El pintor flamenco, El Bosco, presagió en sus cuadros, quizá sin querer, tiempos futuros. En uno de sus cuadros más famosos, de nombre “La nave de los locos”, da cuenta de la potencia de sus vaticinios. Y, de repente, nuestro mundo parece sumergido en un mar en el que flota una nave llena de locos; sin embargo, para ser claros, esto es solo una interpretación.

Otra interpretación la hizo el cantautor alemán Reinhard Mey en una de sus más profundas canciones: “Das Narrenschiff” (“La nave de los locos”). En esta canción, y en algunos versos de la misma, deja en claro que «el timonero [de esa nave] miente», «el capitán [de esa nave] está borracho» y que «el maquinista [de la nave] se ha sumergido en un sordo y vago letargo». Sin duda, una gran metáfora sobre nuestros tiempos.

Ahora, citar al alemán no es un fenómeno extraño, es una introducción a lo que hoy se convierte en un deseo de ser analizado. Así, pues, en una situación en donde la tormenta entre países del Medio Oriente y Europa se intensifica, Alemania ha vuelto a hacer noticia al aceptar cierto grado de culpabilidad en el “genocidio armenio”. Lo que es noticia, de todas maneras, ha sido esta calificación que, de pronto, ha llegado a intensificar las tensiones entre Turquía y Alemania.

Hace 101 años ocurrió en Europa lo que muchos llaman “masacre” y lo que otros muchos llaman “genocidio”. Por esos tiempos, el históricamente famoso Imperio Otomano había tenido gran agencia en la matanza de un grupo ( que se estima entre 600.000 hasta casi dos millones) de personas, en su mayor parte, armenia.

Muchos países, ante este hecho, simplemente, no han definido su posición y pocos dan cuenta del concepto de “genocidio”. El reconocimiento de un hecho así, no es, por ello, poca cosa; al contrario, es una cuestión de suma relevancia, es decir, es traer el pasado al futuro. Pues, hace poco más de un centenar de años, el mundo sufría una guerra y, dentro de los procesos casi externos de ella, las matanzas contribuían a alimentar y a ser una parte más de lo agitado de la época. Ahora, ¿qué significa o qué puede llegar a significar este reconocimiento del pueblo alemán hacia lo que pasó con los armenios?

Podría explicarse, sin embargo, en tanto uno se da cuenta de que el caos que se vive en Europa es un escenario preciso, y bastante cómodo para hacer ver y demostrar cuestiones históricas que son, como se dice, fuertes (para decir y, claro está, para escuchar).

Así pues, cabe, dentro de una lógica tal, que podría significar esto un momento preciso -y como ya se dijo también, caótico- para expresar problemas de coyuntura con el mismo país (a saber, Turquía), pues hay quien dice que el clímax o punto más álgido es el óptimo para decir las cosas (sobre todo si son terribles).

Una teoría extra – también propuesta por El País – parecería indicar que esto tiene un significado de hacerle saber a los turcos que, con el camino por el que están yendo (al menos, con su gobierno que está tendiendo a lo autoritario y, sumado a ello, los constantes conflictos), pueden volver a vivir lo devastador de sus recuerdos. De todos modos, que cualquiera de las interpretaciones sea correcta, igual nos pueda dar un nuevo método para reflexionar.