cuerpos se separaron.

—¿Qué es lo que estás diciendo? No entiendo –eleva las pestañas y frunce el ceño.

—Es difícil… –la expresión de su rostro cambia cuando digo esto.

—Pero, ¿volverás? ¿Por qué justo ahora? Siempre hiciste eso. Te vas cuando todo empieza a ir bien.

—Mira, yo no quería que pasara esto. Estaba en el paradero y de pronto apareciste tú y todo…–la expresión de mi rostro es muy delatora (podría ser ” me delata”): al parecer, no sería un simple viaje solamente.

—¡Eres un hijo de puta! Esperaste estos tres malditos años para darme un beso, y ahora (justo ahora), cuando todo por primera vez está saliendo bien en mi vida, decides irte, como si nada hubiera pasado. Yo te he querido por estos tres años de mi vida.

Sus palabras son frías como las olas del océano Pacífico, frías como las noches de noviembre, frías como el cigarrillo que ahora se encuentra tirado en el asfalto.

—Lo siento. Nunca encontré el momento exacto para decírtelo.

—¡Y ahora lo echaste todo al tacho! –las lágrimas hubieran arruinado el color de su maquillaje, pero recordé que ella no es de las que lo usan.

—¿Me podrías acompañar al aeropuerto? –le dije mientras observaba mi reloj, porque esta vez ya no podía con su rostro.

 

***

Mientras el taxi nos conduce por la avenida Faucett, no se oye ningún ruido, solo nuestros cuerpos respirando el ya casi inexistente e irrespirable oxígeno que queda dentro del vehículo. Incluso el tráfico decidió darnos un poco de silencio. Fue la única vez que no hubo ningún tipo de comunicación entre ambos. Cuando por fin descendemos, ella se queda adentro; no quiere salir. Y no creo que pueda convencerla.

—¿Me acompañarías a tomar el avión?

—Hace tres años, tal vez habría dicho que sí—.

—Solo quiero que sepas que lo siento; el tiempo es lo más valioso que hay en esta vida y hoy (especialmente hoy) lo acabo de comprobar. Sé que algún día me arrepentiré, pero, aunque tú ya no creas en nada de lo que digo, yo tampoco quería esto. Estoy harto de esta vida que se alimenta del estar huyendo de aquí para allá, perdiendo a los que más quieres—.

—Ya vete.

Acomodo la mochila en mis hombros y me voy caminando en dirección a la puerta principal del aeropuerto Jorge Chávez.

—¡Espera! –lanza un grito desde el taxi y yo doy un giro de ciento ochenta grados para atender a su llamado (era lo mínimo que podía hacer por ella)–. ¿Y qué hago con los nueve cigarrillos que me quedan?

—No lo sé —respondo—. Deshazte de ellos o guárdalos para otra oportunidad.

 

 

Lima, noviembre del 2015

 

 

  • reyner

    El tiempo de dos acompañado de historia. Qué pasa al final? Continuará? Digan algo?

    • Continuará de una forma no lineal. Estaremos publicando las demás historias poco a poco.
      Saludos, Reyner.

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