Tradicionalmente, la política ha sido concebida como una actividad masculina por excelencia. A lo largo de diversos períodos de la historia de la humanidad y en distintas zonas geográficas, las mujeres fueron proscritas de participar en la política, sin que aquello implique que muchas de ellas no hayan ejercido influencia en el proceso de toma de decisiones. Los argumentos conservadores y reaccionarios sostenían que la mujer estaba impedida, debido a su propia naturaleza inferior, de involucrarse en asuntos públicos. Aquella suerte de determinismo le sindicaba rasgos netamente emocionales y de debilidad, lo cual imposibilitaba que ellas pudieran decidir y actuar de modo racional en temas que involucraban el presente y futuro de un gran cúmulo de personas, tal y como sí lo hacían sus pares masculinos. Con el transcurrir del tiempo, una serie de sucesos sociales, políticos y económicos lograron que se concreten reformas que permitieron que la mujer pueda educarse, conseguir un trabajo, votar y participar en elecciones. Todo ello se realizó gradualmente y no generando poco malestar en muchos sectores de la sociedad. Y nuestro país no fue la excepción.

En la actualidad, en el Perú, las mujeres tienen la facultad de votar y de ser elegidas en procesos democráticos. Aquel marco jurídico no implica, inexorablemente, que las mujeres hayan tenido o tengan, las mismas condiciones de competencia que los hombres. Para que se concretara tal situación, se promovieron cuotas de género en las listas electorales, lo cual garantizaría, supuestamente, mayores posibilidades para que las mujeres sean elegidas; de tal modo que la política no se consolide como una actividad exclusivamente masculina. No obstante, más allá del estrictamente jurídico o constitucional, la política sigue mostrando rasgos masculinos. O mejor dicho, machistas. Y tal vez, a partir de aquella desventajosa situación, algunas personas pseudo-feminisitas obtienen excusa para esgrimir defensas denodadas y confusas sobre el rol activo que deben ejercer las mujeres en la política.

Y, debido a la coyuntura, es imposible no referirnos a lo expuesto por una serie de defensores de la esposa del presidente, so pretexto de ser defensores de la mujer, en una cultura ampliamente machista. Seamos sinceros. Que las mujeres sean piropeadas y silbadas al momento de juramentar por determinados cargos públicos, que a una candidata presidencial haya sido criticada durante campaña por “no tener hijos” o incluso haberle preguntado si era virgen, que haya hombres y mujeres que aún piensen que las labores de la mujer deben estar circunscritas exclusivamente en el hogar; nada de ello le otorga inmunidad a las críticas sobre el accionar de las pocas mujeres que logran hacerse campo en un territorio tradicionalmente adverso para ellos.

Las críticas no cuestionan, o al menos no deberían, sobre si la mujer puede o no puede mantener un rol preponderante en la política. Lo que aquí se discute es qué tan pernicioso resulta que exista una figura que, más allá de su sexo, debilita la autoridad de determinados cargos públicos, o sobre qué descansa la legitimidad de poder que ejerce la esposa del presidente, que a resumidas cuentas, formalmente, no forma parte del gobierno ni nunca ha salido elegida representante mediante elecciones populares. Y, precisamente, aquel rasgo que exhibe Heredia;  es decir, un estado de limbo que no le exige dar cuentas absolutamente a nadie, es lo que genera preocupación. Su elección a dedo como presidenta del Partido Nacionalista, tal cual designio monárquico de su esposo, no cuenta, y más bien ha servido como excusa para que Heredia adquiera una actitud más activa en el Poder Ejecutivo. No debe concebirse el empoderamiento de la mujer como contradictorio a la defensa de cierto orden institucional, debido a que no lo son, sino más bien se complementan. El feminismo no nació para otorgarle mayores ventajas a las mujeres, sino para lograr una igualdad de condiciones entre ambos sexos, de modo tal que tu sexo no determine las labores que realizarás en el futuro. Harían bien ciertos pseudo-feministas si revisan los idearios primigenios de las principales representantes de la ideología y movimiento feminista.

  • Estultísimo GSCdeRK

    Qué miedo, es un claro ejemplo de cómo el conocimiento impartido en una clase puede ser extrapolado hasta márgenes insospechables, capaces de contradecir totalmente su sentido primigenio. 😀