Hace unos días me preguntaba qué pasaría si Alberto Fujimori saliese indultado de su encierro. Las respuestas fueron pocas, la mayoría circundaba la misma idea, respondiendo a otra interrogante: ¿qué haría un septuagenario que ha estado preso desde que volvió al Perú? Balancearse con delicadeza en una mecedora mientras sonríe viendo a sus nietos y tomar una siesta bajo el sol.  Y es que en algunos todavía existe el miedo de que pueda convertirse en una figura política que retome su inicial influencia, respetada por una parte, repudiada por la otra.

¿Yo creo que Fujimori es inocente? NO, es culpable, y está pagando en la cárcel sus malos actos. Pero para una persona de setenta y cuatro años darle una sentencia de casi veinticinco años de prisión es como decirle: “Chinito, muérete preso”. Un país no puede crecer en base al rencor, y menos odiando a un hombre que dejó luego de diez años a un estado un poco más ordenado y habitable que el que legó del primer gobierno de  García. Nadie niega sus crímenes, pero los muertos que se le imputan no van a ser devueltos a la vida así este sea degollado públicamente en señal abierta; y los rojitos, que les encanta “indignarse” por cualquier cosa, no conseguirán nada haciendo plantones en contra del indulto. Por razones humanitarias, compasivas, una figura de indulgencia debe darse y no debería ser tomado como se está siendo hasta ahora.

Solo imagínense si Fujimori muriese en la cárcel. El poder político que le daría a Keiko —o a Kenji, que pinta como el primer candidato presidencial e instructor de spinning— el tener como “mártir” y símbolo de su partido a su padre muerto en prisión, haría que ella obtenga la banda presidencial. Y no es que pretenda ser alarmista, pero la idea de tener a un min pao sonriente en Palacio me aterra.

El problema surge cuando este tema va de la par con acciones políticas y con especulaciones sobre qué le convendría al oficialismo. Las maquiavélicas jugadas de Ollanta Humala revelan su carácter tétrico y desalmado con un tema por el que solo él decidirá. Pues así es, indultar a alguien puede surgir del mero capricho del presidente, ya que es una gracia de este; pero él manipula las fichas —con su esposa a la cabeza, claro está— y juega a mandar al cerro a los periodistas y hacer del estado un estado fitness. El último informe probablemente revelaría que Fujimori no es aquejado por ningún cáncer, pero ¿es necesario que esté en su lecho de muerte para que pueda irse? Si no, preguntémosle a Alan sobre los “gratificantes” indultos que regaló a ciertos grupitos de narcos. La solución que vienen manejando varios políticos, y que creo yo sería la correcta, es la de convertir su prisión en un arresto domiciliario. De todas maneras, dudo que le alcancen las fuerzas para salir de su casa aunque sea a comer un pollo a la brasa, pero el que termine sus días en su casa, rodeado de su gente, sería lo más viable. El peor castigo que podría tener el fujimorismo es que la gente ya no hable de su líder, que el olvido y el tiempo sepulten su figura pues ya no tienen por qué reclamar, la fuerza política que yace en el partido se debilitaría, y sus candidatos pasarían a un segundo plano. ¿Qué perdería el gobierno? Probablemente el respaldo del “garante” Vargas Llosa, que como político, es un buen escritor.