29 de octubre, sábado por la mañana. Me dirijo a la Universidad de Lima para tomar uno de los buses que me llevará a la Casona Blanca, lugar en el que tomará parte un evento ansiado por los estudiantes de Psicología, es decir, el Psicodía.

Este se realiza una vez al año, exclusivo para la comunidad de Psicología de la PUCP. Tanto estudiantes como profesores son invitados a formar parte, como también el personal administrativo.

Una vez allí, bajo del bus y recibo los ardientes rayos del sol en mi rostro. El lugar es amplio, rodeado de pasto en la mayoría de zonas. Mientras camino, veo que se han puesto mesas redondas en varios puntos, las cuales son utilizadas por gente de un determinado color de polo, el cual simboliza la promoción a la que pertenecen. Al frente de todas hay un escenario.

Al ir a mi mesa, saludo a mis conocidos y hablo con ellos. Sin darme cuenta ha pasado una hora, por lo que los demás buses empiezan a llegar. Entonces decido tomar mi primera cerveza para animarme. “Todo mejora con el alcohol, o eso dicen”.

Los efectos son mínimos, pero ya se hacen algo visibles al hacerme más comunicativo. Súbitamente, una persona de encima del escenario llama a dos promociones —la mía entre ellas— para que jueguen un partido de futsal varones.

El hecho de combinar alcohol y deportes es interesante. El cronograma inicia con ellos para evitar que la gente juegue ebria. Sin embargo, algunos jugadores ya han bebido un vaso de chela, incluso probado un pucho, pero al parecer ello los motiva más en su juego.

Luego del partido, mi promoción se reúne en la mesa que nos corresponde. En ella hay gran cantidad de tragos como ron, pisco, vino y también cigarrillos. Mis compañeros deciden abrir ciertas bebidas y compartirlas para luego formar un círculo.

No éramos los únicos. Las otras promociones hacían exactamente lo mismo. Las personas tenían un vaso de licor en sus manos y se movían al ritmo de la música individualmente. Intuí que lo que se espera es que alguien decida bailar en el centro del círculo junto con alguien más para así incitar a los demás a hacer lo mismo. Una pareja toma la incitativa, a lo que los demás celebran el hecho.

—Saca a alguien—. Me dice un desconocido, luego me di cuenta de que éramos amigos en Facebook.

Me pongo en el centro del círculo. Instantáneamente la escena del bar de “Trainspotting”, en la cual el protagonista (Renton) busca pareja para bailar antes de ver a Diane, viene a mi mente. Miro a todos lados una y otra vez. No hay mucho tiempo. “Dot, dot, dot”.

Una de mis ofertas no es aceptada, por suerte la siguiente sí lo es. No suelo bailar, pero el alcohol ha logrado que relaje el cuerpo, desinhiba mis conductas, y que mis filtros mentales sean liberados. Mis compañeros toman; ríen; fuman; bailan; todo en confraternidad.

Llegada la 2:00 pm, veo que estoy algo “picado”, pero con ganas de seguir bebiendo. No obstante, sabía que necesitaba comer para no morir después: para saciar el hambre, compré un pollo al horno a 10 soles.

—Ya van a empezar las nominaciones—. Les digo a mis amigos.

Estas refieren a personas que han sido votadas previamente dentro de sus respectivas promociones, para luego escoger al ganador de todo Psicología. Hay diversas categorías como el vago, el gorrero, la princesa, el pollo, entre otras.

Pasada las nominaciones, comienzan los retos. El que más recuerdo fue la cadena de sostenes.

Cerca de 10 mujeres ofrecieron sus ropas inmediatamente y luego se quedaron cruzadas de brazos para cubrirse. Otras necesitaban ciertos incentivos motivacionales para lograrlo, es decir, joder con palabras.

Después vino el canta y gana, el cual jugué junto con el padrino de nuestra promoción, un profesor de la facultad. Consistía en una carrera de tres pies hasta llegar al estrado y cantar la canción que sonaba. Hice lo que pude, y el padrino también, pero los esfuerzos fueron en vano. Incluso, cuando llegamos a tomar el micrófono, la canción “sexo” de los prisioneros —la cual conocía perfectamente— no fue correctamente cantada según los miembros del jurado, aunque yo juraría que lo hice bien en el momento.

Cuando empezó el bailetón ya había bebido suficiente como para no poder prestar atención a lo que ocurría. Sin embargo, vi que las personas no estaban pendientes de esta competencia, sino que ya se encontraban bailando en círculos, aunque esta vez más pequeños. Se estaban iniciando los bailes por pares, ya no tan inocentes como antes.

Decido unirme a un círculo; veo que alguien tiene una bebida incolora en la mano; la pido prestada y doy un sorbo muy grande, pues no era capaz de coordinar bien mis movimientos, incluso un cigarrillo se había caído de mi boca anteriormente. Bailo unas cuantas veces, y hablo con varias personas que en ese instante se me hacían más cercanas a pesar de no haber conversado nunca. “Los efectos del alcohol” —repaso mentalmente.

En eso, una persona anuncia que el segundo bus de regreso a la Universidad de Lima va a partir. Eran las 7:30 pm. Algo preocupado por olvidar abordar uno, decido irme en ese. Para entonces, el lugar estaba repleto de sujetos bailando, personas sentadas medio inconscientes, charlatanes entre ellos, individuos tirados en el suelo, botellas vacías por doquier. “Todo ha terminado” me digo a mí mismo. Ya en marcha el bus, las personas empiezan a dar cánticos a favor de su promoción.

— ¡Doceavo!, ¡doceavo!, ¡doceavo!— Dicen la mayoría de ellos. Cuando me ven, me incluyen.

— ¡Doceavo!, ¡doceavo!, ¡doceavo!— Canto junto a ellos a pesar de ser de otra promo.

—Hace unos 3 años éramos como tú, recién iniciábamos—. Me dice un joven. —En 3 años estarás como nosotros—.

Mi experiencia sobre el Psicodía ha sido increíble. Este día no es parecido a un tono cualquiera: es más un lugar en el cual puedes unirte a las personas que te acompañarán el resto de tu carrera y así forjar mejores lazos de amistad por medio del arroche.