-¿Aló? ¿Pedro Pablo?

-Señora Ramírez, que sorpresa recibir su llamada. Me siento muy apenado en lo que respecta a Mateo. Quiero que sepa que si existe algo para que pueda ayudarlo, con mucho gusto lo haré.

-Eres muy gentil Pedro Pablo, y sí, hay algo en lo que me puedes ayudar.

-Con todo gusto, señora, adelante, dígame que necesita.

-¿Podemos  vernos  en el Starbucks del trial, en media hora?

-Mmm… Creo que sí es posible. A las 8, entonces, allá.

-Perfecto.

Pedro Pablo es compañero de innumerables fiestas de Mateo, se conocieron el día en que ambos decidieron estudiar en el centro preuniversitario de la Católica. Aún recuerda cómo se conocieron. Pedro Pablo llevaba en ese entonces gafas y su sueño había sido en convertirse en un gran economista como lo había sido su abuelo, en honor de quien lleva su nombre. Estaba caminando por la avenida Universitaria con su fólder manila cuando Mateo estaba preguntándole al personal de seguridad (en la católica son llamados “Sheriffs”), dónde era el salón de la inscripción. Pedro Pablo despreocupado como siempre, se acercó a escuchar la conversación, pues él tampoco se ubicaba bien en semejante campus.

-Entonces, tienen que subir las escaleras y en el salón 302 dejan sus documentos y recibirán las instrucciones para el primer día de clases -dijo el Sheriff cuyo rostro era parecido al de  “Popeye el Marino”.

-Muchas gracias- Dijeron ambos en coro.

-Hola, soy Pedro Pablo, ¿cómo te llamas?

-Me llamo Mateo

-Calor de mierda, ¿no?

-Si pes, acá debe ser el salón ¿no?

-Buenas tardes, hemos venido a dejar nuestro certificado de notas. Son Reyes y Ramírez, ¿verdad? Hagan cola por acá por favor.

En ese instante, hicieron la cola y comenzaron a conocerse. Ambos querían ser economistas. Estudiaron en colegios que estaban muy cercanos e incluso vivían en la misma zona. Ambos ingresaron juntos en el primer intento a la universidad y se encontraron varias veces en muchos cursos.

Al bajarse del microbús, Pedro Pablo sintió que ese cruce de Velasco Asteste con Benavides  tenía una carga de melancolía y desesperación. No se equivocó. Al entrar al Starbucks, ubicó a la señora rápidamente, la saludó y se sentó frente a ella.

-Iré al grano Pedro Pablo, quiero que me cuentes que pasó-.

-Bueno señora, fuimos a una fiesta y Mateo se enrolló con una chica. Nunca pensé que terminaría en esa tragedia. Parecía solo un “agarre” normal que sucede en una fiesta.

-Nunca habías visto a esa chica antes,  digo, de la fiesta.

-Sí claro, pero hasta donde tengo entendido Mateo no la conocía, es más, lo tuve que convencer diciéndole que aquella muchacha iba a ir para que me acompañase.

-Al parecer Mateo sí la conocía de antes, no sé me da esa sensación.

-Bueno señora, la verdad no sé nada más. A M,ateo siempre le gustó su mejor amiga, Alejandra, pero al parecer con ella no pasó nada más que un beso en un par de fiestas. Hace poco estaban como que en algo, pero no sé qué pasó hace dos semanas que se dejaron de hablar.

-¿Por qué nunca me comentó de ella?

-No lo sé, fácil y porque usted es medio especial con las chicas y bueno, sabe cómo era de raro a veces Mateo.

-Tienes razón, ¿tienes el número de Alejandra?

-No, pero sé dónde vive. Es temprano, aún podemos ir a verla ahora.

 

En otro de los brazos que tiene el Óvalo Higuereta yacía Daniel estupefacto por lo que estaba pasando. No lo podía creer. Era solo uno de esas paradojas sádicas que te da la vida, las cuales te llevan al límite de la cordura. Comenzó a temblar. Sentía ese calor que comenzó a poseer a Mateo 3 noches atrás.  Comenzó a ponerse pálido.

-¿Se encuentra bien, señor?-

Apenas pudo asentir. El cuerpo se le había paralizado cuando entendió qué es lo que debía hacer. Un desconocido se le acercó, le tomó del brazo y le susurró.

-Te he estado siguiendo desde que saliste del hospital. Sal de acá, si quieres salvarte y a ella, sé muy bien qué está a punto de suceder.

-Perdónanos, ¿qué dice tu polo? Macarena.  Lindo nombre, me han dicho que no existe Macarena fea, y bueno, contigo creo que no es la excepción. Él es mi amigo Daniel que no veo hace tiempo -dijo el desconocido a la mesera- Yo pagaré su cuenta.

Ambos se retiraron hacia la puerta donde se encontraban los otros Lombardi.

-Disculpe, ¿Quién es usted? ¿Qué le ha pasado a Daniel?

-A Daniel nada, solo acaba de sufrir un ataque del mal de Yrigoyen. Y yo soy…

 

(Continuará).