(Continuación de Sin conexión)

Mientras Lee sacaba su querido iPad (maldita hipster), Alex pensaba en aquel abogado del cual no sabía nada, más allá de que había defendido a David Sladen tras el escándalo del año anterior (bueno, son casi dos años ya) y a Mélanie Monin por unos dibujos ofensivos a la mayoría moral hacía casi cuatro años. La opinión que ella tenía de los mismos había pasado de considerarlos descendientes de las víboras con dos patas a unos tipos admirables en su frialdad, determinación y desinterés mezclado con formalidad. Le habían dicho que sería buena en eso, pero optó por otro camino porque no era lo suyo. ¿Qué era lo suyo? Pensaba que escribir lo era. Sí, eso era. Y ahora solo quería acabar con eso, con la tontería que se le hubiera ocurrido a su amiga y regresar a lo suyo antes de ir al tribunal.

– ¿Ya estás grabando?

– Espera… Ya. Muy bien, hoy es cinco de enero de 2015 y yo, Laoghaire MacKinnon, estoy grabando el testimonio de Alexandra O’Shaughnessy, dieciocho años, implicada según la primera investigación…

Formalidades, formalidades. Lee nunca lo dijo, pero siempre ha estado preocupada por eso. Siempre ha querido quedar bien, y por alguna razón logra compaginar eso con ese espíritu salvaje que la corroe, que desde que la conocí ya lo tenía, que Dana conoció en el momento más crudo y, bueno, no he oído mención alguna de otra superviviente del colegio de monjas así que puede que le venga desde siempre. Claro, por eso se le ocurre “emplear mis conexiones para algo”. Siempre quiso ese puto cómic, por más que lo niegue, que no es una friki “tipo” porque es una chica y tiene vida. Maldita sea, por qué tenía que quererla.

– Alexandra.

– Diga.

Fría. Muy bien, Alex, al fin no la cagas.

– ¿Podrías describir cuál fue el proceso?

– Bueno, empecé a olvidar. No puedo describir qué olvidé exactamente durante los primeros dos días porque recién al tercero empecé a anotar. Sí me di cuenta de que algo pasaba, pero como repito, recién al tercer día me di cuenta.

No puedo confesar, es un testimonio incompleto.

Qué carajos, Alex, si estábamos ahí.

Claro que estábamos ahí, pero recuerdo hasta que vino el guardia, a gritar.

– ¿Qué hiciste?

– Lo que dijo mi entrevistadora: que lo anote. Hasta me compró un diario. Lo tengo aquí. Puedo empezar a leer.

– Por favor.

Okay, a releer mi crisis. Nunca puedo salir del todo, ¿no?

Alex empezó a leer, mientras Laoghaire intentaba ausentarse, al menos por un rato. ¿Por qué le dio ese diario? Era el único de sus actos que temía estar doblepensando para hallarle una explicación. Había robado Tommy Hero porque estaba harta de leer a través de la computadora y se sentía frustrada de haber perdido un año por culpa de los retos de Stevie. Sus chances con Riley, al tacho. Y siempre había querido hacer algo riesgoso como universitaria, saltarse clases no la satisfacía. Yo debería estar aquí.

Los O’Shaughnessy estaban nerviosos desde la demanda de Alex, sintiéndose entre la espada y la pared. Se habían caído como testigos (“conflicto de intereses”) y el señor O’Shaughnessy había vuelto al Vicodin. Solo un poco de presión. Primero al abogado de la Asociación Esclavos No More lo retiró después de que intentó hacer un arreglo con ciertos beneficios para Copikat: Los dibujos de Mélanie Monin ya van por los cuatro años y el caso Sladen ya fue olvidado. ¿Qué credenciales son las más fuertes ahora? ¿Las positivas o las negativas? Luego a los padres: una cosa es perjurio y la otra es abandono, hasta donde sé no llegaron a sacar a Alexa del testa- disculpe señorita MacKinnon déjeme continuar con esto desde mi función de abogado.

El diario era lo único. Cuando se lo dio, fue por sinceridad, para que mantuviera el asunto bajo control. Quería a su amiga, haría lo que fuera por ella. Pero cuando paró el torrente, cuando quedó claro que Alex no recordaría nada más allá que verla en el Smart, Laoghaire le dijo que el diario podía ayudarla. Y Alex aceptó. Al día siguiente, lo estuve pensando… y se hizo la gorda. Alex estaba convencida, con esa seguridad que la poseía post-crisis existencial/anímica/emotiva, de que Laoghaire quería usar ese diario para mostrar que ella sí había estado metida y así librarse de una mayor condena. No tenía sentido en absoluto, pero se quedó preguntándose si lo tuviera. ¿Por qué haría eso? ¿No sería mejor librarse de la cárcel? ¿O pasar el menor tiempo posible en ella?

No, ella se lo había buscado, era parte de. Si matas a un guardia, tienes que pasar un tiempo en prisión. Ya había tenido esa duda. Ya se la había curado Ibarguren.

Tenemos que conseguir declararla incapacitada -había dicho el hombre.- Luego, demostrar la imposibilidad de que una chica como tú haya podido disparar e inmovilizar a un guardia mientras apagaba las cámaras de seguridad.

Les disparé. A las cámaras y a la alarma, mientras Alex lo inmovilizaba.

– Pero si Alexandra no estuvo…

– ¿Va a mantenerle el estrés?

– Podemos sacarte un veredicto de no culpable, ha ocurrido antes.

Silencio de Laoghaire. ¿Así se había librado David Sladen? ¿Y Mélanie Monin? ¿Este tipo de abogados, además de existir, ganaban juicios?

Silencio de Ibarguren. Sonrisa que buscaba confianza.

– ¿Va a mantenerle el estrés?

Sí, lo haría, y por eso en dos días no podría ayudarla a sacarla de eso. Llegó un punto en el cual no le molestaba del todo irse a la cárcel, hasta se lo merecía por el solo hecho de encontrar sus huellas en el arma. El fiscal no era idiota y sabría que Alex solo tenía estrés postraumático, tanto como, a diez kilómetros del hospital, descubría que las huellas y una pestaña de Alexandra O’Shaughnessy estaba en las mangas de la víctima. Ibarguren había tenido cierta suerte, en especial cuando uno piensa que el hombre solo arreglaba con embajadas en el caso Sladen y con una opinión pública 100% favorable (en el mundo occidental) en el caso Monin. No había luchado en verdad contra la evidencia. Y Laoghaire sabía que estaban cagadas y que el hombre solo quería que continúen sus estudios felices. Un abogado normal solo vería la forma de conmutarles la pena. Les daría instrucciones. Y dentro de ese plano realista, vería lo que haría.

Sí, ya no tenía esa duda. Sí, estaba dispuesta. Lo sabía.

Pero a veces, le costaba aceptarlo al cien por ciento.

Como cuando veía a su amiga responder, leyendo como autómata sus miedos, o tal vez obviando cosas, ya no le importaba tanto, en verdad. Se iría igual a prisión. La suite hospitalaria molaba. Riley… al diablo Riley, ella ya tenía dieciocho años y estar soltera no debería ser ya un problema. Oh, ¡qué importa!