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I

Villa María del Triunfo no será tan conocido como Los Olivos, distrito de Lima Norte que más ha crecido en los últimos años. No será barrio de “bravos” como en el Callao. Ni será centro financiero como San Isidro. Pero hay que verlo a inicios de noviembre. El turismo en todas sus formas y presentaciones  en esta fecha.

Un gran mercado recibe al visitante luego de superar las bocinas y los cobradores del transporte público. Dos filas de carpas de techos de plástico, de muchos colores, bordean el camino del transeúnte y ocupan las veredas. Al principio, hay tiendas que ofrecen flores; pero, luego, la comida es el negocio de preferencia: chifa, pan con chicharrón, cebiche, arroz con pollo, tallarines rojos, etc. Las humeantes ollas de metal puestas a la vista y paciencia de la concurrencia incitan al estómago. Cada paso -con un camino agrietado y mojado de tierra- es un potaje nuevo. La “wawa calentita”  de a sol es una forma de sacarle la vuelta al hambre. También puedes saborear caramelos que venden hombres vestidos de mujer que, a falta de siliconas o aceite de avión, decidieron inflarse cuatro globos y ponérselos, como eróticas aplicaciones, a sus cuerpos.

II

La entrada a “Nueva Esperanza” es un cumplimiento a la regla. No es nada ostentosa ni sorprendente. Un portal apenas grande, que solo dice “Bienvenidos”. Solo una cosa nos sorprende. Al lado derecho del portal, hay dos personas sentadas. Una señora y un hombre con hábito: la necesidad y la urgencia han hecho que ni siquiera sea posible improvisar un confesionario en este cementerio. La señora habla, el padre arruga el entrecejo. Mira al cielo o al árbol como para descifrar lo que ha dicho la señora, y vuelve a poner la misma cara de preocupación para escuchar más. A su lado, se celebra una misa humilde.

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El camino del mercado se extiende por “Nueva Esperanza”:  mucho camino terroso y lleno de piedritas. Algunas rocas en las filas, hierba apenas verde y ramas que sobresalen delgadas. Al lado izquierdo –cuando ya se han quedado atrás los ambulantes de medicinas y soldaditos de plástico- hay pabellones de nichos, en los que hay poca gente. Hay también un mausoleo grande, de un color plomo y fachada gótica, pero solitario.

Lo verdaderamente intrigante y llamativo está al lado derecho, en donde empiezan los cerritos y las personas empiezan a subir. Pueden verse las cruces; los nichos para dos, tres hasta cuatro personas. Algunos llenos, otros que esperan la partida de un ser querido. Caminos de un tono más claro que el de la tierra que separan los lugares de los muertos y sus cruces, y por donde las personas pueden llegar más rápido hacia sus difuntos.

III

En la cima de uno de los cerros hay una capilla, también una gran cruz en donde los visitantes prenden velas y dan sus oraciones. Dentro de la capilla, la gente se detiene a orar. Las paredes han sido pintadas con imágenes religiosas. Un altar blanco recibe las innumerables velas de quienes acuden a “Nueva Esperanza”. Como será una constante en lo que va del día, no faltan aquellos que desean “inmortalizar” todo en sus artefactos electrónicos. Tal actividad, en momentos en que cuatro señores de unos cuarenta años entonan canciones religiosas con libro en mano, puede resultar molesta. Sin embargo, continúan: quienes toman fotos y quienes cantan.

-Los muertitos tienen que venir por aquí antes de ser enterrados-, indica una señora que vende golosinas a las afueras de la capilla azul.

La señora, que lleva trenzas largas y una abrigadora chompa azul, habla ahora de los señores:

-Esos cantan en latín, también. De verdad.

-¿En latín? No te creo- dice otra señora que vende galletas y chocolates.

-Sí, sí, cantan en latín. Ahorita no sé en qué idioma estarán cantando, pero yo sé que cantan en latín- dice una jovencita que está sentada atrás de la señora de trenzas.

IV

El “Nueva Esperanza” es un cementerio inmenso. Varios cerros que lo componen han sido ocupados por difuntos. Como decía la señora de las trenzas largas, quienes tienen poca plata son llevados más al fondo. Los de la primera zona, o sea, la que da a la puerta, son de los que tienen más capacidad económica. Pero eso no es tan exacto. En “Nueva Esperanza” “pobres” y “ricos” conviven en armonía, y el cemento que no se ve en el camino se ve en los nichos bien cuidados. Así pueden verse enormes nichos con espacios para cuatro o cinco difuntos –tornándose auténticos edificios mortuorios- como también espacios pequeños con una cruz apenas clavada y con piedras sin pintar. Pues una de las cosas que más se ven, y por las que hombres y niños se ganan un cachuelo, es el de pintar las rocas que rodean las tumbas de color rosado, celeste o verde como forma de adornar al “muertito”. Estos andan en familia, entre amigos, o solos con un pote de plástico de pintura y con una lampita de un profundo color azul claro que parece de juguete.

-¿Dónde puedo conseguir una de esas?- Le pregunto a un trío de chicos que han trabajado adornando nichos.

Uno de ellos me mira, me tasa y me dice:

-Te vendo la mía si quieres.

Son casi las dos y el chico ya quiere acabar su trabajo.

V

El “Nueva Esperanza” requiere de un orden. Está sectorizado. Sin embargo, la cantidad de nichos en este camposanto, y de la forma irregular que también ha sido ocupado, da como para pensar que no es tanto así. No obstante, el ida-y-vuelta de los mototaxis que prometen no herir ni pasar por encima a nadie en estas angostas trochas que hacen de avenida en el cementerio dan cuenta de que las familias saben bien a dónde van.

Entre los vehículos que circulan, pueden verse mototaxis, station wagon, autos viejos, etc. De pronto, en una colina, aparece un carro que hace que todos volteen la cara.

Un antropólogo de San Marcos ha venido, con su mancha, a tomar fotos y entender el simbolismo y las expresiones culturales de este hervidero de fiesta y recuerdo, funge de analista social. Indica que el crecimiento económico puede verse en ese carro que ha pasado, en el mejoramiento de los nichos ahora con cerámica. “Puede verse al nuevo prototipo de peruano aquí: el empresario”, afirma.

VI

Es una fiesta, en efecto. No se han visto momentos de tristeza. Las familias vienen. Se reúnen. Compran sus cajas de cerveza, como también chicha de jora o cañazo. Músicos de Abancay vienen de aquí para allá solicitados por los trabajadores. Una bella voz se oye en lo alto del cerro: es una cantante de música ayacuchana que expresa su arte a un muertito. La familia, la escucha, le agradece y la despide.

-¿Cada año viene, señora?

-Sí, desde el 1997. A celebrar a mi papá.

-¿Y siempre esa música?

-Sí, es que mi papá era músico y le gustaba de esa.

VII

La música continúa, se oye por doquier. El ambiente ya se empieza a sentir. La niebla inicial de las 10 de la mañana ya se ha ido. Se ve el verdor de algunas lomas y los colores de los nichos se hacen más vistosos. Hay músicos muy modernos que incluso van con sus micrófonos para que se escuchen mejor sus trabajos. Gracias a ello, uno le oirá y bajo el influjo de su música los llamarán para que le toquen a su muertito. Ellos irán.

Pero también hay quienes, instigados por la experiencia, probablemente, llevan sus propios equipos y escuchan junto a su difunto la música que quieren. Hasta el momento solo se había oído música andina. Me sorprendí cuando escuche timba, una de Héctor Lavoe, si no me equivoco.

-¿De qué país son?- nos pregunta a mi amigo y a mí, el señor José.

-¿Qué pasa, mister? ¡Yo soy de la Av. Colonial!- le digo.

Don José está con un joven rapado y con gorra tomando cerveza,  nos la ofrecen. A su lado, echado en un nicho de cemento, está su hermano, a quien le dicen Lázaro, para que se levante. Ellos escuchan la música salsera de otra familia, que ha llevado esa música caribeña que hace que las caderas se muevan.

-Vengo a ver a mi mamá, murió en el 92’-me dice don José-. Y también le pongo sus florcitas a su amiga que está a su costado-y señala un nicho también viejito y gastado.

José me cuenta que son tres hermanos, que tiene una hermana que espera que vaya a ver a su mamá ese día. Me dice también que estudie, que el cartón sirve. Se baja nuevamente del nicho en el que descansa su hermano y va a comprar unas galletas para invitar. Se empieza a escuchar, en otro nicho cercano, música del recuerdo: Camilo Sesto. José, su hermano, y el joven tienen para escoger. El rapado, vecino de Villa María del Triunfo y con quien nos hemos quedado, nos dice:

-¿De verdad que estamos en el cementerio más grande de Latinoamérica, no?

-El segundo más grande- le digo.

VIII

Son las dos de la tarde y más gente viene. En realidad, durará hasta la madrugada, como me dice una chica que vende latas de cerveza Pilsen.

-¿Hasta la 1:00?-le pregunto.

-Sí, hasta la 1:00.

-Asu… ¿Y cómo hacen con las bajadas y eso? –pregunto pensando en los empinados cerros y el jolgorio que se va a vivir ahí a medida de que el alcohol suba.

Su respuesta reúne la filosofía de vida de quienes migraron hacia Lima hace varias décadas atrás:

-¡Se caen y se levantan, pue’, joven!

 

  • Jose

    Y pensar que en algun momento todos iremos a parar ahi… Muy bueno, gracias por la visita