“La idea de un lago” no es una película sencilla, al menos, desde la concepción común de “sencillez”. Estamos, pues, ante un film extraño, a caballo entre realidad y ficción, a modo de film experimental, sin un formato lineal, sin banda sonora ni una edición rápida ni escenas particularmente atrevidas. Tenemos un argumento difuso y una protagonista que casi ni habla, una que, al parecer, tiene miedo a hacerlo. Eso, sin embargo, no evita que nos sintamos fuertemente apegados a su historia, que la consideremos relevante, que le demos una oportunidad. Al parecer, todos reconocemos ese miedo al recuerdo. Todos reprimimos a la memoria. Queremos olvidar.

“La idea de un lago” es, en breves palabras, la historia de un padre y su hija. La introspección de un lazo familiar —a priori, lazo irrompible— y cómo esta se va hilando —o deshilachando— conforme el paso del tiempo. Se da pie, entonces, a la represión, el rechazo, la ira. Inés tiene 30 años. Ha pasado muchos de ellos sin su padre, desaparecido en circunstancias que prefiere olvidar. Impulsada por una fuerza extraña, quizás la irremediable necesidad de memoria, decide traerlo de vuelta. Para ello, echa a mano todos los recursos posibles: todas aquellas cosas en el diván y el armario que permiten devolverla a un tiempo distante, al parecer, un tiempo mejor.

Esta adaptación de “Pozo de aire”, poemario autobiográfico de Guadalupe Gaona, parece cuestionar abiertamente lo que implica recordar y recordarlo todo. Esto, sin embargo, no es tarea sencilla y, al parecer, implica paciencia. El estilo de Milagros Mumenthaler es uno que prefiere la contemplación antes que la acción, un estilo que prioriza los detalles antes que las palabras. Tiene sentido: si entendemos el lenguaje poético que rodea la historia —cargado de simbolismos y símiles— no habría razón para suprimirlo, sino más bien para recrearlo. Ello implica manipular las imágenes: tomar figuras cotidianas y desplazarlas a conceptos extraños, darles un nuevo sentido a los objetos de rutina. De esa forma, la enorme casona en la Patagonia, la casa de verano, simboliza la ausencia: ahora, la casa vacía parece recordar los tiempos que ya se fueron, las personas que desaparecieron en ella. De igual forma, el automóvil recuerda la movilidad, la capacidad de libertad de una familia para desplazarse y elegir donde desarrollarse, sin límites ni rechazos.

Pensemos justamente en esa extraña escena: un automóvil flotando sobre el lago, acercándose a la niña que nada sin problemas en las aguas. El auto, pues, parece representar a papá: el auto como su posición más preciada, como el símbolo de su dedicación a la familia. Es una escena que conmueve. Parece distorsionada, fantástica, así como los sueños y la forma en que los recordamos.

La idea del lago es la yuxtaposición. Elaborar un diálogo constante entre distintas formas textuales, una contraposición entre numerosas herramientas hechas con los mismos propósitos: liberar la expresión y preservar a la memoria. Tenemos, por ejemplo, a la fotografía: la única disciplina capaz de captar el momento instantáneo y preservarlo por siempre. Es a través de las fotografías que se rescatan los recuerdos difusos, esos que son sepultados por el dolor o la ignorancia. Es a través de las fotografías que Inés puede reconstruir a su padre, a una vida con él, un tiempo en el que, al parecer, todo parecía más sencillo. Con las fotografías también vienen las videograbaciones: pequeños cortometrajes familiares, home made, con las imágenes borrosas en la videocasetera. Imágenes así, por supuesto, brindan una atmósfera naturalista, de familia, como un intento por sentirlas cercanas, propias. Con ello viene la música, como un lenguaje universal y abstracto, uno que define emociones antes que conceptos, por lo que es fácil de desarrollar.

Estamos, a su vez, ante una celebración de la infancia, con todo lo que ello implica. Mumenthaler nos ofrece escenas cotidianas entre niños, juegos inocentes, personas disfrazadas y muchas risas. Todo esto, por supuesto, nos genera alivio, comprensión. Al parecer la infancia, con todos los códigos que aglomera, es un lenguaje universal, un puente en las personas que fuerza a la empatía. Seamos claros: ¿quién no desea ser niño? ¿quién no se remite a la infancia para obtener una sonrisa? Además, tenemos una metáfora importante para las nuevas pesquisas del filme: la curiosidad infantil, elemento central en la niñez, parece ser la misma a la que recurre Inés de adulta para encontrar a papá, aún con todo lo que ello implica.

Y es que, para Mumentahler, la memoria también duele. El film contrasta la infancia con la tragedia, de forma natural y espontánea, tal y cómo sucede en la realidad. El padre se va de casa: se va forzado, desaparecido, se hace invisible, se vuelve cifra, un ente desconocido. La historia se va desvelando por sí sola: el padre ha sido removido de la familia por la dictadura, por los seres opresivos que hacen y deshacen la memoria a voluntad. Asimismo, el padre ha sido removido de los recuerdos, de las conversaciones en la mesa familiar: el dolor puede con el lazo filial, los secretos se acumulan entre madre e hija, se vuelven un escape sencillo para no tener que enfrentarse a la verdad. Inés no le pregunta a su madre por papá. Por años, al parecer, ha preferido retenerlo en un par de viejas fotografías. Pero ahora los impulsos, la necesidad por traer a papá de vuelta, parece ser más fuerte que el crimen, que el odio. Uno gana al otro.

El diálogo entre filme y poemario se hace muy íntimo. La audiencia se siente incómoda al entrometerse en una historia tan personal, una que, sin embargo, nos sigue importando. Las fotografías y las palabras de Gaona parecen sentirse en las imágenes de Mumenthaler, como un entendimiento preciso, simbiótico, entre dos mujeres, probablemente, acostumbradas a la represión. De alguna forma, hacer el film es como componer un poema: implica atraer a las personas a través de emociones, expiar las culpas. Recordar, pero recordar bien.

Si es posible.