Daniel se encuentra en su jardín pensativo sin percatarse de lo que hay alrededor. Lo único que le preocupa es aquel sueño que acababa de tener. Es demasiado real para ser un simple sueño, de hecho el mismo llegó a sentirse culpable por aquel ficticio homicidio. Cogió mal el cigarro y las cenizas cayeron en la otra mano, se la miró y se preguntó cómo pudo haberse cortado. No encontró una herida para aquel brote, entonces asumió que debe ser la poca luz que tiene el jardín.

-Sí eso debe ser- se dijo a sí mismo.

Él es hijo del capitán de la Policía Nacional, Rodrigo Lombardi. Su madre había fallecido cuando él todavía no tenía la capacidad de recordar, así que para él lo único que existe es su papá y su hermano mayor, que hace poco se acababa de graduar, el alférez Alfredo Lombardi.  Padre e hijo trabajan juntos, por lo que Daniel para la mayor parte del tiempo solo. En la última parrilla familiar en la casa de sus abuelos, sus padres le habían comentado acerca de una peculiar ola de asesinatos, seguidos de suicidios por parte del homicida. Como Alfredo quiere pasar los primeros seis meses de ejercicio con su padre para que le enseñe cómo funciona las cosas en la PNP. Entonces solo le encomendaban buscar la causa del asesinato y registrar los suicidios en la morgue de Lima; su padre, mientras, le ayudaba a acostumbrarse a su nueva vida de oficial.

Su padre y su hermano se habían quedado a atender a los padres de un tal “Mateo Ramírez”. No fue sino hasta las cinco de la mañana que don Rodrigo vino con Alfredo. Daniel, quien no había podido volver a conciliar el sueño, resolvió que mejor avanzaría los quehaceres del hogar.

–¿Qué tal el trabajo?

–Bien hijo, la verdad un poco dramático, esa señora anda preocupada por su hijo. Hasta me amenazó con hablar con mis superiores si no la dejo ver al muchacho.  Al final,  terminé accediendo e iremos mañana.

–Pero pá, no íbamos a ir a comprarle unas rosas a mi mamá. Mañana es su cumpleaños.

–Mira, Daniel, son cosas del trabajo, a mí también me gustaría ir a visitar a mamá pero no se puede, nos estamos arriesgando. Como acaba de ocurrir un suicidio y esto se vuelve una tendencia con cada una de los detenidos que llevamos, al parecer creemos que hay algo detrás de esto–tosió–… Creo que sí podemos, llamaré a la señora para ir mañana a las 8 de la mañana y creo que nos alcanzará el tiempo  para ir a visitar a Julieta.

A la mañana siguiente, muy temprano los tres Lombardi se encontraban en la puerta de aquel hospital. A los quince minutos, la señora Ramírez llegó preocupada y los saludó.

–Lamento todas las molestias que les he podido causar.

–No se preocupe señora, comprendemos su situación, yo también soy padre. Más bien, ¿me podría responder algunas preguntas?

–Sí claro, como no.

–Bien, ¿su hijo consumía narcóticos o algo por el estilo?

–No para nada, cómo se atreve a preguntar semejante barbaridad.

–Lo que pasa es que tengo que preguntarlo, ocurre un patrón muy seguido en las personas que vienen a este lugar, de hecho después del homicidio los otros internos suelen estar al borde de la locura.

–Deber ser, mi hijo solo está asustado, no sabe lo que hace. Solo quiero verlo, ya averigüé que la chica no vivía en Lima, pero sus padres son gente muy influyente.

–Así es, señora, por eso quise que venga, la verdad como se manejan las cosas acá va a estar bien difícil que su hijo salga ileso en el sentido legal, la traje para que pueda verlo, lo que es por mí le garantizo que soy un profesional y hasta donde me toque llevar el caso, mostraré lo que en realidad pasó, pese a que me presionen de arriba, por ello, señora, necesito su ayuda, ¿su hijo consumía drogas, estupefacientes o alcohol?

–No que yo sepa, pero no sé cómo probarlo, pues él vive solo en Lima. Sin embargo, tiene mi consentimiento para visitar su departamento las veces que sea necesario a ver si se encuentra algo.

–Muchas gracias, lo tomaré en cuenta, asumo que usted tampoco sabe de las relaciones amicales de su hijo.

–No… vengo a Lima una vez cada mes y conozco a Pedro Pablo, es más acá tengo su número.

–Muchas gracias señora, creo que ya es hora de entrar, ¿vamos?

Cuando entraron en aquel salón, vieron a Mateo con una camisa de fuerza y completamente irreconocible, su madre hubiese pensado que se trataba de otra persona; sin embargo los ojos estaban inalterados, esa mirada de pícaro sentimental no se había perdido. Al verlo se abalanzó contra él para darle un abrazo y comenzar a besarlo.

–Esa señora me hace recordar a mamá, Daniel. Esa maldita enfermedad, pero bueno ahora creo que es momento de dejarlos solos al menos media hora para luego entrar nosotros y seguir con la investigación.

Para ellos la media hora pasó de manera aburrida, pero la madre sentía que apenas había pasado un segundo. Cuando entraron de nuevo, Mateo solo se había percatado de su madre, no de los Lombardi. En eso, alza la mirada y esta se cruza con la de Daniel. Mateo comienza a llorar y le narra lo que le había contado el otro paciente antes de suicidarse.

–Esto debe de ser una broma. Su hijo está asustando al mío. Daniel, creo que es mejor que salgas de esta habitación.

–Aún no la conoces, pero ya has tenido ese sueño ¿verdad? Esa venda, la tienes puesta, es porque te despertaste y tu mano ya estaba ensangrentada –Daniel se quedó estupefacto.

–Como tú sabes lo de…

–Eso me pasó a mí, es inevitable, va a tener que pasar.

–Daniel, ¿se puede saber de qué habla? –le dijo su padre.

–Es la pesadilla que tuve ayer, la verdad fue muy rara, papá, pero no le presto mucha atención.

– Creo que esto ha sido suficiente por hoy, señora, le garantizo que podrá ver a su hijo pronto, acá tiene mi número.

–Por mi parte, en la noche llamaré a Pedro Pablo –dijo ella.

Cuando salieron del hospital, la señora se dirigió a la casa de Mateo a recordar a su hijo. Los Lombardi se fueron al cementerio.

En el panteón, visitaron a la madre y después de desearle un feliz cumpleaños y llevarle flores, decidieron ir a comer sushi, a un restaurante en la avenida Aviación. Al entrar una chica con gorro cuyo rostro es poco visible los atendió. Comieron plácidamente hasta estar satisfechos. Al terminar y dirigirse a pagar la cuenta, Daniel se quedó juntando algo de dinero como propina cuando la mesera volvió a recoger la cuenta. Su uniforme decía que su nombre es Macarena. Era la chica de aquella pesadilla….

 

(Continuará)