El pasado 8 de junio, semanas antes de su primera presentación acústica en Lima –la primera fue el sábado 24 y la segunda el lunes 26 de junio–, leí una publicación que Andrés Calamaro hizo en su página de Facebook en respuesta a la pregunta de, probablemente, uno de sus fans. Esos fans que aman a un artista, pero que ese amor también los conduce a cuestionar ciertas decisiones polémicas. Dicha interrogante se refería al motivo por el que Calamaro pedía al público algo específico a lo largo de toda la gira acústica del 2017, que inició en San Francisco y se está extendiendo en países latinoamericanos como Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Uruguay y Paraguay. El pedido consistía en no tomar fotos ni videos en sus conciertos. La pregunta estuvo formulada de la siguiente manera: “Señor Calamaro, ¿cómo cree usted que estas acciones pueden arruinar un espectáculo musical?”.

“Cantar para teléfonos no es lo mismo que cantar para personas. Confío en la retina y en la memoria para capturar instantes imborrables. Ver los brazos en alto sosteniendo un bosque de teléfonos me da vergüenza ajena y si la rebeldía incluye una luz flash, además del resplandor de la pantalla, entonces es un factor de distracción incómodo. […] Se puede confiar en la humanidad a secas, en lo que escuchamos y vemos”, fue la respuesta que dio.

El resto del párrafo es historia.

***

Era la primera que vez que entraba a las instalaciones del Pentagonito. Faltaba media hora para que iniciase el concierto y se podía observar a personas, bien abrigadas, entrando y saliendo, otros estacionando sus autos, revendiendo entradas y algunos cuantos vendiendo discos y polos del concierto. Este primer vistazo del ambiente me hizo concluir que un concierto acústico no es un muy buen lugar para vender artículos no oficiales, simplemente porque pocas personas se acercaban a comprarlos. Esa noche del 24 tenía la compañía de una persona que, lo podría jurar y sin temor a equivocarme, si no sabe la letra de una canción de Calamaro, es porque todavía no fue lanzada al público. Mi madre. Ella también había leído la publicación de Facebook en la que Andrés justificaba su pedido de no utilizar los artefactos electrónicos. Vino al concierto, porque, al igual que yo, sabe que Andrés Calamaro poco a poco irá perdiendo la voz, así que prefiere escucharlo la mayor cantidad de veces que le sean posibles.

–La primera vez que lo vi fue hace unos tres o cuatro años –me iba comentando–. Quería que toque Las oportunidades, la tocó. Pero no tocó Estadio Azteca.

– ¿Y qué tal estuvo?

—Bueno, obviamente bueno, pero el concierto no fue muy cómodo porque, como todo el mundo estaba parado y había gente demasiado alta, no podía ver muy bien el escenario.

–Pero siempre es así en todo concierto –le respondí, riéndome–. Ahora será distinto.

Esta vez, ella solo quería ir al concierto para escucharlo cantar. Nada más. Llegar al auditorio del Pentagonito, buscar su asiento, sentarse, esperar que empiece el espectáculo, escuchar, aplaudir, llorar… Todo lo que, coincidentemente, el artista estaba pidiendo a su público.

Pero ese pedido se expandió por todas partes, no solo en redes sociales, sino también en el mismo concierto. Primero, mientras hacíamos la cola fuera del auditorio, una señorita que repartía pequeños afiches se nos acercó para entregarnos uno. Lo leí en voz alta; una vez más, suplicaban a las personas que se abstengan de tomar fotos o filmar, típicas reglas de un teatro tradicional, pero no de un concierto. El segundo pedido lo hizo un representante de Kandavu Producciones, los organizadores del concierto. “Hola, mi nombre es Alejandro Gonzáles y quiero decirles que el artista…”. Y pedía lo mismo. En realidad, en un momento pensé que dichas advertencias, a fin de cuentas, no tendrían repercusión en el público. Y así sucedió en algunos casos: personas que encendieron la cámara del teléfono –como autómatas que les gusta ver la palabra “transmitiendo en vivo” en todas partes– ni bien Calamaro entró en el escenario.

En ese momento me di cuenta de que tantos avisos no fueron en vano. Sí era verdad que las lucecitas prendidas, el reflejo de las pantallas de los celulares, los flashes, pueden cambiar el carácter de las personas cuando lo que quieren es disfrutar de un concierto al máximo, de manera íntima, sin que una pantalla sostenida por unas manos promiscuas tapen el escenario. El malestar se generalizó y, mientras se escuchaba El cantante, primera canción de la noche, en una versión con muchos toques de tango, algunos gritaban “¡guarda tu celular!”. O también se acercaba el personal del teatro a pedir, por una tercera vez, que contribuyan con el buen desarrollo del espectáculo.

Y fue ahí cuando lo vi. Terminó la primera canción, y mi madre, que –como la mayoría de personas presentes– había venido al concierto para escuchar la voz de Calamaro, no lo soportó.

Se acercó lentamente a la persona que se encontraba delante de nosotros, en la fila 8, asiento 20. Era una mujer joven, que había venido con una amiga suya, y que a simple vista no pasaba de los treinta años. Con la mano izquierda, le dio un pequeño toque en la espalda y le dijo, muy cerca del oído, de la manera más tranquila y sutil, pero a la vez mordaz, lo siguiente: “No sé tú, pero yo he venido a disfrutar del concierto. El brillo de tu celular me molesta, y mucho”.

El resto del concierto es historia.