Analizamos el compendio de cuentos de la autora estadounidense a años de su partida.

Susan Sontag escribió sin pensar en un compendio. Como muchos otros cuentistas, escribió libremente, desarraigada, publicando textos en revistas y periódicos, sin detenerse a valorar la posibilidad de un hilo narrativo o un engranaje que interconecte todo. Sin embargo, este existe. Tal vez no resulte sencillo hallarlo, pero vale la pena. 

Sea como sea, luego de una leída, Declaración llega a probar tal afirmación a rajatabla: una especie de vibrante armonía, de cohesión y orden, se siente al leer esta reunión de la obra de la estadounidense. Hay algo que crea una comunión entre los textos, y no solo se trata de la pluma concisa y afilada de Sontag: se trata, en realidad, de ese afán por entender la condición humana, esa conjunción de contubernios y contradicciones que es nuestro espíritu. Ello, por supuesto, implica ser escabroso, ponerse personal. Por tanto, los cuentos en Declaración gozan de esa esencia intimista, de esa sensación de que estamos metiéndonos con algo demasiado personal, como un diario infantil. Tal sentir, sin embargo, no es excusa para dejar de leer: una vez que se despierta la curiosidad, queda seguir. Se entiende. Como revisando los cajones y cuadernos de la escritora, nos dejamos llevar por su prosa, por sus pequeñas declaraciones. Y le creemos. 

Susan Sontag debe saberlo mejor que nadie: escribir es manipular y manipular implica entender. Entender a la gente. Algo que Sontag, desde esa otra faceta de crítica y ensayista, sabe hacer a la perfección. Cuando Sontag disecciona el camp y por qué le gusta a la gente, cuando se pregunta qué fuerza a la gente a inmiscuirse morbosamente en imágenes que relatan el dolor de los demás, ella entiende. Entiende qué siente la gente; entiende sus miedos, sus ansiedades, sus anhelos. Sabe cómo se manifiestan. Sabe eso siniestro que llevamos dentro. Y, al parecer, no tiene reparos en mostrarlo. 

Lo único que debe hacer Sontag, al parecer, con minucioso procedimiento científico, es trasladar tal entendimiento a la ficción, proyectar su conocimiento de la gente a su narrativa, a ver si funciona. El experimento resulta positivo; la hipótesis, probada. 

Dejando lo conceptual, vayamos al estilo. ¿Qué hace de novedoso Sontag con su prosa? ¿Vale la pena esa parte del experimento? 

Una primera parte, por supuesto, tiene que ver con la narrativa fragmentada, con la imposibilidad -impuesta o no- de expresar lo que uno siente de forma coherente, lineal. Textos como “Proyecto para un viaje a China”, “Viaje sin guía” o “Repaso de antiguas quejas”, van sobre eso: excusas para escribir, escribir de forma apurada, a retazos, como anotaciones en el celular o en cualquier trozo de papel. Esa “narrativa de paso” puede, quizás, tener una explicación más profunda.  La literatura femenina, desde tiempos inmemorables, ha sido catalogada como histérica: asociada a emociones, al silencio de generaciones,a la necesidad frenética de expresarse. Pensemos en Woolf, Dickinson, Plath. Tiene sentido. Y parte de la histeria, por supuesto, tiene que ver con la fragmentación: con lo espontáneo, con lo caótico, con lo que ha sido ser silenciada todo el tiempo. Todo eso se engloba en la mayoría de los textos de la colección y los que más fácilmente se quedan con uno. A fin de cuentas, ¿quién no se ha detenido a escribir sus pensamientos en dónde sea? 

Otros textos cobran una apariencia más cotidiana, una narrativa lineal. Aquí, el humor y, sobre todo, la concisión: frases cortas, primera o tercera persona sin demasiado revuelo, y, ante todo, realidad: gente del común, problemas maritales, sexuales o lo del medio. Arthur, Laura, John. Nombres cualesquiera. Y allí nuevamente la capacidad de contar algo con valor. Pensemos en “El muñeco”, historia sobre un hombre que se reemplaza a sí mismo y que resume a la perfección el absurdo existencial del mundo capitalista. No es difícil acercarnos a estos personajes, identificarnos con ellos. Solo se da.  

Un tercer tipo de texto, y que genera revuelo, es el “meta-texto”, aquel que se referencia a sí mismo. Historias que se saben historias y que no dudan en reconocer, y aplicar, todos los trucos de la ficción, mientras nos avisan y aclaran que lo están haciendo. “La escena de la carta”, por ejemplo, es una explicación de un cuento narrada como cuento. Irrumpe. 

Siguen quedando dudas. Leer Declaración implica preguntarse bien qué sentimos cuando escribimos y cómo eso que sentimos cuando escribimos puede ser puesto sobre el papel. ¿Necesitamos, más que nada, esa capacidad de expiación, un mecanismo desesperado de desahogo? ¿Se trata, más bien, de un truco, de forzar las emociones, de hacerlas parecer nuestras, para que se las trague fácilmente el lector? ¿Escribir es un acto egoísta, entonces, entendiendo que, al parecer, solo escribimos para nosotros mismos? Las dudas se acrecientan al leer estas historias, pero no es sencillo hallarles respuesta. Solo queda, entonces, disfrutar de la valía de Sontag para tocar temas intocables, de la capacidad para hacer preguntas que parecían no poder ser hechas y, en medio de esto, hacer que el proceso parezca sencillo.

Algunas veces, por supuesto, tal proceder desgasta. Leerse Declaración de un tirón puede ser una experiencia gratificante como también particularmente tediosa: pensemos en el vaivén de estilos, la experimentación con los mismos, la pesadez de sus temas. Todo eso puede repeler a algunos lectores. Aunque, en tiempos en los que la comunicación entre las personas -y con nosotros mismos- cuesta, tal vez tal incomodidad sea necesaria. Tal vez necesitamos hacer esa introspección con nosotros mismos, la cual, por supuesto, no es fácil de hacer. Es allí que Sontag, una vez más, funge de herramienta: para hacer una evaluación personal efectiva, para redactar nuestra declaración, bien conviene primero leer la de alguien más. Incluso más si eso nos permite llorar, reír y todo lo que puede generar una buena historia. Y ojo que aquí buenas historias hay de sobra.

Declaración está en la mayoría de librerías locales, en el sello de Penguin Random House