Los Oscars, bien que mal, siguen siendo un paradigma dentro de lo que popularmente se conoce como “buen cine” y, sobre todo, se mantienen como el espejo predilecto de la cultura hollywoodense. Esta vez, mediante protocolos por la pandemia, sorpresas en la gala y bastante expectativa frente a lo que se podía y lo que no se podía hacer, la ceremonia dejó postales diversas para el recuerdo. El resultado, más que controversial, fue decepcionante. Veamos por qué.

Vamos con lo bueno que, siendo poco, sigue importando. Diversidad: actores secundarios no estadounidenses (Yhu-jung y Kaluuya) batiendo récords; una directora de origen chino (Zhao) que rompe estigmas por todo lo alto; y temáticas urgentes (discriminación a la población sorda, vioencia policial, tiroteos, crisis económica y demencia) siendo genuinamente representados por las películas ganadoras (y, para nuestra suerte, no tanto por el edulcorado y bastante artificioso progresismo de Hollywood). 

Por supuesto, por una vez, parece que los premios no escatimaron en riesgos. Frente a tantas dudosas elecciones en años pasados (¿de verdad ganaron películas tan olvidables como Argo o Green Book?) esta vez se sintió bastante frescura y justicia. La ganadora absoluta fue una película a medio camino entre la docuficción y el cine testimonial, con tanta belleza en sus imágenes como melancolía y cercanía con los personajes que la habitan. Películas memorables y emocionalmente necesarias como Octopus Teacher, Sound of Metal o Druk se llevaron algunos premios gordos. La revelación de la temporada, Promising Young Woman, se impuso en Mejor Guion, mientras que un drama redondo como The Father se llevó dos merecidos premios a casa. El buen cine consiguió imponerse. 

Producers Frances McDormand and Chloe Zhao, hold the Oscar for Best Picture for “Nomadland” as they pose in the press room at the Oscars on April 25, 2021, at Union Station in Los Angeles. – McDormand also won for Actress in a Leading Role for “Nomadland” and Chloe Zhao wond Directing for “Nomadland” (Photo by Chris Pizzello / POOL / AFP)

Bueno, bueno. Si el buen cine rigió en los premios, eso no sucedió en la ceremonia. El cine, quién lo diría, pasó a un segundo plano. Se decidió, en primer lugar, eliminar clips de actuaciones y películas, además suprimir las presentaciones de las nominadas a Mejor Película. En un año en que las películas no estaban tan a la mano de las personas -y en que el Oscar se mantuvo fuera del foco mediático- esta es de las peores decisiones posibles. La gente se sentía alejada del cine y este enfoque no ayudó mucho: ¿cómo saber qué se premia, si no se muestra? Dejar las canciones para el inicio no fue un acto de genialidad si de entretener se trata. Tampoco ayudó, por supuesto, la total ausencia de comedia en una ceremonia bastante pesada para quien la veía. Incluso la comedia forzada es mejor que la comedia nula. Sobre todo, cuando se trata de momentos tan duros como estos. 

Aquí llegan los discursos. No sabemos bien qué pensar. Por un lado, extender la longitud de discursos permitió momentos descorazonados como el memorial de Thomas Vinterberg a su hija fallecida, pero, por otro lado, tales extensiones hicieron que la ceremonia fuese incluso menos amigable y soporífera. La presentación de los nominados -con comentarios triviales que podrían hallarse sin problema en su página de IMDb- fue bastante floja: pocas risas, tomas interminables de los invitados sonriendo y un silencio que no ayudaba a prestar atención. La cosa se hacía larga.

Pero vamos, que si los discursos duraban demasiado, el In Memoriam es otro cuento. Por alguna descalabrada razón, decidieron que, en el año en que la relación de la sociedad con el luto se ha hecho bastante estrecha, lo mejor era hacer el In Memoriam menos solemne de todos. Colores fosforito, música jazz con tempo rápido y diapositivas que apenas duraban 1 o 2 segundos cada una, haciendo difícil poder leer los nombres allí representados. ¿Se trata de una parodia a la muerte, a fin de brindarle fuerzas mediante el humor a la afectada audiencia? ¿Pensaron que era mejor sacrificar la solemnidad en aras de incluir a la mayor cantidad de gente posible? No. Si ese fuera el caso, Jessica Walter, la extraordinaria actriz en producciones como Arrested Development y otras tantas, hubiese sido mencionada. (Como paréntesis, si Hollywood muchas veces fue incapaz de notar a Walter en vida, ¿por qué lo haría ahora?) Más allá de eso, el precipitado momento cayó bastante mal luego de bromas sobre el trasero de Hollywood a cargo de Glenn Close (sí, eso pasó) y al ser recortado por falta de tiempo. (Aunque claro, tiempo sobraba para datos innecesarios sobre los artistas). Bien que mal, la celebración de la muerte -al menos en occidente- tiene ciertos parámetros que, por supuesto, fueron totalmente ignorados aquí. No sabemos si era el momento para experimentos culturales. 

Con el nervio aún en la lengua, pasemos al embrollo de Mejor Película. Desde el inicio, algo no andaba bien allí. ¿Qué podría haber motivado a la producción a mover el premio más relevante de la noche antes de los reconocimientos actorales? Son innumerables las razones de por qué esta movida podría salir mal, y prácticamente todas se cumplieron: se perdió la curiosidad -y cierto morbo- frente al gran anuncio; se extrañó el clásico broche de oro con todo el equipo del film ganador improvisando en el escenario; se perdieron los emotivos discursos de despedida; se mantuvo a la audiencia -y a los comentaristas de TNT- en un estado de total confusión; y, con todo esto, se perdió la magia. 

¿Acaso Steven Soderbergh y compañía, productores de la gala, no sabían lo que se venía? Si lo ignoraron, seguro fue por una buena razón. Algunas teorías:

1. Se esperaba la victoria de Chadwick Boseman en Mejor Actor, cerrando los premios con una emotiva despedida al ícono de Hollywood. 

2. Se creía que, dado el retraso, la gente ya no prestaría más atención a los Oscars y había que lanzar la gran revelación de una vez. 

3. Contrario a la opción 2, se creía que casi nadie sabía bien qué era Nomadland (ni su protagonista) y por tanto era mejor cerrar con nombres más conocidos. 

4. Se quiso hacer una suerte de statement sobre la rareza del 2020 para el cine y el mundo en general, reflejando el desconcierto global en los espectadores de la ceremonia. 

5. Se les ocurrió de imprevisto y, frente a una ceremonia de por sí muy confusa, decidieron hacer lo que les diera la gana. 

Francamente, ninguna convence. De por sí, la selección de premios ya es arbitraria. Mejor Dirección está por debajo de Actor y Actriz por razones de popularidad y los premios técnicos son relegados al fondo. Pero adelantar el premio que en sí mismo justifica la existencia de la ceremonia (se premian a las mejores películas, ¿no?) parece una medida que, más que osada u original, parece desesperada por atención. 

Nada de eso sucedió. Anthony Hopkins se llevó Mejor Actor y, cuál comedia de errores, ni siquiera estuvo presente virtualmente. Corte al rostro confundido de Joaquin Phoenix, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Corte a la audiencia, tratando de superar toda la ceremonia. 

Ausencia de clips. Poca cercanía de las películas nominadas con la ausencia. Nula mención al poder del cine como ritual. Mejor Película atrasada. Momentos interminables. ¿Acaso el Óscar se olvidó de la magia de las películas que celebra? ¿Será que acelera su propia destrucción? No lo sabemos. Las dudas se aglomeran y las teoría se esfuerzan cada una a su forma por responderlas.