Ricardito se suicidó un día en que Dios estuvo ausente y un día en que su vecino Don Cabieses, del departamento contiguo, decidió recordar cuando bailaba con su amada en el Rímac.

“No, ya no debo pensar que te amé/ Es preferible olvidar que sufrí/ No, no concibo que todo acabó/ Que este sueño de amor terminó/ Que la vida nos separó sin querer/ Caminemos, tal vez nos veremos después…”, sonaron aquella tarde los versos que llegaron a tocar el fatídico sistema auditivo de Ricardito. Tras estar por varios exaltados minutos en una esquina oscura, llenando su ropa de lágrimas y mocos, Ricardito abandonó las inservibles galletas soda. Miró a la ventana. Cerró los ojos, saltó.

La paciencia y el regocijo que suplantaron al dolor en la memoria de Don Cabieses fueron súbitamente desplazados por un grito raquítico. “Ayyyyyyyyyyyyyyy…”, el viejo se sorprendió. El latido de su corazón se vio alterado. Pero luego pensó, en referencia a Camila: “Muchachita de mierda; debe seguir viendo El Exorcista“. Así, siguió bailando acompañado de la imagen permanente de su esposa en la sala de piso lustrado y llena de adornos de sus viajes que trajo como marinero que fue.

La cuadra se llenó de seres compungidos, ¡se iba una criatura con mucho todavía por vivir! Ricardito, vago del carajo, moría con 30 años a cuestas.

– Pobre don Cabieses… ¡No le digan nada! – dijo el padre de Ricardito borracho en el velorio.

– ¿Por qué? – repuso su compadre, intentando disuadir al padre para que no altere el buen proceder del rito fúnebre y mirando cómo algunos jóvenes le gritaban exaltados groserías al pobre viejo desde el patio del block.

El padre respondió.

No le hagan nada al viejo… Mi hijo no murió por la letra de Los Panchos, cumpita. El baboso ese se mató porque a los 30 años no concebía que ese trío superase con sus letras a sus grupos emos de mierda que escuchaba. ¡Esto dice acá! -y le señaló un papel cuarteado en el que se decía esa verdad lamentable, rodeada de calaveritas estúpidamente dibujadas y con gestos de tristeza.

– ¡Qué huevón! – dijo el compa impactadísimo.

– ¿Cómo? – dijo el padre a la defensiva, sintiéndose padre a fin de cuentas.

– Que… que… que… ¡Qué… horrooooooor! – dijo el cumpita dándole significancia a su exclamación.

 

07- 08- 15