El cine me apasiona, desde siempre, quizá gracias a esas charlas con mi Tío Paco sobre Hitchcock, recuerdo aquella vez que me hizo ver “Los Pájaros” y “Psicosis” cuando tenía 12 años y no pasaba de ver la tele. Cine clásico, moderno, contemporáneo fue llegando a mí a lo largo de los años. Luego sentí el llamado, como esas cosas por las que te inclinas en la vida y no sabes por qué: ahora estoy en carrera de realización, soy audiovisual y quisiera entregarme prontamente al arte de la imagen en movimiento y el sonido.

Sin embargo, por ahora puedo escribir sobre lo que me gusta (y disgusta), gracias a toda la formación y  el conocimiento  que adquirí de mis maestros académicos y en conversaciones con los amigos cinéfilos de la vida. Con eso también definí mi política para ir a una sala de cine, un máxima que rige y regirá mi vida:  pagar por algo que valga la pena ver (claro está, según mi criterio).

No voy al cine a ver calatas, no voy al cine a ver industria, no voy al cine por la clásica comedia romántica con final feliz para volver a creer en el amor. ¡No voy a pagar por eso! (Y aquí unas disculpas a muchas de mis amigas, a quienes de seguro les puse una cara horrible cuando me dijeron para ir a ver “Ted” o “Asu Mare 1”: lo siento, no puedo controlarlo). Pero sí pagué por ver “Climas” de Enrica Pérez hace poco, una película notable, fresca, un cine de búsqueda más personal en definitiva. Antes de que empezara la función, estaban los típicos trailers. Bueno, no era nada que no se pueda aguantar, hasta que llegaron a mis ojos esas imágenes raras, unos actores peruanos medianamente conocidos, sudosos, jugando a los machos y rodeados de candentes mujeres representantes de la televisión nacional, ahora en cine. Sumado a esto, unos efectos especiales deprimentes, como las actuaciones, entre otras cosas.

Ahí estaba “Al filo de la ley” anunciando su estreno bajo la estructura clásica del cine de acción de Hollywood. Todo bien, más allá del disgusto que me pueda propiciar una mala dirección de actores, feas locaciones, una pésima edición, todo bien por esos minutos. La gente puede invertir su dinero como mejor le parezca, y eso se aplica tanto para realizadores como para espectadores.

Todo estaba bien, hasta que leí el artículo de un conocido portal web de crítica social que hablaba sobres las razones que hacían valer una entrada de cine para ir a ver “Al filo de la Ley”. El joven autor rechazaba el “clasicismo” de ciertos críticos que mueren por una “película cineclub” peruana (que muy poca gente ve, es cierto) y rechazan cualquier intento en nuestro país por hacer un cine rentable, mientras que aplauden a los rompe-taquillas hollywoodenses con cada estreno llegado al Perú o puesta en la mirada internacional.

Enfurecí, sí. Pero luego entendí. Un repaso de toda la cinematografía nacional (independiente y comercial), hace notar cómo el cine peruano está ubicado con cada ejemplar en pantalla en esos dos extremos de arte y mercancía totalmente polares, alejados, divorciados,  partícipes de una relación tensa que Walter Benjamín postularía como una de las principales  discusiones para el arte en el siglo veinte.

¿Qué pasa en nuestro país? Hay una nueva ola de cine independiente que viene siendo apoyada por diversos fondos de financiamiento nacional e internacional (destaca el trabajo del joven director Adrián Saba y los ya conocido hermanos Vega), sacando adelante proyectos muy íntimos, de autor, de corto presupuesto. De otro lado, está el gigante de la inversión privada, el que apostará a ganador con su película espectacular, con estrellas que brillan por sí solas (o por sus escándalos) y su gran despliegue técnico.

No está mal que los peruanos vayan a la sala de cine a ver este tipo de productos fílmicos, lo que está mal es no darnos cuenta en que este juego, un tanto peligroso, entre lo que es arte y lo que es mercancía nos lleve a la segregación de un público que aún no ha entendido que el cine posee una forma de producción industrial que necesita ser visto para consolidar su estado de arte, pero también necesita una pisca de (re)creación artística, una perspectiva que vaya más allá de las convenciones.

En nuestro país aún no tenemos ejemplares de estas situaciones, en mi opinión no tenemos ni el producto fílmico ni el público adecuado. Pero si vamos a constituir una industria para el cine de a pocos es necesario rezar a los dioses del Olimpo para que no esto no se forje al pulso de contenidos vagos, usados con el sistema clásico, ¡todo se ha innovado señores! Si ahora la imagen digital te permite hacer tus películas en tiempo record, ¿por qué no innovar géneros, propuestas visuales, narrativas diferentes? ¿Flojera mediática? ¿Dinero fácil? ¿Amor al chancho o a los chicharrones?

 

Medítenlo con la almohada 🙂