Columnista de Poesía escribe en Crónicas.

 

Figúrese la siguiente escena:

-Mamá, voy a ir relajarme un rato, luego de exámenes, al billar.

-Claro que sí, hijito. ¿Necesitas más dinero para jugar?

-Si tú quieres, bienvenido sea.

Sería el sueño de cualquier aficionado a este deporte que aún depende de las arcas familiares.  Sin embargo, la situación genuina viene a corroborarse con el golpe sonoro de un “No”. De ninguna manera nos permitirían asistir a estos antros de la perdición más abyecta. El billar, quiérase o no, es reputado como guarida de malhechores, vagos y turbios personajes. Claramente, el Montecarlo era eso y mucho más.

Estaba, sugerente invitación, al frente de la universidad, de modo que perderlo de vista era resolución de los ciegos; es decir, aparcaba siempre la mirada en su gran portón de fierro macizo, esa entrada como de iglesia hispánica. No es un hecho menudo considerarlo imponente, además, por el nombre resuelto que tenía: Montecarlo; tantas veces me ponía a imaginar el porqué del mismo, quizá por el dueño italiano, quizá por algún mafioso siciliano fumándose ahora mismo un habano en el segundo piso deshabitado… qué se yo.

Los ambientes del billar eran más bien precarios, pues el piso era una lágrima (solo cuando caían las voladas sobre controles municipales se preocupaban). Entrando, a los costados, dos áreas exclusivas para los videojuegos, para los ludópatas del “Street Fighter” o del “Fulbito”, los cuales desaparecían bajo la luz mínima de las bombillas amarillas, esas luces mortecinas conformaban un espacio parecido a películas de terror americanas. Mientras tanto, siguiendo en la misma entrada, descollaba el centro de operaciones. Allí se guardaban las cajuelas llenas de esferas de marfil requeridas para cada juego. En este lugar, se erigía la figura irreemplazable de “El charapa”. Él cobraba, pedía los carnés universitarios al responsable de cada mesa, resolvía riñas, expulsaba a los faltosos, vendía entremeses, cortejaba a las chicas incautas que se atrevían entrar. Sobre todo, mantenía la facha de un bravo curtido… era “El charapa”, el regente y punto.

Sin embargo, las mesas de billar eran mi obsesión, mi encanto. Doce eternos rectángulos  distribuidos en orden militar impactaban; a esas horas, el lugar se inundaba de buenísima salsa dura bajo el elevado cielo amarillo de las calaminas del techo. Verdadero espectáculo es el recuerdo mío.

Allí nos congregábamos Miguel, Gean y yo. A ellos los conocí en la academia, muy cerca del Montecarlo. Nos volvimos compinches, socios, prestatarios (Gean y yo siempre andábamos con lo justo, pero nunca faltaban nuestras clásicas partidas de los viernes). Nosotros cuajamos eso que llaman amistad en cada taqueada. Cada turno de juego nos permitía un intermedio para conversar. Nos aventurábamos a decir todas nuestras vicisitudes, perrerías, fobias, noias, sueños, dolores y menesteres. Las tardes se prolongaban hasta pasada la noche. Ser admitido en la PUCP  fue parte del camino trazado, así que mantuvimos contacto los fines de semana en el Montecarlo. Pronto debatíamos tópicos literarios, política, el empleo de estrategias geométricas aplicables a las billas y la vida; hablábamos de amores, problemas varios, en tanto nos volvíamos más amigos. El Montecarlo fue una suerte de Flautista de Hamelin: su canto nos atrajo a su seno, con la tesonera finalidad de unirnos por esos azares inabarcables del cosmos.

Nosotros no podíamos, evidentemente, comprarnos chelas ni puchos.  Sin embargo, nuestro némesis pululaba en otras mesas. Muchas veces, veíamos a los mismos personajes en sus respectivas mesas reservadas con antelación. Nos sorprendían sus mágicos movimientos realizados con tacos especiales (poseían unas gavetas maderadas de donde extraían esas preciadas varillas personalizadas). Ellos escogían las mesas más caras, en los extremos, pues en ellas nadie osaría interrumpirlos en solicitud de espacio. Nosotros -veces aquellas- olvidábamos lo nuestro por verlos desempeñarse, descubrirles la estratagema encerrada en sus talentos, y cómo lograban rodearse de generosas musas. El tabaco calcinado de estos señores nos llegaba a los tres en forma de humo, ese halo de misterio glorioso nos envolvía de vez en cuando.

La magia finalizaba cuando “El charapa” nos miraba, a los lejos, desde su computadora antigua  donde controlaba los tiempos.

Ciertamente, la magia acabó hace largos meses. Volver de las vacaciones del  primer ciclo del 2013 trajo sorpresas para mí: una de ellas fue que el Montecarlo no abriría nunca más. En la puerta, antes abierta a tempranas horas, vi un cartel de la SUNAT anunciando la clausura definitiva. Lo lamenté muchísimo; será banal, será vacuo, pero me sentí afligido, parte de mi etapa en Generales la pasé allí. Derroté prejuicios sociales en él, formé buenos amigos; aprendí a perseverar, perdí el miedo a preguntar, supe que perder la oportunidad de una bola fácil sería el doloroso logro del otro jugador, no valía quedarse atrás ni menos desconcentrarse, era preciso tener tacto, control, paciencia, visión, en fin.

Averigüé las razones del cierre. Escuché versiones disparatadas, otras inverosímiles. Decían que adentro vendían droga, que uno había muerto, que eran ilegales, que no facturaban, que Marcial había mandado cerrarla, entre otras alocuciones. Todo esto fue muy triste, aunque, con todo,  me queda el firme recuerdo del Montecarlo.

  • Akita

    monse