Una revisión del dramaturgo chileno y su propuesta radical en Latinoamérica.

Jorge Díaz hizo teatro, pero no el teatro que uno ve en los tabloides. El teatro, desde una concepción clásica, es realidad. Implica, entonces, ver -y esperar- algo convincente. Seamos claros. Valoramos la “veracidad” de un actor en base a su capacidad de acercarse a nuestra realidad y hacernos sentir lo que él mismo siente. Nos involucramos con historias que repliquen nuestro día a día, nuestros pesares, nuestros sueños. Nos enfrentamos a discusiones cotidianas -o sus semejantes- y así le damos crédito. Jorge Díaz, sin embargo, decidió resentir tal esquema. Su teatro, a breves luces, irrumpe: propone una realidad distinta, extraña; sugiere diálogos extensos y absurdos; nos impone un estilo rápido, dudoso, de detalles, si tal cosa existe. Por años, se dedicó a presentar obras curiosas, que despertaron un -limitado- interés de la crítica y el público y que hoy se merecen revisión

Jorge Díaz fue dramaturgo chileno, pero no vino de Chile. Nació en Rosario, Argentina, en 1930. Como muchos, era hijo de inmigrantes. Su teatro, por supuesto, tiene ese elemento polifacético que es también propio de sus oficios: arquitecto, pintor, narrador, etc. Todos, distintas aristas de un mismo frente: la creación. A partir de los 60, decidió proponer su teatro en círculos regionales y municipales. Su estilo, por supuesto, era incómodo, lo cual, irónicamente, era la “norma” en tales años: humor sin filtro, liberación sexual, contracultura con todas sus letras.

Lo que sorprende en Díaz es una energía que, para el teatro contemporáneo, sorprende. Hablamos, pues, de una inmensa producción, un total de 101 obras de teatro y otros tantos textos en teatro escolar e infantil, radio, o prosa. Algo más cercano a los clásicos -Lope, Quevedo- que a los modernos. Genera cuestionamientos. ¿Cómo escribir sin parar? ¿Cómo seguir siendo relevante? Vemos, en primer lugar, una pérdida de miedo: ya no se teme a la repetición, a la ausencia de autosuperación o el poder de los críticos. Tales factores hacen que los autores se limiten. No es el caso de Díaz. Siguió con sus textos permanentes, estreno tras estreno, todo, con ciertos actos cruciales.

Su punto de inflexión, sin duda, está en “El cepillo de dientes” o, llamada con su subtítulo, “Náufragos en el parque de atracciones”. En 1960 se estrenó esta comedia, con tintes marcados de sátira, sobre una pareja de la burguesía que, un día cualquiera, decide poner su matrimonio de cabeza. Aquí, vemos como un elemento arquetípico -la llegada de la suegra- se vuelve el disparador de una serie de secretos en la pareja, una necesidad de preservar las apariencias y una seriedad tan exagerada que se hace ridícula. La obra tuvo una reedición y se mantuvo en vigencia con escritos y críticas.

Años de producciones le llevaron a “El esplendor carnal de la ceniza”. Una tragedia. Aquí, en la tradición lorquiana, dos mujeres encerradas en una casa en decadencia, lugar en el que la histeria y el desborde, con la aparición de un joven pintor, empieza a florecer. Originalmente llamada “Mata a tu prójimo como a ti mismo” -en la tradición de Díaz de sobrescribir sus títulos con frases largas, irónicas y a priori incongruentes- se mantiene como una de sus obras más recordadas y de mayor impacto. Estamos pues, ante un testimonio de la sexualidad libre, de la necesidad femenina por explorar su cuerpo y dominarlo frente al hombre, una historia extraña, fantasmagórica y marcada por las preguntas sin respuesta. Es, a su vez, una historia decadentista, con María Callas de fondo y dos mujeres -Poncia, Nuncia y amante– que engatusan y complacen a la audiencia.

Tenemos, para coronar, la “Topografía de un desnudo”. Misterio. En este caso, una muerte que desnuda los extraños manierismos de una comunidad recóndita pero muy parecida a cualquier otra. En ella, los distintos arquetipos -la prensa, los policías, las chismosas, los políticos y los pueblerinos- se reúnen en un coro de voces extrañas, temerosas y entretenidas, que desnudan la realidad social desde una perspectiva curiosa y de parodia. Díaz presenta una historia rápida, cercana a la religión y la influencia católica, que revisita aquellos espacios que la gente no quiere explorar por el tradicionalismo. Muchos personajes involucrados, presencia de elementos sobrenaturales y mucho humor hacen que lectura resulte bastante agradable.

Tres producciones de entra tantas otras demuestra cómo Díaz, rebelde y experimental, dejó una huella imperdible en el teatro local. Que no se hable tanto de su obra solo confirma su vocación incómoda, extraña e intensa. Hoy esperamos que, gracias a reproducciones, reediciones y remembranzas, se le escucha, se le vea y, claro, se sienta.

*Diversas obras de Díaz se han estrenado en nuestro país. “El cepillo…” fue presentada localmente en Artescénica Arequipa y “El esplendor…” fue presentada en el marco del Festival del Teatro Umbral en Arequipa por una compañía chilena, “El bodegón”.