Como muchos, o como pocos, no soy aficionada del boxeo. Sigo algunos deportes (fútbol y tenis en la tele, y natación en la piscina y en Juegos Olímpicos) pero del boxeo, me quedo en lo que exige la cultura general occidental. Que hubo un tipo llamado Cassius Clay que decidió no ir a Vietnam, se convirtió al Islam y pasó a llamarse Muhammad Alí; y ya de viejo sufre de Parkinson luego de haber sido campeón en pesos pesados, o algo así. Que Mike Tyson le mordió la oreja a alguien en plena pelea, pasando de ser un tipo de temer (como en teoría son quienes practican este deporte) a un loco. Ah, y que hizo cameos en las películas de “The Hangover”. También que mataron a Tupac Shakur saliendo de una pelea. Y bueno, que el centro del box es Las Vegas. Finalmente, y esto lo sé por mi clase de Neurociencias, que existe la demencia pugilística: parece que es el efecto de tanto golpe.

Así, de la Pelea del Siglo (raro que la determinen así cuando faltan todavía 95 años para que se acabe) solo supe cuando empezó a bombardear los periódicos, los noticieros y el Facebook. Reconozco que Floyd Mayweather me sonaba, pero no recuerdo bien de dónde, probablemente relacionado con algún desmadre de Justin Bieber. A Manny Pacquiao no lo conocía en absoluto. Y no creo haber estado sola en ese estado de ignorancia, o al menos eso consideró la prensa. Con dos líneas sobre los estilos y gráficos sobre las victorias y derrotas, el grueso de los artículos era dedicado a la caracterización. Fue de esa forma que muchos de nosotros aprendimos que Floyd Mayweather estaba más forrado de dinero que la Gran Bruja del cuento de Roald Dahl, y cuando digo forrado, es literal. Supimos que el señor quemaba billetes por diversión (y luego nos pasaban imágenes del terremoto en Nepal, amplificando la indignación), que tiene un registro criminal por violencia doméstica y que se le conocían insultos misóginos y homofóbicos. Con toda esa información, ¿cómo no odiarlo? Pero no se preocupen, también les informaré sobre su contrincante: un hombre que nació en la pobreza y empezó a trabajar estando en la pubertad. Un tipo muy creyente que tiene una fundación, ayuda a la gente de su país, tiene hobbies menos indignantes (basquetbolista, cantante y congresista) y es amado por los suyos. Manny Pacquiao, para servirlo a usted.

Días antes, con el show de miraditas románticobelicosas y las apuestas, el mundo de la gente que solo vino para saber del tema de conversación ya había decidido quién quería que ganara. Habían visto en la pelea prometida a un ideal que todos siguen buscando, con el que nos educan desde muy pequeños, cuando nos ponen la primera película Disney o cuando empezamos a ver programas con ciertas tramas más consistentes que un niño viendo colores o en nuestro caso generacional, a los Teletubbies paseándose por ahí.

Tenemos a un villano que encarna lo que muchos de nosotros odiamos del mundo en que vivimos. Un tipo que malgasta el dinero mientras muchos sufrimos con pagar las boletas y las cuentas corrientes, con un efecto aumentado cuando recuerdas que, pese a tus dificultades, todavía hay quienes la pasan peor. ¡Y ese imbécil juega con sus fajos en vez de donarlos a quienes los necesitan! Encima le pega a las mujeres, y no se arrepiente. ¡Asco de hombre! En resumen, es el malo del cuento, y en todos los cuentos los malos pierden, ¿no?

Por otro lado, miren al bueno. Un tipo que tiene una fundación y que dona su dinero a los pobres, está casado y tiene una linda familia y siempre sonríe. Es todo lo contrario al villano, y por eso queremos que gane.

No quería ver ese encuentro tanto por el sentido de la pelea per se, aunque influenció. Mayweather, por lo visto, demostró que en el box se puede ratonear. Y a nadie le gusta el ratoneo a menos que lo haga tu equipo o tu ídolo. Sé que muchos esperaban ver sangre, y acabaron decepcionados. Salieron los memes: Mayweather ganó los cinturones, Pacquiao nuestros corazones. Y no pude evitar recordar las variantes que surgían cuando, en el fútbol, los equipos pequeños morían de pie frente a los grandes. Pensé en la importancia de haber conocido la dificultad para ser un ídolo de corazones, como Novak Djokovic en los bombardeos de Belgrado. El deseo de creer que el dinero no lo compra todo me remitió a las palizas que hace pocos años el Barcelona le daba al Real Madrid y los titulares: “CANTERA VS CARTERA”, lo que el club cría y lo que adquiere. Y la vieja lucha entre el bien y el mal ya se estaba dando en ese mismo mundo: el callado y humilde Messi, y Cristiano Ronaldo, quien explicara a sus críticos diciendo que lo envidian por ser “rico, guapo y buen jugador”.

Nos gustan esas historias, seamos honestos. Nos gusta creer en los héroes que surgen de abajo y llegan a la cima de la sociedad. Nos encanta cuando alguien como uno, que no creció en cuna de oro, logra triunfar, y odiamos cuando los villanos lo hacen, ellos no pueden ganar. ¿Por qué no? Porque perdemos la esperanza y dejamos de creer en los cuentos. De hecho, muchos ya lo hemos hecho. Entonces, ¿por qué nos decepcionamos de las victorias “indeseadas”, no sólo la de Mayweather, sino también de los equipos monetizados o de ciertos políticos, si es que ya no creemos en nada?

Puede que en el fondo no queramos dejar de creer. En el fondo, queremos estar equivocados sobre nuestras impresiones, pensar que quizás haya alguna chance de que el mundo se arregle. Si un buen tipo le gana a un creído, el mundo, por un instante, se arreglará.

No importa que Pacquiao sea de la misma clase que los otorongos que archivaron la Unión Civil y ahora creen que una adolescente y su violador pueden formar la familia feliz. Él es el héroe caído del cuento, al que aún así seguiremos apoyando y amando hasta que pase el tiempo, surjan otras cosas y nos preguntemos quién es ese chino al que le dimos like en Facebook.