Ser testigo de la extraña relación entre pulpo y buceador en My Octopus Teacher es una de las experiencias más agradables que nos ha dado recientemente el cine. Sin pretensiones, sin presiones estilísticas o drama excesivo, el film de Pippa Ehrlich y James Reed es un ávido testimonio de confianza, empatía y sanación, una vuelta de tuerca a la relación ser humano-naturaleza y sus consecuencias. Filmada de forma íntima y minimalista -casi como diario personal- la extraña relación entre Craig Foster y un pulpo hembra -así como suena- es un experimento de confianza in situ, una coordinación espontánea entre seres disparejos, una particular simbiosis emocional entre dos especies que, a la larga, parecen no ser tan diferentes como lo aparentan. Bueno. Suficientes adjetivos para describirla. Será, pues, que las emociones que genera demandan -y a rajatabla- más de una forma de comprenderla y hacerla nuestra.

My Octopus Teacher está narrada en primera persona y debe ser así. El acercamiento a un animal salvaje debe estar plagado de emoción, nerviosismo, incertidumbre, curiosidad y algarabía, y esas son cosas que no pueden tratarse toscamente desde una posición objetiva e indiferente. El pulpo protagonista no es un objeto de estudio, sino un personaje en toda la regla. Por eso, debe tener una contraparte narrativa -otro personaje- para darle valor. Así, la maestra es el pulpo hembra, miembro cualquiera de su especie, y el alumno es Craig Foster, a quien se le podría aplicar la misma descripción. Craig es un sujeto solitario, que sufre las secuelas de un accidente y que trata de hacerle frente a una incipiente melancolía producto de su situación Cuando ella aparece en su vida, Craig comprende que es la oportunidad que tanto estaba buscando: ser uno con el agua, volver a aprender a subsistir en el océano, atreverse a hallarle sentido a sus acciones -y a sí mismo- en un espacio libre y salvaje.

Al inicio, por supuesto, ella no se acerca a Craig. Le teme. Le rechaza. El primer instinto -de superviviencia- siempre es suspicaz. La cámara pacientemente espera por ella. Se da el tiempo necesario. La voz de Foster, siempre calmada, afable y reflexiva, también espera con la audiencia. Pausas. Poco a poco, la relación se acrecienta. ¿Será por mera repetición y costumbre que ella le pierde el miedo? ¿O hay algo más profundo, algún tipo de vínculo tácito que se desarrolla con la cercanía? No estamos seguros. Al film no le importa demasiado el por qué, sino el cómo. Cómo Foster no desiste en acercarse y cómo ella parece reconocerle como una parte más de su vida. Cómo la cámara experimenta a la par que su protagonista lo hace, se desenvuelve y acepta su rol.

La siguiente etapa del film ya no parte de la incertidumbre, sino de la contemplación. Foster, sintiéndose mínimo en comparación a su maestra, observa pacientemente cada uno de sus movimientos. La cámara también lo hace. Sin pretensiones, con mínima música de fondo, lo vemos todo: las tácticas de caza y obtención de alimentos; los mecanismos de escondite y defensa frente a una amenaza exterior; las estrategias de nado, hábitat y alimentación. Al parecer, nos sugestiona saber cómo otros seres, desprovistos de herramientas modernas, son capaces de enfrentarse a un mundo agreste, como si hicieran ver nuestras luchas como sencillas, como si apelaran a nuestros sentidos primarios e instintos. No nos alejamos de la pantalla. No podríamos hacerlo. Experiencias así -observar y codificar las acciones de otro animal, que nos fascina con sus habilidades- no las tenemos siempre.

La tercera parte, y la mejor, es la de confianza. La simbiosis entre uno y otro, como ya decíamos antes. A diferencia de otros tantos documentales de naturaleza -que narran pasivamente los hechos en la pantalla, sin mucha gracia- aquí la participación es inmersiva. Primera persona, por supuesto. Foster aprende la resiliencia, el afecto, la cercanía. Confiar en ella y sus habilidades es el primer paso para poder confiar en sí mismo. La clave del film, una vez entablado el contacto, está en probar a la audiencia. Filmar a este pulpo en amenaza, a ver cómo la audiencia se regocija en temor y frustración, al no poder hacer nada. Filmarla en su propia recuperación frente al ataque, una vez más, desde la resiliencia, la necesidad por sobrevivir y hacerlo plenamente. ¿Está mal adjudicarle características humanas y emociones a nuestra protagonista? No vemos por qué. Es parte de la empatía: proyectarse en el otro. Foster lo hace e invita a la audiencia a hacerlo también. Nos apasiona.

¿Qué nos gusta tanto de Octopus Teacher? ¿Será la delicada puesta en escena, realizada apenas con un par de cámaras, una voz en off y la espontaneidad del personaje principal? ¿Será que el film apela a nuestro sentido primario de empatía, capaz de reconocer el afecto y el dolor más allá de los límites de nuestra especie? ¿Será que Craig Foster -dolido y necesitado de ayuda- nos recuerda inevitablemente a nosotros mismos, sometidos a las presiones modernas, incapaces de valernos por nuestra cuenta? Puede que sea un poco de todo. Puede que, por 85 minutos, nos guste la idea de ser otros, de sufrir y sonreír por un animal tan especial como corriente.

Por eso duele su cierre. El pulpo, nuestra protagonista, sufre un ataque mortal. Foster -así como la audiencia- se debate entre ayudarla o dejarla ir. Al final, tiene sentido la no intervención. La relación simbiótica no puede enfrentarse a la ley de la naturaleza, al ciclo de la vida. Parte de la aceptación está en dejar ir. Foster se ve forzado a hacerlo. Deja que se vaya. Con respeto y cuidado, se filma su deceso, y con eso, Foster acepta el dolor, lo comprende. Ella se ha ido, pero sus enseñanzas -si podemos llamarlas así- necesariamente permanecerán con él. No está prohibido llorar al cierre del film. Ser testigo de tanta empatía, tacto y cuidado, nos sana y reconforta. Nos da esperanzas. Eso es buen cine.

El camino de Octupus Teacher… por la temporada de premios ha sido sorprendentemente fructífero. Más allá de menciones en premios de la crítica y asociaciones de documentalistas, el film se unió a las grandes ligas al ser nominado a los premios del gremio de productores y directores. La nominación al Premio de la Academia reafirma el prestigio de los documentales de naturaleza, e implica un aluvión de popularidad al cine de Sudáfrica. Sorprende más la nominación a Pippa Ehrlich, directora primeriza, y a James Reed, documentalista experimentado que por primera vez consigue el beneplácito de la academia y la industria.