– Le juro que no entiendo, señorita MacKinnon…

– Basta, no tiene que explicarse.

– Pero es en serio, nunca creí que…

– Señor Ibarguren, usted siempre me ha parecido demasiado honesto y humano para ser abogado. Sin embargo, en este momento no es necesario. Ya sabemos lo que pasó, es rarísimo y nadie lo entiende, ni usted ni yo. Sé cuántos años he vivido, pero no por eso debe ser paternalista conmigo, ¿vale?

Nadie dijo nada un buen rato. Se escuchaban las voces de las enfermeras, la apatía de las secretarias, el paso calmado de los doctores. Alguna vez Alex le había preguntado sobre si los médicos eran también un grupo social hipócrita y ella le había respondido que nunca había pensado mucho en ellos.

– Estabas ocupada tirándote al tacho al cura.

– Ya te dije lo que pienso de esos tíos.

– Sí, pero estás obsesionada, pareces fanática y no has visto a tu alrededor.

-“Estás fumada, loca”, no debí decirte eso, joder, ya no es gracioso. Sí, son unos hipócritas, este es el lugar más frío de mi vida y he estado rodeada de religiosos durante diecisiete años. GRACIAS, AMIGA.

– Paciente Alexandra O’Shaughnessy, por favor – el abogado rompió el silencio al ver a una enfermera.

– Habitación 216 -sin importar lo que pasara en la vida de esa mujer, para Ibarguren y Laoghaire siempre sería otra aburrida de su empleo.

Ibarguren la miró.

– Puede examinar la situación cuando le avise. Antes quiero estar un rato a solas.

Avanzaron por el pasillo sin mirarse, subieron las escaleras casi a la par mientras se ignoraban. Laoghaire sabía que al abogado le costaba, pero a ella le parecía normal no observar. Estaba acostumbrada a mantenerse aislada cuando le parecía necesario, así como a prestar atención a su entorno cuando lo necesitaba. Era cuestión de desconectar el cerebro y dejarse llevar por sus pensamientos, a veces involucrando a personas que no existieran o no estuvieran con ella. Qué sería si Alex y yo viésemos caer una nave y el tiempo colapsara, seríamos excelentes. Tendríamos que entrenar, basándonos en las cosas que hemos leído interpretaríamos de forma diferente las leyes del tiempo y quizás hagamos acciones que una considere correcta pero según el otro lado no lo sea y nos llevaría a pelear, quizás hasta casi matarnos, debería desarrollar esa historia. Si conociera mejor a Riley, podríamos hablar y me entendería, me sugeriría qué hacer y yo seguiría lo que me dijera porque la verdad es que no se me ocurre nada. Qué horror, qué ocurre, maldita sea, llegamos, se detiene y escucha el pare de los pasos de su compañero involuntario. Una mirada y el hombre se aleja un poco mientras ella entra y decide que le comprará un café, el hombre no tiene la culpa de ser como es. Rarísimo abogado.

– ¿Alex? -toca por costumbre.

– ¿Qué haces aquí, Lee? -la voz de la joven no era voz de loca. No estaba perdida más allá de la distracción habitual.

– Vine a verte, abriré la puerta.

– Bien.

Laoghaire cerró tras de sí y se encontró a su amiga frente a una máquina de escribir. Esta levantó la mirada y sonrió.

– Hubiera preferido que te tardes un poco más pero bueno, así son las cosas. Justo me había puesto a escribir algo a máquina. Siempre he querido escribir algo a máquina.

– Lo sé, algo decías en la universidad. Querías presentar una tríada de cuentos en materiales distintos.

– Ese era el pequeño -rió ella.

Se levantó y caminó alrededor de la mesa, sin mucho interés por lo que ocurriera afuera. Laoghaire reconoció aquella actitud y la siguió, era lo que siempre hacía, una volaba y la otra seguía.

– La verdad, solo quería probar con los cuentos, y a ver si a Ross le llamaba la atención. El siguiente paso era hacer eso en novela. Una generacional, ¿entiendes? Empiezo en el lápiz, paso a la pluma con tinta, ¿recuerdas cuando me fui a Liechtenstein y compré esas cosas medievales?

– No se nota si se imprime. A menos que sea una impresión escaneada. Aun así, tu letra corrida es una mierda.

– Después, la máquina. Finalmente, la computadora. Es una pena que me haya quedado a la mitad… No se nota mucho cuando lo lees. Divierte más cuando pueden verlo.

– Es solo texto, en verdad. Uno no lee al Quijote escrito en pluma…

– Porque nunca se ha intentado recuperar. Si se recuperara eso, a la gente le llamaría la atención.

– ¿Y tienes la historia? -Laoghaire la miró irónicamente.

– Aunque no lo creas, la tengo mapeada. Una historia que empieza en la Edad Media y termina en la actualidad, viendo cómo una familia va subiendo y bajando, víctima del destino y de ella misma, aunque los descendientes olviden de dónde surgieron.

– Podría banalizarse, digo, la alta señora y su hijo el sans-culottes.

– Me conoces mejor que eso, Lee.

Alex paró y se sentó de nuevo frente a la mesa con la máquina de escribir. Solo entonces Laoghaire prestó atención al resto. Una habitación espaciosa y algo circular, las que el Centro dedicaba a sus pacientes pijos. Una cama a la izquierda con un lector de e-books encima. Un piano pequeño a la derecha. La mesa, la silla con Alex, la máquina de escribir y la notebook olvidada. Volvió a ver a Alex. Intentó teclear algo, pero se rindió. No podría escribir con Lee cerca.

– Es una pena que esto pasara a medio ciclo. ¿Le podrías mandar esto a Ross por mí?

– Yo también estoy suspendida, ¿recuerdas?

El rostro de Alex se endureció.

– Si vienes encargada de mi familia, repíteles que no sé nada.

– No sé más de tu familia que la preocupación que tienen por la demanda que les pusiste por perjurio. Igual, pueden irse a la mierda. No sabía que mantenerse en la lista buena de un pijo les era más importante que el amor a los suyos.

– Ya hablé bastante de lo condicional que es el amor familiar.

– Solo te quieren porque saliste de uno de ellos -Laoghaire intentó evitar lo que se venía.

– ¿Para qué mierda viniste?

– Vine a verte, eso es todo, y a probarle tu punto a Ibarguren.

– Mi punto, no el tuyo.

– Allie, te creo perfectamente…

– Hasta a Patty le creo más eso. Vamos, las dos sabemos que si me incapacitan a mí, te jodes tú.

Laoghaire empezó a alejarse de a pocos.

– Mira, vine a ayudarte. Hablé con el abogado y las grabaciones consentidas se admiten como prueba. Todo lo que has estado diciendo, lo grabamos y lo presentamos. De ahí, solo tienes que confirmarlo en la corte y punto.

– Y… ¿por qué deberías hacerlo tú?

Respira hondo, no pierdas la calma o te cagarás. Pasaba en la universidad. Podría pasar ahora. Y si pasa ahora, estamos muertas. Aunque Alex no lo vea.

Aunque Alex nunca lo vea.

Aunque su mundo, como siempre, acabe en su pequeña nariz punta roma.

– Por lo que tú dices: probar que estamos juntas en esto.

– ¿El abogado sabe?

– Él me dio la idea, ¿no?