Por Luis Gavidia

 

De pronto, sacó  un cigarrillo del interior de su casaca y se puso a fumar en el balcón de su casa. Aún no sabía lo que pasaba, creía que todo era parte de su imaginación. Sin embargo, su mano estaba ensangrentada. Tiró el cigarrillo por el balcón y fue a sentarse a la sala de su departamento. Nunca había visto en su vida a esa mujer; no obstante, dentro de su desquiciada mente, ella yacía muerta en una avenida a la cual él solo había ido en sus sueños de infancia.

Pasó la noche en ese sillón sin moverse de él, más que para ir al baño a lavarse la cara y servirse whisky en un vaso cuando este se encontrase vacío. Cuando los rayos del crepúsculo invadieron la habitación, supuso que todo debería de haber sido una coincidencia. Que aquella mano ensangrentada debió haberse  manchado con algo. “Sí, eso debe ser”, se dijo a sí mismo. Y que en realidad  todo fue una mala noche  y un mal sueño. El estrés de los cursos de la universidad lo hacían pensar tonterías.

Mientras tomaba su desayuno, encendió el televisor para ver un poco las noticias. Se había olvidado el azúcar, entonces resolvió dirigirse a la cocina para traer más de esta, cuando el presentador de televisión dijo lo siguiente: “Esta noche fue asesinada, a mediados de las 2 de la mañana, la joven universitaria Renata Gálvez”.  Él se quedó perplejo  y se acercó lo más que pudo a la pantalla del televisor. No lo podía creer, era esa mujer. La mujer que había estado en sus sueños desde que se había mudado a ese departamento. Aquella que en sus sueños había estado tumbada tras la vereda sangrando. Estaba seguro de que era ella. Se tiró para atrás, asustado. “El asesino se entregó luego de haber cometido el crimen, es una persona altamente peligrosa y al borde de la locura”, continuó el periodista.

Él sabía que  ese no iba a ser un martes cualquiera. Era un martes diferente, el clima respaldaba su argumento. Llegó tarde a clase y no lo dejaron entrar. Se encontró con su amigo de tantas parrandas, Pedro Pablo. “Don Pedrito”, lo saludé. “Habla, Mateo”, me dijo. “¿En qué estás?”, le dije. “Ahí, pes.  Oe, cholo, hoy sale una reu  en la jato de Fabiola. Habla, ¿la haces?”  “Puta, huevón, tengo que estudiar. Macro 1 me tiene como cojudo. Tengo puros feriados en mis notas”. “Ja,ja,ja,ja.  Oe, Waldo es buena onda, te va a aprobar. Además, tú eres capo. Sobrado la haces, no seas rosquete. Vamos”. “Creo que ir un toque no me vendría mal”. “Va a ir la prima de Almendra, Xiomara, una morenita…así…canelita y no sabes lo que es, ah”. “No, pues, así convences a cualquiera .Bajo a tu jato golpe de 9, pes”. “Baja a las 10 y media. Así, tú sabes, estaré ocupado”. “Este huevón, oe. No cojudees a María, es mi amiga y la verdad te pasas de pendejo”. “Oe, no me jodas, huevón”. “ Ja,ja,ja,ja, puta, ya de ahí hablamos de eso, safo a la biblioteca  a estudiar”.  “Hablamos, pes”, me  respondió y lo perdí de vista mientras  yo bajaba las escaleras rumbo a la biblioteca.

Al regresar a mi casa, tiré la mochila y me eché sobre la cama.  Me levanto tipo 4 de la tarde, le “meto terror”  a Macro 1. Peor que confiar en un abogado es confiar en el sueño de uno mismo. Mateo se levantó a las 8 de la noche con un hambre voraz. Se sirvió algo de comida, llamó a sus padres que viven en Trujillo para avisarles que saldrá e informarles cómo van sus cursos. Agarró su casaca, pensó en usar su moto, pero en su mente pasó que saldría con Pedro Pablo. “Arrugo”, se dijo. Se subió a un taxi y llegó a la casa de su amigo. María salía peinándose  y detrás de ella estaba Pedro Pablo, sin polo.  “Mateito”. “Hola, María, ¿cómo estás?” “Bien, acá, estudiando para la práctica de “Ope” que tenemos el lunes. (Estudiando, sí claro). Con ironía, le sonrió y luego se despidió.  “Oe, tenemos que esperar al gordo y a Giácomo, se apuntaron de la nada”. “¿El gordo? ¿Va a venir?… Ese huevón, ¿su vieja no lo había caneado por lo de la vez pasada en su casa?”  “Alucina que le metió el floro de la vida y su vieja lo dejó salir”. “Este gordo conchesumadre .Va a  ser el mejor abogado del país, pero solo por su floro”. “Puta, por eso el Perú está como está”.

Al llegar a la casa de Fabiola, creyó que todo era una broma de su cabeza. Que su pervertida y retorcida mente le estaba jugando una mala pasada.  “No puede ser, es imposible, qué mierda hace ella acá”.  “¿Acaso no te dije? Sabía que te ibas a quedar huevón cuando la vieras, está buenaza, le saco la mierda”. “Ah,  sí, está en algo”, respondí distraído. Ella sabía que yo la observaba  y me miraba con miedo y curiosidad. Entre esas cosas que se  da en la fiesta, nos encontramos en la barra. “¿Me sirves un trago?”, me preguntó.  “Sí, claro”, le dije sin saber lo que hacía. Nos miramos a los ojos, nos comenzamos a  conocer. Hablamos por media hora o hasta un poco más. “¿Vamos por ahí?”, le dije.  Ella captó el mensaje y se fue conmigo.

Mientras caminábamos, la observaba y veía que era igual a la chica de mis sueños, a la chica que habían asesinado,  la que me había atormentado todo ese día. A la vez que conversábamos y nos besábamos, entramos por un pasaje estrecho. “Acá no”, me dijo.  “Vamos a mi casa. ¿Tienes protector?, continuó.  “Sí, acá tengo uno en mi billetera”, le dije.  “Genial”, dijo ella.  Al llegar al paradero de su casa, sentía que este lugar lo conocía. Comencé a temblar en mi mente, a pesar  de que por fuera se me veía como ido.  “Te sientes bien”, me dijo. “Hace frío. ¿No me quieres dar calor?”, respondí.  Lo hicimos en casi todas las habitaciones de su casa. “Putamadre, van a ser las 2 de la madrugada. Mañana tengo campeonato por mi jato y el partido es a las 10”. Ella me dijo: “Yo  te llevo al paradero”. Se vistió y, al salir de su casa, cruzamos un pasaje que me llamó mucho la atención. Este pasaje daba  a la calle Abraham Valdelomar. “Pero, ¿qué quieres hacer por acá?, ¿lo conoces?”  “Shhhh”, le dije. Todo iba bien, parecía que era una broma de mi cabeza, hasta que reconocí aquella banca y aquel árbol en donde jugaba en mis sueños de niño. No pude más. Ella, en ese lugar, a las 2 de la mañana. Se me escarapeló el cuerpo y me puse a temblar y me caí al suelo. Comencé a sentir que me ahogaba,  sentí una presión en mi cabeza, sentí que nos perseguían, sentí miedo como el de una frustración sumada a una ansiedad  incontrolable. “¿Qué te pasa?”, me dijo. “Nada, nada”, tembloroso, le contesté.  Ella me dijo: “Cálmate,  huevón.  ¿Qué es lo que te has metido?”.  Me senté contra el suelo abrazando mis rodillas. Ella me abrazó y me dijo que me relajara. No debió abrazarme. Cogí una piedra que estaba cerca de mi brazo y, de repente, todo se oscureció.

Al despertar, estaba en la carcelita lleno de golpes y moretones que me había hecho mientras me daban mis ataques de locura. Cuando me llevaron a la oficina central de la comisaría, pude ver a periodistas que querían entrevistarme. Lo único que salía de mi boca eran gruñidos y frases sin sentido. Lo único claro que se escuchaba era gritar  “Yo la maté”.

Como la transmisión de estos hechos fue en vivo, Mateo se vio a sí mismo en la televisión y en toda su locura lo pudo comprender. Quiso advertir  lo que iba a pasar ahora, pero se había mordido tantas veces la lengua que ya no se escuchaba con claridad qué decía. No podía escribir porque estaba sujetado de las manos por dos oficiales.

Cuando lo llevaron al manicomio,  se encontró con una persona que le dijo: “¿Tú también estás acá por haberla matado?”  “Sí”, le respondió atónito. “Esa  mujer es aquella a la que tu mente y tu corazón desean. La mujer de tu vida, pero que la vida no quiere que estén, pues rompería el equilibrio del mundo. Sería demasiada felicidad acumulada en una sola pareja. Y cuando al destino no le queda de otra, y tienen que conocerse, hace al menos que disfruten unas horas juntos antes de que uno desaparezca. Y si uno muere, el otro no puede seguir viviendo. Ahora que sabes el secreto, mi tarea ha terminado. Puedo descansar en paz y a la siguiente persona que venga cuéntale esto”. “¿A qué te refieres?”. Él no me respondió.  Se subió a un balcón y se quedó mirando al suelo. A los 15 minutos, se sintió un golpe contra el suelo, como si un bulto hubiese caído.

Esa misma noche, al otro lado de Lima, Daniel Lombardi estaba en su jardín con su mano ensangrentada y fumando un cigarrillo…