Esta semana me fui, guiada por la crítica, a ver Gilda, no me arrepiento de este amor (Lorena Muñoz, 2016). A mí no me gusta la cumbia. Casi toda me suena igual, variando solo las letras. Pero la crítica de El Comercio le ponía tres estrellas, le reconocía valor, resaltaba los conflictos, distintos a los usualmente mostrados en biopics. Así que fui y me sorprendí. No porque la película haya sido mala (de hecho, cumplió con las expectativas medio altas que yo tenía), sino porque era claro, como se mostró al final, que la película no había sido hecha solo para Cannes o algún festival de cine: estaba hecha para a quienes ella cantaba, para los sectores populares que la hicieron una santa. Me quiero detener en “sectores populares”. ¿Qué entendemos por estos? Ya había hablado de festivales de cine y demás. Sin negar el hecho de que no es imposible que te guste escuchar Gilda y ver películas de Truffaut, en términos de mercado y estereotipos estas cosas están alejadas. El sector popular tipo artificial, hecho por focus groups, no se va a conmover supuestamente por el cine que tenga aunque sea una pequeña pretensión. No va a querer ver personajes complejos en pantalla, quedándose en el viejo maniqueísmo de los buenos y los malos. Por lo tanto, si se les quiere dar cine, se usará la misma estructura repetida mil y una veces, sin ningún sello personal. Se le dará un producto fácil de digerir. Bueno, repasemos un poco lo que vi en esta película.

Una mezcla de locutores nos dicen el final ya conocido: accidente en autopista de Entre Ríos, siete muertos, entre ellos la cantante protagonista. De ahí, la cámara está en el ataúd, mostrando la lluvia y las lágrimas de la gente. No se dice absolutamente nada más. Adelantemos. Miriam Bianchi, maestra jardinera, está en la cola del casting. Llega vestida muy similar a Melissa Joan Hart en Clarissa lo explica todo, con la colita alta y todo. Tiene el pelo negro, al natural y se encuentra con mujeres de pelo pintado de rubio, ropa pegada y fosforescente, pechos grandes. No dice más que “¿acá es el casting?”, pero las observa. Se quita el colette. Se quita la chaqueta. Se suelta un poco más el pelo. Para cuando la llaman, se está amarrando la blusa al nivel de la cintura. Sin decir nada, sin voiceovers, queda clara su inseguridad frente al tipo distinto de mujeres que se encuentra (por cierto, estas nunca son criticadas por ello). Con eso ya me había convencido la película.

El año pasado fui voluntaria en el Festival de Cine de Lima, y uno de los temas en los que el Festival se enfoca y de los que yo conversaba con mis compañeros era precisamente cómo “educar” audiencias. Muchas de las mejores películas, no todas pero varias, están en estos circuitos. ¿Cómo llevar a la gente a ellas? Lorena Muñoz parece darnos una respuesta: usa un tema que resonará con la mayoría de la gente y no los subestimes. A la crítica de acá le gustó. A su crítica local, igual. ¿Taquilla? Séptimo mejor arranque histórico, segundo del año. No se subestimó a la gente y se les habló. Ojalá alguien de Tondero haya visto esta película antes de que ésta desaparezca para dar paso a todas las películas nominadas al Oscar que empezarán a estrenarse en los próximos días.