El cine, desde su origen, ha estado enlazado a la disrupción. Una de sus tantas labores ha sido -y sigue siendo- apropiarse de aquello que está en boca de todos, pero que pocos se atreven a hacer público. La pantalla, desde la estética y el cómodo rótulo de “ficción”, parece soportarlo todo. Todo se agracia y se tolera desde el cine. Entonces, resulta razonable que el cine se centre, en ocasiones, en lo marginal, lo prohibido. Pensar en las películas de John Waters -cine trash y obsceno-; en los incómodos films de Reiner Werner Fassbinder -de sexo e ira-; o los disparates de Pedro Almodóvar -en los que todo pecador tiene cabida- reafirman tal ideal.

Naturalmente, el cine se ha enfocado en cuestiones de identidad, género y sexualidad. ¿Y qué sucede cuando se entrelazan? Nacen filmes valientes, arremetidos y distintos, que en ocasiones narran lo trans desde perspectivas enriquecedoras y necesarias. La identidad transgénero, el cambio de sexo y la transexualidad en lo social y político -así como en lo cotidiano- no son cosa del presente, solamente, sino que han sido revisadas comúnmente desde el cine. La prueba está en la pantalla.

Aquí, ejemplos de cine trans, hechos para quedarse. La idea es sencilla. Cine trans bien hecho. Honesto, incisivo, revelador. Empático y afable. Películas de todas partes, para garantizar diversidad. A darle…

De Chile – Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, 2017)

Ganadora del Óscar a Mejor Película Internacional, el film de Sebastián Lelio es un recorrido – y de alta pretensión audiovisual- diseñado para entender a Marina, cantante trans que, tras perder al amor de su vida, tiene que enfrentarse a los rezagos de prejuicio y odio de la sociedad latinoamericana. Con un guion sencillo y narrando poco más de un fin de semana, veamos a Marina deambular por numerosos puntos en Santiago, defendiendo su identidad frente a la incertidumbre, y tratando de hallar amor propio desde el luto. Lelio tiene control de su historia, permitiéndose el exceso cuando es este es necesario, perfilando tomas bellísimas de Daniela Vega y dejándonos con suficientes momentos para la posteridad

De Francia – Tomboy (Céline Sciamma, 2011)

Una pequeña película francesa que, a su modo, es capaz de decir mucho -o lo suficiente- a partir de silencios y miradas. A través de lo controversial -entender lo trans desde la infancia-, la puesta en escena de Celine Scianma permite un cine realista, honesto y marcado por la incertidumbre. Somos testigos de la transformación de Laura en Mikael, en esa edad de exigentes patrones sociales y rígida vigilancia. Sin muchas pretensiones, el drama nos encapsula y nos convence: el coming of age pocas veces ha sido tan tierno y conmovedor. Scianma continuaría con el cine queer -y con películas aún más impresionantes- pero resulta imposible olvidarse de este formidable pistoletazo de salida, tan minimalista como vital.

De Perú – Sin vagina me marginan (Wesley Verástegui, 2017)

En la onda del cine trash de John Waters y otros, el film peruano no tiene miedo de aceptar sus pretensiones de serie B, abrazar su bajo presupuesto y hacer la película más escandalosa posible. Seguimos a dos transexuales en su búsqueda de dinero fácil, metiéndose en embrollos legales con un político local. El estilo, barroco y caótico, ayuda a entrometernos en el peculiar mundo trans en Perú, sometido a la marginalidad y el abandono. La dirección, si bien limitada y amateur, permite que tengamos una visión más directa -y sin censura- de lo que implica el cambio de sexo, la prostitución y el crimen. Alocada, ofensiva y directa, Sin vagina me marginan no es una película para la audiencia mainstream o para el círculo de festivales…quizás no sea una película para nadie. Eso, por supuesto, la hace incluso más atractiva y adictiva…

De España – Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999)

Almodóvar no es ajeno a lo underground y problemático, y aquí consigue filmarlo con todo esplendor. El peculiar universo de la protagonista, Manuela, es un espacio libre de tapujos: sexualidad fluida, transexuales que sirven de prostitutas y consejeras, transexuales que embarazan a más de una mujer y se alejan de su camino. La cámara de Almodóvar las embellece y les da voz: no tiene miedo de filmarles tal cual son, con su jerga, sus vicios y sus manías. El resultado es un testimonio de empatía, picardía, y ocasionalmente dolor, hecho por un director que sabe lo que es vivir al margen. Manuela se vuelve madre en un espacio sin guía, lo que permite más de una lección, diversión sin culpas y mucho, mucho furor.

De Australia – Adventures of Priscilla, Queen of the Dessert (Stephan Elliot, 1994)

Tres mujeres trans, cada una muy distinta que la anterior, hacen un viaje por carretera para que una de ellas pueda reencontrase con su hijo, a la par que mantienen vivo su espectáculo de fonomímica. Lo encantador del film está en el contraste entre protagonistas, que da suficiente para el análisis y la buena comedia. Hay un poco de todo: Felicia, joven y alocada; Mitzi, que se debate entre mantener el derroche de su juventud y asumir rol de padre que le toca; Bernadette, la seria del grupo, que vive su transexualidad de forma comedida y solemne. Por una vez, ser trans no es un arquetipo, sino una amalgama de detalles e identidades distintos entre sí. El choque entre el desopilante mundo trans y la rígida y masculina cultura australiana jamás se vio mejor -ni se disfrutó tanto-.

De Bélgica – Girl (2015)

Girl no es un film sencillo. Tampoco tiene por qué serlo. El paso de hombre a mujer, en plena adolescencia, está plagado de duda y caos. En este pequeño film belga, filmado sin música y con cámara en mano, somos testigos de la transformación de Lara. Aquí, sin embargo, un twist: Lara, además de ser mujer, quiere ser bailarina, y de ballet, ni menos. Así, somos testigos, cuál pieza de ballet, de una delicada introspección en la vida de la muchacha, un cuidadoso camino redentor y complejo, en el que cada paso en falso cuenta. Al final, Girl puede ser una experiencia dolorosa -sin caer en exageraciones- pero, más que nada, es una puesta en escena visceral, cuestionadora y bastante libre. Como una buena danza de valor, quizás.

De EEUU y UK – The Rocky Horror Picture Show (1975)

Ninguna lista podría estar completa sin la maravillosa obra musical, psicosexual y nebulosa experiencia que es Rocky Horror, definitivamente implantada en nuestros cerebros por amanerados alienígenas dispuestos a pasarla bien y sin pedir disculpas por ello. La historia de Frank-N-Furter, científico loco que decide crear un Súper Hombre, es una deliciosa vuelta de tuerca al cine de ciencia ficción de las grandes productoras en el Hollywood Dorado, una encantadora historia de amor y liberación sexual, una chispeante celebración de la sexualidad en todas sus variantes. Las razones del culto a esta obra sobran, por supuesto. Aún así, queremos creer que una de ellas está en la valentía -y derroche- con el que se filma lo trans, lo distinto, lo mágico. Así, para alguien queer, Rocky Horror es un escape: un mundo mejor, más compasivo, en el que solo queda reír, bailar y volver a hacer la Time Warp