Ojalá fuéramos gatos para tener siete vidas y para siempre caer de pie. Ellos tienen la oportunidad de volver a comenzar sin haber sufrido en la caída. Cuánto envidiamos tener esa habilidad: saltar y no sentir dolor si caemos mal. Pero pensemos en que los gatos no tienen relaciones afectivas, trabajos ni responsabilidades. Quizás ahí esté la razón por la cual no seamos gatos y las caídas nos sirvan para aprender. Porque mientras los gatos juegan con su lana y toman su leche, nosotros tenemos cosas importantes que enfrentar todos los días. ¿Y cómo haríamos para avanzar y aprender sin saber lo que no es correcto?

Saltar. Saltamos de la cama, desde las escaleras, en otros casos, desde un barranco en parapente. Lo hacemos por diversión, por aventura o quizás sin razón alguna, pero lo que sí podemos asegurar es que lo hacemos sabiendo dónde y cómo caeremos. Es difícil pensar en saltar sin saber qué pasará después de lanzarnos. El ser humano siempre está en busca de seguridad, es una actitud natural de sobrevivencia. Pero a veces esa necesidad de seguridad, nos pone un freno frente a situaciones nuevas.

Como jóvenes, nos creemos indestructibles y pensamos que lo sabemos todo. O al menos esa es la idea que pretendemos mostrar a los demás. Cuando, en realidad, sabemos que nos queda mucho por experimentar y que nuestra perspectiva de las cosas que tenemos ahorita irá cambiando mientras crezcamos. Pero por otro lado, a veces nos sentimos tan conformistas con lo que somos que no nos atrevemos a ir más allá.

A pesar de saber que siendo joven, puedo equivocarme muy seguido, soy firme en los pensamientos y emociones que puedo tener a esta edad. Pues debemos disfrutar al máximo cada etapa por la que pasamos: hay una edad para ser tontos, para experimentar sensaciones efímeras, para probar cosas nuevas, para actuar con el corazón y otra edad para ser más maduros, para buscar sentimientos intensos y duraderos, para cosechar esfuerzos. Cada etapa tiene su magia y su encanto.

Siendo pequeños, queremos ser más grandes, creemos que creciendo tendremos mayores libertades y facilidades, pero creces y te das cuenta que no es así, que todo está lleno de responsabilidades. Eres adulto y quieres ser joven de nuevo. Pero si se pudiera retroceder el tiempo, seguro que desearíamos volver a nuestra edad, ya que nos daríamos cuenta de lo ridículas que pueden ser las peleas y la importancia que le damos a cosas verdaderamente vanas. Creo que sentimos eso porque nos arrepentimos de no haber tomado los suficientes riesgos cuando era la edad para hacerlo. El miedo nos detiene tantas veces, nos congela, nos impide hacer lo que más deseamos por temor a fallar. Es normal sentirse así, porque todos hemos experimentado derrota en algún momento de nuestras vidas, y digamos que se siente como caerse en una escalera eléctrica. Si te caes no puedes quedarte en el suelo, porque si lo haces te atascarás. La vida no se detiene ante tus fracasos, como la escalera no deja de avanzar a pesar que te caigas.

Prioriza las cosas en tu vida, haz lo que amas y toma las oportunidades que se te presentan, nunca sabes a qué experiencias te pueden dirigir, quizás al amor de tu vida, quizás al trabajo soñado o quizás a otro tropiezo más, pero ahí está lo divertido del juego: nunca sabes cuándo el azar estará de tu lado.