En los 50 fue catalogada como “la capital mundial del automóvil”. Motown (“Ciudad del motor”) fue uno de los tantos nombres que recibió por ese entonces la pujante ciudad de Detroit. Urbe dinamizada por los recursos industriales que poseía, era el claro motor del “sueño americano” y símbolo del trabajo para todos. Hoy la realidad es diametralmente distinta.

A mediados de julio, la ciudad se declaró en quiebra. Esto sucedió por el cautivo y silente declive que presentaba la ciudad desde los 60 y que meritaba la intervención del gobierno norteamericano. Increíblemente, esto no sucedería en el corto plazo. Parece ser que la potestad de recibir ayuda del Estado solo la tienen los bancos o las grandes industrias.

Pero, puntualmente, hay dos agravantes más para este acto proveniente desde Washington. El primero es que los bancos fueron los verdaderos causantes de la crisis que mantiene en recesión económica al mundo desde su estallido en el 2008 y el segundo, igual de controversial, que la entrega de efectivo a las corporaciones no garantiza el reordenamiento de la vida económica de la desfalleciente ciudad, en caso se crea que invertirán en la naufragante Detroit.

Los problemas sociales se han desatado en esta ciudad del mediooeste norteamericano. La criminalidad cunde en una metrópoli donde la respuesta de llamadas a la policía tarda cerca de una hora, superando con creces la media nacional de 11 minutos. Asimismo, los programas sociales están en grave riesgo pues la base impositiva de la sociedad recae cada vez más en gente con bajos recursos. Cabe mencionar que de la población de Detroit, compuesta por 700.000 (parte del declive acaecido en la ciudad ha sido también demográfico: en la década de los cincuenta el mapa demográfico era de dos millones de habitantes), el 36% vive en situación de pobreza. Las familias de clase alta y clase media se han sumado a la ola de salidas de la ciudad. Tras la declaración de quiebra financiera, la diáspora continuaría irremediablemente.

La impagable deuda asciende a 20.000 millones. Como dicen reportajes de El País, la ciudad ha vivido cerca de una década “a préstamo”. Hoy sus autoridades acuden a instancias judiciales para negociar el pago de la deuda, con la esperanza de recibir un visto bueno. Desde 1954, son 61 las bancarrotas municipales.

Lo sucedido en Detroit ha motivado que el debate sobre ella se centre, como pasó con Grecia, en el lado de las cuentas fiscales. Así lo ha descrito el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, en recientes columnas. Para el laureado académico, lo que buscan ciertos comentaristas de economía, es desplazar la atención de la polémica de la creación de empleo a la “rectitud fiscal”. Es decir no se presentan verdaderas soluciones para las familias. Estos comentaristas, los más, son los republicanos, quienes tienen, al día de hoy, el poder del Parlamento norteamericano. El problema no pasaría de eventuales pullas de discusión política si no fuera porque es ahí donde se tejen las soluciones para la sociedad norteamericana. Por el momento, no solo el debate sino la dirección de muchas vidas están atrapados.

Detroit

Antes

http://internacional.elpais.com/internacional/2013/07/20/album/1374272985_652983.html#1374272985_652983_1374273278

Después

http://internacional.elpais.com/internacional/2013/07/19/album/1374225185_460363.html#1374225185_460363_1374226254

15-08-13