La industria fílmica peruana apenas se mantiene con el tiempo, pero ciertos nombres terminan, de una forma u otra, quedándose para siempre. Personas que, en base al carisma, al estilo y la naturalidad, terminan haciéndose símil con la identidad fílmica local. Seamos claros: si el cine peruano contemporáneo tendría que resumirse en una imagen, seguramente sería un primer plano de Magaly Solier. Su presencia en el cine de hoy, compuesta por un buen puñado de películas, se ha vuelto sinónimo de honestidad en la interpretación, pasión en los momentos climáticos y, sobre todo, un compromiso por hacer de cada rol algo distinto, una experiencia tortuosa, pero necesaria.

V. Retablo (2017)

Retablo no es un film sencillo y tampoco un film que enamore a la audiencia desde el inicio. Estamos frente a una revisión dura y descorazonada de la masculinidad en el Ande y, para ello, está Solier. Haciendo de madre y esposa, su rol en el film es esencial para entender -y sufrir- los numerosos conflictos emocionales de los personajes frente a una serie de escabrosas revelaciones. Con su caminar cansado, su mirada estrecha y sus débiles atisbos de dulzura, Solier encarna a la perfección el rol de mujer enajenada y en desesperación silente, quien intenta sostener los retazos de su familia y, de alguna manera, sentirse bien al hacerlo.

La escena: Solier, haciendo de Anatolia, muestra una faceta quebradiza y derrotada: una madre y esposa que, al parecer, parece haber fallado en su rol como mujer y no puede evitarlo.

IV. Extirpador de idolatrías (2014)

Extirpador de idolatrías habla sobre las heridas del pasado, el rezago del conflicto y la dolorosa pesquisa que se debe realizar para rescatar los recuerdos que parecen aprisionados en algún incómodo rincón de la memoria. Es exactamente lo que hace Solier: deambula por los pastizales abandonados, se pregunta a sí misma si hay algo que olvida, se enfrenta a vecinos y policías en búsqueda de respuestas que, probablemente, no llegue a responder. Mostrando una faceta más arreglada y madura que en otras oportunidades, Solier se supera a sí misma, nos conquista.

La escena: Solier se acerca a su familia por la noche, mostrando la ternura de cualquier madre que, en verdad, vive bajo el miedo.

III. Madeinusa (2005)

La película que lanzó a Solier a fama: una pequeña introspección del mundo andino, mundo olvidado por occidente y que sostiene sus tradiciones, todo ello evidenciado desde el personaje principal, una adolescente que se debate entre permanecer en la comodidad de sus costumbres y explorar el fascinante mundo de allá afuera. Con simpleza y textura, Solier se vuelve una princesa encerrada en su castillo, todo, desde el twist del folclore, las tradiciones milenarias, y lo que implica volverse mujer en tales circunstancias.

La escena: La pequeña Madeinusa se enfrenta a su padre, luego de que este arruinara la única cosa que le importaba a la niña. Meticulosamente, con curiosidad infantil, prepara su venganza, casi en silencio, inquietando a la audiencia.

II. Magallanes (2015)

Solier volvió a ser reclutada para un film sobre el conflicto armado interno, pero, esta vez, deja el rol de víctima pasiva y se vuelve sobreviviente: Celina, mujer afectada irreparablemente por los abusos de la guerra, es una mujer independiente, compleja y con agencia, que decide salir adelante junto a su familia. Solier encarna el rol con simpleza y precisión: demuestra resiliencia en su mirada, se enfrenta a su pasado con silencios y palabras susurradas, acepta su realidad con firmeza, firmeza, por supuesto, contradictoria; valentía y temor, pasado y futuro, sobreviviente y herida.

La escena: Celina, enfrentada a su pasado y a sus victimarios, se defiende de la única forma que conoce; con el quechua, con su lengua materna, eso que la aferra a su tierra, extraída por los perpetradores. Solier brilla en la escena: sin exageraciones, sin sobresaltos. Es tensión pura.

I. La teta asustada (2009)

Considerada una de las mejores películas peruanas, La teta asustada catapultó a Solier a un nuevo nivel de estrellato, basado en la dulce y honesta interpretación de Fausta, joven azotada por el olvido de su familia y el estado, que sigue sumida en la presión de las tradiciones. En un film fantasmagórico y musical, Solier es el corazón que sostiene una narrativa extraña, es la protagonista de un cuento de hadas moderno, marcadas por las heridas de la guerra y las tradiciones opresivas. Es ella al cantar sin tapujos, al permanecer como un ente misterioso en las esquinas, en silencio, es su rostro compungido mientras acepta volverse mujer, mujer moderna, mujer libre.

La escena: Fausta deja se sufrir por sus miedos y se acerca a su patrona. A través del canto, decide expresar todo eso que guarda en su interior, emociones reprimidas por el dolor y la soledad.