Podría afirmarse que hay tantos países como formas mediante las cuales un gobierno puede responder a la emergencia sanitaria producto del coronavirus. Si bien o mal, eso se ve sobre a partir de números, y no solo aquellos referentes a la cantidad de contagiados o muertos. Sí, es necesario no quitar los ojos de encima al delicado equilibrio economía-salud, pero tan o más importante que ello es mantenerse vigilantes sobre la forma en cómo se afronta la pandemia en relación con la libertad y el respeto por los derechos concomitantes a ella.

No deseo adentrarme en aquellos debates casi bizantinos sobre la forma en cómo ciertas políticas orientadas a contener el virus pueden coaccionar la libertad individual, como el referente a la obligatoriedad del uso de mascarilla en espacios públicos. Si no, apunto a ofrecer una breve visión sobre dos casos bastante cercanos para un país como el nuestro y al parecer muy poco conocidos.

Observemos a Venezuela y Nicaragua, dos países donde, con ciertas diferencias aún, la democracia liberal y el respeto por las libertades y derechos individuales vienen siendo duramente amenazados desde hace ya varios años. Con la llegada de la pandemia, muy poco se dice ya sobre la situación política de ambos países, y menos aún se aborda la forma en cómo ambos regímenes luchan contra el coronavirus.

Empecemos no por lo bueno, sino por lo menos malo. Daniel Ortega, actual presidente de Nicaragua, tiene como uno de sus ejes en la lucha contra el covid la mentira. Lanzó tal afirmación basándome en un hecho tan simple como penosamente gracioso: el régimen considera al coronavirus como una neumonía atípica contagiosa. Esto ha llevado a que el gobierno se enorgullezca de tener la ‘menor tasa de muertes por coronavirus en todo Centroamérica’, aunque claro, con una enorme cantidad de entierros exprés entre gallos y medianoche, reportes semanales de nula transparencia, y con la casi inexistente, a riesgo de prisión, posibilidad de investigar ello de manera independiente.

Pero además de la mentira, las respuestas del régimen han sido y vienen siendo politizadas e irresponsables. El hecho de no haber decretado cuarentena en todos estos meses de por sí ya es una alarma, pero promover desde el Estado concentraciones masivas como marchas o eventos deportivos y culturales nos muestra algo más grave. Lo más vistoso, aquella multitudinaria concentración promovida por el régimen denominada Amor en los tiempos del COVID-19. Pero eso no es todo. ¿Consideraría usted válido alentar el no uso de mascarillas porque la pequeñísima oposición en el Parlamento las empezó a usar? Parece descabellado, pero es real y con sustento, al menos para Ortega y compañía. 

Ahora, ¿se imaginan tener covid y que tu gobierno te considere como un delincuente o, peor aún, como un bioterrorista? Pues tenemos otro hecho con pinta de mal sueño que se hizo realidad. El chavismo no considera necesariamente al covid como una amenaza a la salud pública, sino como una amenaza a la seguridad nacional. O contra el régimen, que ya prácticamente viene siendo lo mismo. Esto ha generado que, entre otras cosas, mucha gente infectada tema pedir ayuda médica y que no se pueda establecer una clara línea divisoria entre cuarentena y prisión. Para el de Miraflores, el encierro se cumple y si se trata de atender opositores, ¡pues son prioridad y a ponerlos en cuarentena!

De esta manera, y sin ánimo de caer en crueldad, pareciera que el coronavirus le ha venido de perlas al régimen de Maduro. Pues, a fin de cuentas, es una buenísima excusa para acrecentar la persecución y acabar así con todo intento de oposición, ¿no? Pero si aún no me cree totalmente, habría que ver quiénes son la primera línea: fuerzas armadas y las milicias bolivarianas. Ellos, alentados por el chavismo o condenados a él, son quienes ubican, informan e internan a todo aquel que pueda estar infectado, aunque ello posiblemente nunca se demuestre con alguna prueba médica.

La urgente necesidad de hacer frente a la pandemia puede llevar a que los gobiernos cometan una serie de equivocaciones, muchas de ellas desastrosas. Pero para el chavismo y el sandinismo, fervientes abanderados del Socialismo del Siglo XXI, el error no es suficiente y, apoyados en su ideología y represión, toman al virus como una oportunidad para que la revolución siga respirando. Qué ironía.