Cada 28 de agosto es un día importante para Tacna, ya que se conmemora la Reincorporación al suelo patrio. Este año se cumplieron 90 años desde que la ciudad tacneña regresó al Perú, lo cual lo hace una fecha icónica. Durante, aproximadamente, 50 años la ciudad estuvo bajo régimen chileno, un capítulo importante en la historia de la Ciudad Heroica y, por supuesto, para mí, personalmente. Si bien hay muchas representaciones sobre lo acaecido en aquella larga espera que se dio en la ciudad, hay una que me gusta por su naturaleza dramática y a la vez cómica: La señorita de Tacna de Mario Vargas Llosa. Alguna vez la representé en mis años del colegio cuando vivía allá, pero, incluso, en el pequeño circuito teatral tacneño, esta obra suele pasar desapercibida.

La señorita de Tacna es un drama ambientado en la mencionada ciudad durante los inicios del siglo XX, es decir, a finales de la ocupación chilena. Nos presenta a Mamaé o Elvira, ya entrada en años quien relata su vida, en específico un capítulo importante: su relación con Joaquín, un oficial chileno. Cuando Joaquín le propone matrimonio, Mamaé lo rechaza, al enterarse de boca de la propia amante de Joaquín, Carlota, que él se quiere casar con ella solo por intereses sociales y económicos. Fiel a su estilo, MVLL se inserta en la historia con el seudónimo de Carlos Belisario, quien está tratando de escribir una historia de amor, y va descubriendo los secretos familiares a través de los relatos de Mamaé y de una carta escrita por su abuelo Pedro a su abuela donde confiesa una relación extramarital.

Como en otras obras de Vargas Llosa, el tema de la memoria, tanto su pérdida como la conservación de esta, es el principal en esta obra, presente en los personajes del abuelo Pedro, como en Mamaé. Los dos narradores como lo son Mamaé y Carlos Belisario, nos ayudan en este proceso de preservación y olvido. Mamaé ya no es aquella joven Elvira, ahora sólo tiene pequeños momentos de lucidez donde lo único que puede recordar es el más trágico episodio de su vida. Carlos Belisario es aquel que nos ayuda en este proceso de reconstrucción del pasado. Si bien no es la fuente principal, él se encarga de que todo cobre sentido para el espectador, uniendo cabos sueltos y mostrando aquello que Mamaé no puede recordar o desconoce.

Mamaé es la representación de la memoria, de la historia, de la resistencia, y de la peruanidad en Tacna. Carlos Belisario es el encargado de que no olvidemos esa memoria. Sin ambos, no existiría una historia que contar, que observar, que recordar. Sin la reescritura de los recuerdos de Mamaé por parte de Carlos, la historia quedaría olvidada. Así como Mamaé, el Perú es un país que vive de su memoria, no podemos olvidar nuestro pasado y nos servimos de ella para constituir nuestra identidad. Nos alimentamos de nuestra memoria.