Era una paradoja, un juego de espejos. Las cuadras de la Av. Tacna aquel sábado lucían semivacías. Con seguridad, era la envidia de los altos edificios o comercios de las concurridas cuadras de alguna avenida principal. Por un espacio de tiempo, no se escuchaban bocinazos, ni gritos, ni nada. No había ese sábado contaminación sonora que dañe los tímpanos.

Estaba empezando algo.

La Av. Tacna se compone de cuatro carriles: dos carriles que van para El Rímac y dos que llevan a los distritos más costeros como Miraflores o Barranco vía la Av. Wilson y la Av. Arequipa. Sin embargo, ese sábado, de mucho orden y frío de invierno a las tres de la tarde, parecía que los carros se hubieran declarado en huelga y no salieron a las calles como sus choferes lo hubieran querido. Sucedía que solamente dos tramos de los cuatro carriles estaban ocupados. Ello le daba un toque efectista al asunto.

Algunos transeúntes, sorprendidos por el fenómeno cívico, caminaban por el medio de la pista, sorteando los débiles árboles que, según pensó alguna autoridad edil, serían la solución para paliar la contaminación de la zona. Los esmirriados árbolitos, empero, con sus cuerpos dicen que fue una mala idea. Uno de los transeúntes indaga con la vista, intenta ver a algo o a alguien. Mueve la cabeza siguiendo su búsqueda y finalmente parece que logró dar con su objetivo. Al instante se frustra, pero lo hace con sorpresa. Un carro de transporte interprovincial cruza con lentitud frente a sus ojos. Detrás de él, a unas cuadras, hay otro similar. Carros de transporte interprovincial eran cosas que nunca él se habría atrevido a ver en la caótica Av. Tacna.

El transeúnte cruza la pista (piensa en lo ridículo que es ver a alguien que no sea canillita o vendedor de dulces parado y caminando por el medio de la avenida) y, ahora sí, apura el paso. Pero nuevamente se detiene y se queda mirando como bobo. Lo que había leído, las noticias nocturnas, las voces de los vecinos de la ciudad, de sus compañeros de aula, todo eso ahora estaba frente a sus ojos: el bus patrón de la Municipalidad de Lima. No importa que esté sucio, producto del salpicar de las lluvias, y que las ventanas estén empañadas y tras ellas se vea a gente con cara incrédula de no saber a dónde están yendo. No, no importa. Hay un carro azul grande que parece moderno y que es el nuevo actor de una gesta social que los limeños habían estado esperando por años.

¿Por años en realidad?

El transporte de la ciudad limeña es un completo caos. Los atropellos, las multas, las coimas, los bocinazos, las peleas entre cobradores y pasajeros, las radios a alto volumen, los robos en pleno carro, la informalidad, las lisuras, el tráfico infernal, etc., son pan de cada día para quienes se suben a un carro para dirigirse a su destino. En este ambiente, donde la informalidad campea y son pocas las empresas que dan un trato adecuado a sus trabajadores y a los usuarios, el cambio debía darse cuanto antes. Con la actual gestión de la alcaldesa Susana  Villarán, estos cambios están convirtiéndose en una realidad. Este sábado 26 de julio, por ejemplo, las líneas que habitualmente recorren las avenidas Tacna, Wilson, Garcilazo y Arequipa dieron paso a una moderna flota de buses azules como punto inicial del proyecto de Reforma de Transporte, el cual es de un planteamiento progresivo.

Con el llamado Sistema Integrado de Transporte (SIT), se conectan diferentes ejes de transporte (como el Metropolitano, el Metro de Lima, las principales arterias de la ciudad e inclusive las ciclovías) para hacer del transporte algo distinto. Una cartilla de la Municipalidad habla de las bondades de esta reforma y coloca entre sus primeras ventajas en la de convertirnos en una ciudad más moderna, tal cual las principales metrópolis. En realidad, podemos obviar esa salvedad y decir que con el SIT el transporte se verá más regulado y ordenado. Los pasajeros viajarán con la seguridad de que están en un vehículo que no hace carreras mortales y que gracias a la existencia de contadas líneas de viaje el tráfico no será el que se sufre en las conocidas “horas pico”.

Desde la Municipalidad se está intentando hacer una reforma estructural.  Como ya lo está logrando sería interesante ver cuál es la reacción de los usuarios. El día sábado esta revista inició un recorrido en los buses patrón y esta fue la impresión que nos llevamos.

En el llano

Lo que a tempranas horas del día había ocurrido en las vías de acceso a las avenidas principales, en donde choferes de la empresa Orión intentaron nuevamente incumplir las disposiciones legales y metieron sus atiborrados buses a la Av. Arequipa, causando tráfico y riñas, ocurrió a escala menor en los interiores de los nuevos buses y con singulares cambios en los paraderos de los buses.

En los paraderos de los buses la gente no solamente espera (y espera por más de cuatro o cinco minutos) sino que entran en improvisados coloquios. Los inspectores de la municipalidad, además de velar por que el tráfico no se congestione más, detallan sobre el nuevo plan de la municipalidad: más rápida llegada a los destinos, cese de funciones de las líneas que abarrotaban las cuadras de las avenidas y que ningún alcalde supo enfrentar como se debía por largos años, más orden gracias a una sola línea de buses que irán por el corredor vial Tacna-Garcilaso-Arequipa deteniéndose solamente en paraderos autorizados. También responde preguntas como las de una señorita que aventuraba un futuro en el que por viajar solamente por unas cuadras tendría que desembolsar S/. 1.50. Ante esto la inspectora municipal solo levanta los hombros como indicando que no puede hacer más desde su importante y humilde oficio.

La charla, que ha durado el tiempo que le toma a la gente esperar un carro este sábado —o sea, cerca de cuatro a cinco minutos— se interrumpe pues el bus patrón azul ha llegado.

—¡¡¡Haga su cola!!!— grita una joven de chullo azul.

El polizonte no hace caso pues ya está adentro, en el carro súper lleno. Las personas, posicionadas en una fila un tanto chueca, van entrando de a pocos. Una de ellas se lleva la mano al bolsillo. La chica del chullo azul la mira desde la cola de la fila y dice en voz alta: “Señora, tranquila, hoy es gratis”. La aludida sube con más ganas.

Que el viaje sea gratis inyecta un poco de confianza y humor en la gente pues una señora, chacotera, mete candela: —Grita, grita—dice riéndose— que ese sapo se ha subido colándose.

 Como dijimos, el malestar fue de las pistas a los interiores de los buses patrón. Todos los asientos estaban ocupados y mucha gente había parada. Como la subida era por la parte delantera y la bajada por la parte posterior, el movimiento en el medio del carro no dejaba de cesar. “¡Vea! ahora voy a tener que denunciarla por acoso sexual”, bromeaba un señor cuando una señora de voluminosa presencia se apachurraba tras él para poder pasar. “Es que no pasan”, decía ella. “¡No pasan!”. Y era cierto: habían dos o tres individuos que se apretujaban y no dejaban pasar, pero el poder del paradero los superó. “¡Baja, baja!”, gritaban los que querían bajar y acompañaban sus elevaciones de voz con golpes al bus. Su ruido exasperaba. “¡Oiga, señor! ¡No golpee!”, dijo una chica cansada por la bulla, “¡Este no es paradero! ¡La bajada es en la otra esquina!”. Y a partir de ahí, los que estaban cerca al paradero le hacían “bullying” al ruidoso. En la parte trasera del Bus Patrón había una guerrita.

Antes de subir, una orientadora con chaleco y gorra azul daba folletos que informaban sobre la entrada en funcionamiento de los buses del corredor Tacna-Arequipa. En la cartilla había un mapa del recorrido en donde figuraban los paraderos. Esta cartilla iba de mano en mano dentro del bus. La gente había recibido la obsequiosa noticia de que no pagaría nada pero no había prestado atención sobre los cambios en los paraderos. Muchos de ellos dieron un resoplido molesto cuando sus paraderos fueron pasados y al bajarse lo hacían corriendo en esa hora punta. Cuando el bus detenía la marcha, los gritos al fondo del bus aumentaban. “¡Baja!”. “¡No es paradero!”. “¡Baja!”. “¡Ignorante!”. “¡Baja chofer!”. Y así.

La gente comentaba los dimes y diretes y hacía sus propios análisis. “Oye qué le pasa a esta gente. Qué mal. Estos no saben que estos carros nos benefician”. “Es que estamos malacostumbrados pues señora, ¿de cuándo aquí respetamos la bajada por la parte de atrás?”. En efecto, la gente bajaba y subía por la parte de atrás. Solo cuando había una inspectora, se respetaba esa norma de transporte; cuando no, ni siquiera los exaltados pedidos de la gente del interior del bus impedían que los desobedientes usuarios se suban por donde no estaba acordado.

Con el tiempo, ya se irán acostumbrando y virando su enfoque de transporte. A no ser que quieran que vuelvan los tiempos de los Oriones y otras líneas multicolores, que a estas horas, ocupan vías estrechas del Centro de Lima esperando el momento menos pensado para ingresar a las avenidas principales para llenarlas de bocinas y de gritos irrespetuosos.

28-07-14