La imagen muestra a una joven de cerca de veinte años mirando desesperada hacia arriba. Si fuera creyente, su mirar sería más cálido, aunque suplicante, pero cálido. Con todo, no es el caso de esta chica. Se trata de una mirada frenética, desalmada, de ojos desorbitados que quieren salirse de sus fuentes para no habitarla más. Quien la ha dibujado ha tenido el trazo preciso, cierta dosis de testimonio personal para hacerla tan vívida y vecina a quienquiera que la pueda ver. Su mano simula una garra llena de energía capciosa que desea respuestas, que también prefiere huir. La chica, en conclusión, está desesperada. Además de una intrínseca sombra, hay otras cosas que la acompañan. Son palabras que le dan un completo sentido. Oraciones que la diagnostican, que la analizan, que le demuestran las causas de su problema y que, milagro aquel, le dan algunas respuestas.

Para darse una mayor idea de lo que me refiero, me apresuro a señalarles el posible diagnóstico que dan las palabras, es el de i) ansiedad, ii) depresión, iii) estrés, iv) sinsentido existencial, etc. Las causas pueden ser miedo a perder el trabajo, al novio, la seguridad de la casa, la belleza de los años, la tranquilidad de un seguro médico, entre otras. Los motivos de su aprehensión también pueden ser la inestabilidad laboral, el miserable sueldo mínimo, la violencia doméstica y callejera que pueda sufrir, así como las constantes noticias de capa negra que se suelen mostrar en televisión. Todo ello bajo el paraguas de un mensaje de éxito, de prédica de triunfo individual, de que solo-tú-y-nadie-más-que-tú-importa.

Bombardeados por la publicidad consumista, el “comprar-comprar-comprar”, las gentes sienten efectivamente que la vida se les escapa de las manos; y, como un médico generalista, se dice, en referencia a los transportistas de Lima Metropolitana que sufren de alteraciones nerviosas, “como los músculos, el cerebro también se debilita”. ¡¿Qué mayor factor de debilidad que un situación social fronteriza, que raya con lo inhumano, que contradictoriamente te dice que todo irá bien, que todo está en tus manos?!

Letras al Mango tuvo un momento de plática con José Mogrovejo, psicólogo y docente del área de Psicología de la PUCP. Consultado sobre el malestar emocional al que estas épocas nos hace más proclives, Mogrovejo señaló que una de las formas ideales de terapia sería la salud mental comunitaria, forma de tratamiento que surgió en las primeras décadas del siglo XX en EE.UU. a raíz de la superación de la oferta psicológica y que, a grandes rasgos, supone la organización de la comunidad para intervenir en casos de “dolencias” mentales. Con el pasar del tiempo, dice Mogrovejo, esta forma de terapia fue asumida por diferentes países alrededor del globo siendo Colombia y Venezuela, en América Latina, las regiones donde este tipo de especialidad ha sido llevada a cabo con mayores resultados.

Si bien esta ha sido implementada en el Perú, nuestro país carece de los recursos necesarios para hacer de la salud mental comunitaria un proyecto sólido y confiable. No quepan dudas de que los establecimientos de salud mental (los poquísimos y centralizados que hay) cuentan con equipos que trabajan del lado de la salud mental comunitaria pero que, recalca Mogrovejo, estos distan de ser los ideales. Las razones estatales caen por su propio peso: reducidos destinos de dinero a la cartera de salud, en especial a la de salud mental. Asimismo, y ya yendo a tópicos de índole sociopolítica, Mogrovejo asegura que por razones subalternas de interés, quienes están a cargo del diseño de políticas de salud (esto puede extenderse con seguridad a otros campos), se resisten a la posibilidad de propiciar la organización de la comunidad, pues esta, ni tonta ni perezosa, no solamente comprendería el potencial que a nivel organizativo tiene para superar los problemas de cariz psicológico, sino también otros como los de servicios básicos.

Ciertamente este es un tema político que toca a la psicología. Este rasgo testimoniado por el profesor da cuenta de cómo la psicología se vincula a factores más sistémicos. Por ello, consultado sobre los prejuicios que se tienen sobre la facultad (“Dicen que son pinkys, profesor”), Mogrovejo aseguró que eso no es cierto, pues al haber una rama de especialización en materia social, los psicológos son los principales interesados en resolver problemas de carácter estructural. En ese sentido, Mogrovejo recordó cómo en sus primeros años al dedicarse a la salud mental comunitaria en un barrio de escasos recursos que no tenían agua ni desague, una total penuria, los casos de problemas psicológicos eran muy altos. “¿Cómo no haber angustia? ¿Cómo no haber depresión? ¿Cómo no haber suicidio?”, fueron las preguntas que me hizo. Una vez más, el factor estructural, es decir, el de tipo socioeconómico (pocas expectativas laborales, sueldos paupérrimos, nivel nutricional bajímismo, etc.), facultaban que la población entre en ese temido espiral de desequilibrio emocional del que es todo un reto salir. La entrevista iba finalizando y Mogrovejo hizo un mea culpa sobre la especialidad. Decía él que en la facultad no se han hecho los esfuerzos posibles por dar otra imagen a la universidad, han dejado que los prejuicios siguen su rumbo roedor. Sin embargo, indicó que muchos egresados trabajaban temas sociopolíticos en la medida de que crean de que resolviendo eso se palía en algo la situación de la gente afectada por trastornos mentales.

En este contexto, cabe preguntarnos si es suficiente que esta lucha sea la de los psicólogos solamente, porque el tema principal, sin desmerecer la intención de tratar a los que padecen algún trastorno mental, vendría a ser las causas sociales por las que las personas caen y recaen en estos malestares. Es importante mencionar que la pobreza no vuelve automáticamente a uno loco, eso sería un gravísimo error. Si no, más bien, el de considerar que hay  factores estructurales que hacen más proclives que casos de problemas psíquicos aparezcan. Sumándole a eso el grave estado de la salud pública, el prejuicio que se tienen sobre los que tiene problemas mentales, lo caro de las medicinas, entre otras. Vemos que pesa una gran temeridad. Si le agregamos la desfachatada indiferencia de la clase política, llamada teóricamente a resolver esos problemas, veremos que poco a poco nos vamos acercando a un callejón sin salida. Sin mencionar, claro, la gravedad de otros problemas que nos aquejan como sociedad. Y sin embargo, poco es lo que se hace como sociedad civil.

17-07-14