Existe un dicho popular que probablemente todos han escuchado: “dime con quién andas y te diré quién eres”. Análogamente, se ha establecido uno muy simpático que recita: “Dime qué lees y te diré quién eres”. Dicho refrán es, también, el título de un discurso que Federico García-Lorca pronunció en la inauguración de la primera biblioteca de su “pueblito” Fuente Vaqueros y, probablemente, de toda la provincia de Granada.

Sin embargo, un análisis somero tanto de este refrán, como del discurso que acabo de mencionar puede caer en falsas suposiciones. Por ejemplo, la vaga tentación de encasillar a una persona basándose en sus preferencias literarias o la perversa costumbre de tomar distancia de ellas por ese motivo. En este sentido, me dispongo a mirar al lector no desde una lupa con mirada ajena; sino, como si de mí se tratara. No es mi intención ejercer ninguna valoración que menosprecie, sostengo que todos somos víctimas de nuestras lecturas porque estas nos definen, unas en mayor medida que otros. Por nuestra parte, solo podemos hallarnos más o menos conscientes.

García-Lorca mencionó que los libros “están más vivos cada día”, y vaya razón que tuvo: somos lo que leemos, lo que contamos y cómo lo contamos. Somos narraciones, porque de historias estamos hechos, ellas nos hacen y rehacen a cada instante. Sin embargo, esta no es una idea mía, ya Gabriel García Márquez nos lo había recordado cuando nos regaló esa joya llamada “Vivir para contarla”. Pero aquí uno se enfrenta al punto de quiebre.

Inevitablemente, los acontecimientos de nuestra vida se reflejan en lo que escribimos; y si no lo hacemos -porque no todos lo hacen-, lo que leemos se incorpora para modificar, irreparablemente, nuestras vidas. Pero yo sé, y me consta, que existen personas que nunca abrieron un libro por innumerables razones -que, acaso, con el tiempo se tornan en pretextos-. En realidad, poco importa si lo hicieron, las historias que oyen y el intercambio en cada conversación con sus pares, supone ya la misma acción de la lectura sobre uno mismo y de manera superior: es dos veces víctima. Puesto que, como diría Lorca, se desconoce ese “clamor, ritmo que es afán social y comprensión humana” al saber que el “germen de una idea, una fe o un ansia de liberación” se saborea más puro si uno posee un libro.

Véase desde este ángulo, según la teoría de la antropología lingüística, es gracias al lenguaje en uso que las cosas cobran un espacio en la realidad, esto es, el lenguaje indica existencia. Y es por esta misma naturaleza que posee, que se ejercen relaciones de poder y valoraciones entre las personas que interactúan. De manera semejante, he articulado esto en un plano quizá más retórico; sujeto la concepción de lector-víctima, lectura-dominador y la narración como el producto cuyo fin es identificar.

A penas he sido capaz de hacer un boceto de las razones en los párrafos anteriores. Básicamente, apelo a la acción “modificadora” que tiene cada lectura que hacemos sobre nuestra identidad; de manera que, se instalan en nosotros para transformar, irremediablemente, nuestras acciones y encuentros con “el otro”. Resalté, asimismo, que no es necesario ser un lector para posicionarse también en el papel de víctima -ahora dos veces víctima-, porque, de alguna manera, los relatos llegan a nosotros en cada interacción. De ahí que Walt Whitman cante “¿Yo me contradigo? Pues sí, yo contengo multitudes”.

Así es cómo la literatura nos transforma, a veces para retocar y otras para corregir. Sin embargo, el ser eternas víctimas no debe ser entendido como un final, sino como una oportunidad. El hecho de descubrirse a uno mismo en una constante problematización no tiene por qué ser negativo -quién dijo que los problemas son destructivos-. Por el contrario, constituyen una experiencia necesaria y enriquecedora. No obstante, resulta curioso atender los límites en que el papel de víctima deja de ser saludable.

De manera paralela, pero no alejada del tema, podemos hablar del realismo literario. Principalmente, León Tolstói, Gustave Flaubert o Benito Pérez Galdós escribieron libros cuyas protagonistas, mujeres envueltas en tragedias amorosas, son retratadas como víctimas de los libros románticos que habían leído. Basta recordar a Anna Karenina, Marianela o Madame Bovary para encontrar en ellas la imagen del lector-víctima. Se trata, pues, de mujeres que se habían formado la idea de un amor romántico, como lo habían leído en sus libros, y que al momento de consumarlo, mueren a causa del atropello que supone la realidad para la construcción que ellas habían imaginado.

Es una pieza interesante hallarse a uno mismo en bajo esta posición. Así, el objetivo es que sirva para dar una noción del impacto de lo que leemos. Después de todo, antropológicamente, somo seres que narran y seres que simbolizan.

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