Muchos titulares le han llamado masacre. Muchos otros le han llamado matanza. Sea lo que sea, el último hecho ocurrido en Niza, Francia, no deja de hacernos preguntar si esta cadena infernal terminará pronto. Lo curioso es que esta adversidad, de pronto, coge una forma normalizada y las noticias que aparecen al respecto no alarman tanto, como lo hicieron, por ejemplo, el trece de noviembre del año pasado en París o los primeros días del 2015 hacia trabajadores de la revista “Charlie Hebdo”. Más allá de las múltiples razones de las decenas de atentados en los últimos meses, tanto en Estados Unidos, Turquía y Bangladesh; como en Francia, Irak y Siria, la gente está inmersa en un miedo, aparentemente, eterno. Y sí, en una cuantía de lugares alejados de estas zonas, estos sucesos son, apenas, algo más que sucede y que se puede hojear.

Cuando el terror se vuelve una herramienta para poder controlar el sistema, el orden y la forma de ver el mundo (es decir, cuando controla el discurso ideológico y práctico), todo se mueve alrededor del mismo: ya nada puede funcionar sin terror. El ser humano, como sabemos, reacciona a cualquier hecho, en un ambiente de terror, con suma cautela y cuidado, pero también con impulsividad y rabia. En tiempos de desgracia, la única opción viable pareciera que fuese responder con acciones desgraciadas. ¿Por qué no? Al final, más sumergidos en la desgracia ya no podemos estar. Esta imagen medio apocalíptica, no obstante, nos lleva a tomar decisiones muy poco pensadas. Claramente, estoy en desacuerdo con la respuesta desgraciada a sucesos desgraciados: la solución ya la he dicho antes y es la que se encuentra en el dialogar con el fin de llegar a la tranquilidad mutua. Lamentablemente, no es tan fácil y, por ahora, no es factible.

El punto a seguir es que no se normalicen estos hechos. Es lo más dañino. Pareciese como si las protestas no funcionaran, pero sí funcionan y son, a veces, el único motor que sirve para dar cuenta de que no se quiere seguir viviendo así; de que hay una solución pacífica para acabar con el terror. Tiene que servir, además, para que, al mismo tiempo, no se generalice al enemigo y que no se cree una causa del problema en donde no la hay.

El error no está cien por ciento, por ejemplo, en los refugiados, en el Brexit, en la religión y cultura musulmana, en los pobladores de Estados Unidos, en los pobladores de Latinoamérica y en los de cada parte del mundo.  El problema está repartido en cada ser humano y cada uno tiene el deber y el derecho a ver la manera más sensata y racional de solucionarlo por más que, en la actualidad, parezca todo un circuito de caos que regresa siempre al miedo. No es así. La consciencia de cada uno se crea y muta con el tiempo. En tiempos de actitudes más calientes, en donde ocurren atentados en cada parte del mundo cada día (desde un atropello a una multitud hasta un tiroteo a policías), las decisiones tomadas deben de ser más razonadas. Protestemos pacíficamente de todas las maneras posibles para que la normalidad del terror nunca exista.