—Es probable que no recuerdes quién te habla de este lado, Sandra.

—Si te llaman a las ocho de la madrugada, quizá no, pues.

—Tienes razón, aunque insisto, ¿quién soy?

—Debería colgarte el teléfono, deseo dormir en vez de saber tu nombre.

—Te ayudaré con…

—Espera, ya sé, eres tú, Pablito. Estás arriesgando la vida con esta llamada, déjame decirte.

—Después de ese día, tu novio estará con ganas de cortarme el cuello.

—No te equivocas.

—Oye, te llamo para un favorcito cándido: ¿podría ducharme en tu casa?

—¡Qué! ¿Estás loco?

—No es una burda insinuación como aquella vez, te lo juro, sino que en mi barrio nos quedamos sin servicio de agua.

—Sí, sí, escuché algo ayer, Pablito… Vente pues, me apena saber que olerás a carnero por el resto del día.

—Aciertas, tengo una reunión en dos horas; me urge, como nunca, salir limpio.

—No tardes entonces.

—Seguro. ¡Ah, por cierto!, procura no vestirte si estás en pijama, no será necesario pues todo terminará desperdigado por el suelo.

—Conseguirás que te cierre la puerta, querido.

Sandra respondió al timbre. Bajó a la primera planta de la casa para darme la bienvenida —o la “malvenida”—, es un enigma egipcio aún ahora. “Seis meses no pasan en vano” dije más bien contrariado, ella asintió con ojos acusadores. Vestía, efectivamente, un conjunto veraniego de dormir: short y blusa púrpura, como aquella vez, esa última vez. El corte de su prenda superior dejaba un intersticio donde podía apreciarse la cuerda de su sostén, pintado a la par de todo el conjunto. Todo estaba como el día mismo de nuestra prolongada ausencia, incluso la forma de sus grandes pechos permanecían igual, aún sin señales de domador. ¡Madre mía, sus pechos!

Con el índice suyo me cerró la boca, entendí de forma ineludible que no quería hablar nuestros asuntos en absoluto. A continuación, me señaló la puerta del baño, “debes entrar, puede que te demores mucho arrancándote la cochinada”. Exhalé un poco de aire, busqué dibujar risas tenues, la empresa fue en vano.

Dentro del perímetro de ese cubículo, me sentí el individuo alterado del paisaje, el microorganismo escurridizo de un laboratorio ascético: baldosas azules relucientes, cielo raso perfectamente blanco que jugaba con los rayos colados del sol, la única ventana portaba vidriería clínica, todo perfectamente acondicionado, menos yo.

Giré la llave y de inmediato la lluvia profusa me dio al cuerpo. Caramba, pensé, este sitio estaba tan igual como aquella vez. Cayó la mirada mía al piso, recuerdo que esa mañana la vista se me desorbitó, cerré los ojos locos.

A pesar del agua que caía, pude oír los intentos de alguien tratando de abrir la portezuela, la manija se movía como una sonata lenta. Pregunté quién era. Titubeante, se identifico después, era Sandra. “Te has olvidado la toalla, tontito”. Esa advertencia sonó rara, yo había colocado toda la indumentaria necesaria al costado. Entonces, la mente predijo una gran oportunidad deliciosa, como antes, como la última vez.

Ordené que pasara. Triunfal entrada lo dieron sus monumentales senos, cubiertos solo por un paño púrpura; luego el resto de ella. Comencé a recordar. Sandra se ubicó cerca. Su mirada juguetona interpelaba, esos ojos resumían fiebre, ¡la misma fiebre! Se recogió el cabello con una mano, y con la otra tiró del nudo que sujetaba el paño. Y cayó. De pronto, aparecieron las piernas aventajadas de Sandra, el sexo orquideado de Sandra, la cintura, el ombligo de Sandra, los senos pendientes como dos satélites 38-B en el planeta de sus formas, Sandra, Sandrita… Aceleradamente entró conmigo a la lluvia. Nos desgastamos la bemba a besos. “Pablito, qué rico”, decía cuando yo enterraba los dedos por donde podía. Mi desquiciada lengua humedecía la aureola rosada de sus pezones firmes, tiesos como mi falo que en ese momento ya se ejercitaba en esa caverna lograda entre ese par de frutas azucaradas. Gemía porque le gustaba ser halada del cabello. El agua sucumbía al calor de la batalla, el cuarto de baño estaba repleto de vapor, la niebla inyectaba dosis de misterio inigualable, ¡vaya! En seguida saltamos en saltimbanquis unidos por el bajo vientre. El calor, el calor del encuentro, puso más densa la niebla. En la espesura, ella poco a poco iba perdiéndose. Después, no la vi jamás, sin embargo emergió su voz: “¿ya acabaste, Pablito?”.

Las campanas de esa frase seguían golpeando las paredes del baño cuando habíamos terminado. Nuevamente escuche colarse la voz de ella por las rendijas del marco de la puerta: “¿Ya acabaste, Pablito?; ya deberías salir, es tarde”. Volví en si con los incandescentes riachuelos de lava láctea descendiendo por mi pierna derecha. Me di cuenta del hecho, el agua seguía golpeándome, alcé la cabeza, vi alrededor, estaba igual, todo igual.

Finalmente le agradecí, nos despedimos y me fui. Quizá fue esto una deuda impaga con el deseo. En definitiva, hubiese querido que fuese como esa última vez, así como hoy lo imaginé.

Carlos Valverde Reyes