El poeta

He recalado, por razones de indisciplina horaria de un amigo, en Plaza San Martín. Decido ir, porque no me queda de otra, donde los círculos de gente habladora, a ver qué de nuevo o interesante se traen los viejos. ¿Materialismo histórico? ¿Marxismo? ¿Capitalismo? ¿Qué más puedo aprender de ellos? Como siempre, son todos viejos, mayores, quizá desempleados. Me uno al grupo y veo que le dan la palabra a un señor que, si mal no recuerdo, de él mi padre dijo: “Será leído y todo, pero es de Sendero“. En efecto, el señor, apurado como estaba por un tipo que se parecía al Gordo Casaretto o a Augusto Ferrando, dejó de hablar de nuestra calidad como colonia para hablar de las trafas que son los candidatos a la presidencia. Así, habló que la izquierda, desde tiempos franceses de su revolución, nunca fue revolucionaria y que, en el Perú, el más atinado para hacer tal movimiento telúrico de la sociedad sería Sendero Luminoso.

Ahora bien, si se trataba de elegir en el mes de abril, optaba por Gregorio Santos, el presidente cajamarquino caído en desgracia por la ojeriza de la clase política tradicional. En Santos vio a un político que ponía el pecho por el pueblo; luego, en clara alusión a la juventud que votará por Verónika Mendoza, dijo que aquella no sabe lo que es un verdadero luchador. En ese momento pensé en los anticuerpos generados por Santos a causa del cargamontón de los medios (“¿Alguien sabe a ciencia cierta la veracidad de los cargos sobre él? ¿Por qué un Aurelio Pastor sale de prisión cuando se ha probado que intentó manipular sus contactos para obtener un fallo a su favor y Gregorio Santos sigue en la cárcel por prisión preventiva?”). Efectivamente, el señor ponía en el tapete a Santos como posible candidato de la izquierda y mantenía la compostura pese a que otro señor, un tipo fregado, ponía una salsa de la Caro Band a todo volumen desde su reproductor que pendía de él como un collar. Llevaba una gorra del país de Venezuela y cada vez que pasaba por el círculo como merodeando mandaba a la mierda, con un gesto de insolencia. En realidad, las lisuras ocupan un lugar privilegiado en este lugar de puros hombres.

Calla, mierda -le decía un tío a otro tío en el ágora metros atrás. Todos se cagaban de risa. Sí, es el tipo de “mierda” que nos hace reír.

Al señor senderista le siguió Augusto Ferrando. Su voz era como el resultado de una noche de piscos. Él hablaba de los cinco dinosaurios: Toledo, Keiko, PPK, Acuña y García. Por ello, “se ha determinado”, no votará el pueblo.

-¿Y que robe otro? -inquiere un desconfiado.

Que robe, pero para el pueblo -dijo cancherazo el gordo.

Un personaje de ojos orientales y barba, sin preguntar, alza la cámara y toma fotos. Ni Ferrando ni nadie reacciona. Están participando de la historia y son registrados. El chino mira su cámara tranquilo. Confía en que no le robarán, los serenos andan cerca.

El poeta, el poeta”, claman. Delante mío, un tipo de apariencia menuda, con camisa y pantalón intachables toma la palabra. A él le dicen “el poeta”. No hablaría, como hace años, parado en los respaldares de mármol del ágora como lo vi años atrás, cuando se expresaba, cual mesías, frente a todos. Hoy el poeta abandonaba los idílicos prados y maltrataba su lenguaje al mencionar a la política.

Con una labia muy coloquial y campechana nos pintó el panorama completo de la izquierda actual. Comentaba sobre los viejitos del FONAVI –“los viejos”, en realidad-, y de cómo estos han sido parte importante en el proceso de la lucha social increíblemente contemporánea. Habló del abandono de Alcántara, el líder de los “viejitos” en la contienda electoral de UD. Y de cómo fueron ninguneados por la Mendoza. Cita al “Inge”, Gonzalo García, su procedencia del MNI, y de cómo también lo chotearon.

No han querido la UNIDAD! -reprocha a la Mendoza.

Todo lo expresa de una manera tan asequible, tan pedagógica, que varios maestros universitarios quedarían desilusionados de sí mismo y lo envidiarían.

De pronto, nuestro poeta se entusiasma. No puede más con su rol de líder y se despoja de los harapos terrenales. Provoca asombro la transformación. Un tipo le “da” ánimos. “Vamos, poetita, vamos…”. Y el poeta, sensible, como son los de su raza -ellos sí son una raza distinta- empieza una bella alocución, distinta a la otra, más doméstica. Narra, casi dolido, la triste experiencia de “los abuelitos” (toda la plaza… los oyentes, en su 70% son… abuelitos…), los padres del FONAVI  y de cómo muchos de ellos han mantenido a las familias, solucionaron la casa, pagaron las escuelas. Lo que dice no tiene pizca de mentira, un señor se flexiona, otro mira a los costados, fastidiado, yo guardo el hervor de mi alma.

Los padres, los abuelitos -dice el poeta- nos alimentaban…

– Sí… Pero tas flaco, pe’ poeta-jode, ahora y como antes, el tipo.

Callamierda –dice alguien, salvífico.

El poeta, no reacciona, ha desaparecido de entre nosotros; sube, se aprecia su estela en el maniatado aire limeño.

-¡Pero nuestros abuelos y abuelas no permitirán esto! Ellos, que tanto han luchado, de ser posible hasta contarán con las piedras, y les dirán sus pesares, les narrarán sus luchas, explicarán la sangre; y entonces, hasta las piedras se unirán en su camino. Y entonces, solo entonces, esta lágrima que vierto, tendrá sentido, pues la lágrima que ven, ustedes, ¡gente!, será líquido, manantial, un río, que, bravío de ensoñación y fuerza, irá hacia la exigente lid, la contienda última en la que hemos de prepararnos, señoras y señores, para procrear al paraíso en vida… aquel… que subraye al cielo…

“¡Bravo…! Ese poeta.” “¡¡¡Bravo!!!”. “¡Grande!”. “¡Poeta al Congreso!”. “¡Sí, al Congreso!”. La gente lo aclamaba y el poeta, vuelto ya en su yo mortal, como pendejo se cagaba de risa. Se ganaba las palmas por su asequible análisis y porque a tanto viejo les devolvió la alegría. De pronto, como si no soportara más, se retiró.

Ya vengo, vo’a mear.

 

El tibio

Estoy en Quilca. Abandoné el sitio y me fui a la callecita de la vida. Era temprano, menos de las 8:00 pm, y mis amigos seguían tarde. Entro a una tienda y empiezo a ver las revistas. Una tapa me sorprende. Sale Del Piero, el jugador italiano, en una investigación hecha por Líbero. Hay fotos bien hechas y las descripciones no son simples como el periodismo de hoy. Pero más me gusta la textura del papel. Ese es el gol. Paso las cálidas páginas y por mi mente avanzan como un flash los días en que quería dedicarme a patear la pelota. Dejo el libro un poco atemorizado por el tiempo que me ha tomado tenerlo y por no haber hecho saludo alguno a los que atienden en el local. Salgo, me voy a otra tienda.

Reviso una Caretas. En la portada sale Valle Riestra -cuando era funcionario del fujimorismo- practicando boxeo con un púgil de Pueblo Libre. Es como si las letras me dijeran: ¿Así que no fuiste a correr hoy? ¡Toma! Por eso mañana correré. Sin que la piense mucho, volteo y me encuentro con Del Río, un estudiante de Bellas Artes y militante de Patria Roja. Desde hace un año se ha hecho muy conocido -¿o más?- por pintar murales junto a su colectivo. Me saluda. A mí me falta sintonizar con los consortes por la pelea existencial que acabo de tener en mi interior. “¿Irme o no irme? He ahí el dilema”.

Oe quédate, pe -me dice.

“¿Por qué no?”, pienso. Me presenta a sus amigos, unos raperos de la ciudad, y bebemos. Al rato llega un amigo acompañado. También por ahí aparece un tipo gordo de cabello largo. Nos conocemos, empezamos a hablar. Sin querer llegamos al tema del teatro.

Es raro, pero yo no me siento sensible para el teatro.

Yo tampoco. O sea, puedo verlo, pero difícil que me pegue.

Ah… ¿Tú eres de la ciudad?

-¡Claro, pe mano!

Es locazo. Cuando me fui a una montaña y avancé hasta el pico, al llegar, todo era muy quieto. Pero me desesperé. Dije: ¿Ya?

 

El loco

He abandonado al grupo. Voy a casa. Algo me quema dentro. Es la soledad o la privación de decisiones propias. Me abandono a mis pies. Ellos me dirigen. La calle por la que transito es solitaria, pero no por eso me genera miedo. Al contrario, es como si estuviera empañada de historia confortable. Cerca a Alfonso Ugarte, las paredes se encienden y adquieren un color rojizo. Es como si estuviera caminando por algún círculo del infierno. Si alumbraran a una persona desde lejos, su sombra inimitable se vería y sí, causaría asombro o miedo en quien beba. Sería el condenado de los cuentos quechuas que nos legó Arguedas. Pero no hay sombras, sino un personaje vestido a la sucia, defendido por una armadura de plásticos. Huele a falta de aseo, a orines, a ese penetrante olor de quien no se baña por días y ha vivido por mucho tiempo en la calle.  Es un loco, como el que vivía frente a mi casa. Está parado y concentrado y traza en la pared. No se da cuenta que me detengo imperceptiblemente por segundos y lo espío. Dibuja un mapa o un laberinto con un pedazo de jabón muy seco. Nada verdaderamente le importa en el detrás de su espalda. De esta estatua negra y deforme solamente se oye el ruido de la búsqueda.

Al otro día pasa un muchacho junto a su enamorada. Y en la pared roja queda una ruta establecida. Al frente de la calle, el loco pasea su dedo por la barba, complacido y explicándose a sí mismo el dédalo de nieve.

 

02-01-15

06-01-15