Muy cerca de la espesura de la selva, se encuentra una ciudad que fue habitada por aborígenes y donde hoy conviven el avance de la  modernidad  y la naturaleza en su estado puro. Las calles son amplias, algunas casas aún conservan un antiguo aspecto colonial, y sus habitantes los rezagos de una orden franciscana que llegó hace mucho tiempo junto a un nuevo Dios.

Al medio día, la gente del lugar  camina presurosa bajo la sombra de la ciudad protegiéndose del insoportable calor. Entre el gentío se encuentra Mauro, un anciano que nació en medio de la selva y se crió entre nómades asháninkas que lo llevaron a explorar lugares desconocidos  en medio del bosque amazónico. Su padre y su abuelo le enseñaron a cazar y ser agricultor, le enseñaron también que la tierra  no era una propiedad, ella estaba siempre ahí, antes que cualquier ser, ella era como una madre que los acogía en su regazo. Los arboles, el río, los animales y todos los demás seres eran como una gran familia.

Mauro va cruzando la otra calle a paso lento, pensativo como es de costumbre, últimamente las cosas no van saliendo bien, su pueblo ha tenido que migrar más lejos de lo normal. Los árboles disminuyen y los animales también, los pocos  que sobreviven se  adentran en lo profundo de la selva buscando refugio para no morir. 

-La maderera nos lleva cada vez más lejos-  se decía a sí mismo, mientras recordaba los tiempos cuando era niño y jugaba con sus hermanos en lugares que hoy están ocupados  por cemento y una construcción enorme  con una especie de letrero que tenía unas palabras que Mauro no entendía, y que en  las noches brillaba a través de luces de neón. El anuncio decía: Shopping Center.

A dos calles de donde se encuentra el anciano, una motocicleta va girando despacio y  avanza raudamente por la avenida. El semáforo cambia a rojo y la motocicleta se detiene. El anciano Mauro tiene en sus manos algunos documentos y un poco de los ahorros que juntaron los habitantes de su aldea  que sirvieron para contratar al abogado que los ayudaría en el  juicio contra  la maderera. El semáforo está en verde y la motocicleta se acerca al  anciano.

-Pinkatsari [1]–  Gritaron desde la moto.

Mauro volteó a verlos.

Se escucharon dos disparos, la gente corrió  asustada. La moto se fue a toda velocidad por la avenida principal  y se metió por una de las tantas callejuelas, después, no se le vio más.

En el piso, el anciano Mauro se desangraba boca arriba,  la gente gritaba. Mientras miraba hacia el cielo, decía en su idioma nativo: Nunca he visto un cielo tan azul…Tan azul. Al poco rato entre los gritos caóticos de unas mujeres que estaban cerca  y algunos transeúntes que se acercaron a ayudar al anciano, el azul del cielo se transformo en tinieblas y silencio.

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Mauro  Pio Peña, de 57 años de edad y uno de los líderes históricos de los Ashánincas, fue asesinado por dos sicarios el 27 de mayo en Satipo, departamento de Junín.  Mauro había pagado el precio de llevar una verdad que a otros les incomodaba, una verdad que era peligrosa para las inversiones de algunos  y una convicción por sus ideales que solo acabaría con su muerte.

Los responsables de este asesinato son sicarios contratados por un grupo de personas inescrupulosas ligadas probablemente con la venta ilegal de tierras y actividades ilícitas, cercanos a  los intereses de  la empresa forestal Balarín cuya concesión  se superpone a la comunidad Nuevo Amanecer Hawai, a la cual pertenecía y lideraba Mauro.

Ante este trágico y lamentable incidente, el pueblo Asháninka está de luto y  ha organizando su ejército para investigar el asesinato y hacer justicia, algo que desconocen del Estado peruano, que se impone únicamente para ejercer su poder cuando existen intereses económicos de por medio. “El Estado solo estará aquí para quitarnos nuestras tierras y dárselas a otros”, decían algunos nativos.

Es preocupante este caso, pues existen muchas personas desprotegidas por el Estado como lo fue Mauro, que luchan día a día por los derechos de su comunidad y por proteger a la naturaleza; por ello, que corren  el riesgo de ser víctima de mafias que dudaran en silenciarlos de cualquier modo. Mauro Peña puede ser considerado como una persona que defendía no solo los intereses de su comunidad sino también un ecologista activo, que no dudo en defender lo que consideraba correcto.

Las actividades que hacia Mauro, contrastadas con  la de otras personas  que se consideran ecologistas, difiere mucho, en mi opinión personal, hay diferencias que son notorias, algunos quizá se preocupen por nimiedades, pero no hay que desmerecerlas, siempre uno hace algo que está a su alcance, pero ante estos casos como el asesinato de Mauro Peña, los que nos consideramos ecologistas debemos unirnos a una sola voz contra gente tan repudiable que asesina a nuestros compañeros. Sé que es difícil ir en contra de ellos con los recursos que tenemos algunos, los entiendo muy bien, pues yo soy estudiante y por ello intento buscar alguna forma de hacer sentir mi voz de protesta, por eso escribo, y espero hacerlo siempre, y cada vez que ocurra casos como este, tengan por seguro que estaré ahí, quizá solo, quizá con ustedes, pero siempre, siempre…Gritando.


[1] Jefe o autoridad en lengua asháninka