Diariamente, el caricaturista Carlos Tovar, “Carlín”, se encarga de desmembrar  la intrincada realidad política-social nacional e internacional para ofrecer certeras fotografías del momento. Las caricaturas que presenta en La República grafican de manera espléndida la desvirtuación que causa el poder en las personas que lo ostentan. De acuerdo a la coyuntura, el objetivo de la suspicacia del genial artista puede ser tanto Obama como Ollanta; la ONU como la UE. De lo muy significativos que son sus trabajos, no han sido pocas las veces en que acompañan de manera notoria (como gigantografías) las múltiples marchas de protesta que se suceden a lo largo y ancho del país.

Pero “Carlín” no solo es un caricaturista que protesta; también ofrece propuestas.

Carlín en la PUCP

El último “Viernes económico”, tradicional evento que reúne a especialistas e interesados en materia económica organizado por la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP, tuvo como invitado principal a “Carlín”. Este, además de dibujante y arquitecto, es un marxista confeso. Dos publicaciones en su haber (“Habla el viejo. Conversaciones con el fantasma de Carlos Marx” y “Manifiesto del siglo XXI”) dan cuenta de su inquietud por divulgar temas del marxismo y por cuestionar y analizar la coyuntura socioeconómica del globo. En esta oportunidad el evento traía como nombre “La jornada de cuatro horas”.

En él, Tovar se preguntó cómo es que pese a la inconmensurable revolución de las tecnologías en las fuerzas de producción, lo cual ha generado que la producción y ganancias a escala mundial aumenten de manera sorprendente, las condiciones de trabajo del hombre guarden muchas semejanzas con las del trabajo esclavo siglos atrás y no se haya alcanzado un estado de bienestar social generalizado.

Para ilustrar ello puso el siguiente ejemplo: una confeccionista produce en ocho horas ocho polos, de los cuales recibe como paga el precio de venta de 4 de estos y el resto para la empresa; cuando la misma persona recibe una máquina textil para amplificar la producción polos, produce, en ocho horas, 16 polos pero la paga se mantiene; es decir, pese a duplicar la producción sigue recibiendo como cuando trabajaba con poca tecnología. Quien gana, por supuesto, es el empresario. Este vertiginoso incremento data desde hace 100 años, asegura “Carlín”.

Tovar critica lo que los intelectuales del neoliberalismo presentan como receta para superar esta problemática. Esto no tendría nada que ver con capacitaciones o innovaciones que hagan más prolijo lo producido, sino –dicen ellos- es que se aumenten las horas de trabajo, se flexibilice el empleo -ergo, se precarice- y las condiciones de trabajo decaigan. Esto traería como consecuencia una mejora de la competencia y, tras ello, una mayor recepción de beneficios económicos. Sustenta “Carlín” que eso fue lo que hicieron los “Tigres del Asia” para mejorar su valía en el mercado internacional. Del mismo modo, esta es una práctica comúnmente aplicada en varias empresas mundiales. La catástrofe de Bangladesh, donde murieron miles de obreros textiles por la caída del edificio donde laboraban, representa rotundamente lo que los neoliberales exigen para “mejorar la competencia y dinamizar el mercado”.

Esta “contradicción fundamental del capitalismo”, como la llama “Carlín”, atenta de manera perjudicial al trabajador. Malestares sociales como el desempleo, el subempleo, la pérdida de horas valiosas para el proletario, el estrés laboral, el miedo a la pérdida de trabajo, la inseguridad e inestabilidad laboral configuran un drama social.

Como solución, “Carlín” propone la reducción de la jornada de trabajo. Bajo el imperativo de que los sueldos se mantendrían, esta iniciativa arreciaría contra la pobreza y las personas tendrían pleno empleo a nivel mundial. Se entiende, para esto, que la jornada de cuatro horas de trabajo sería una exigencia a nivel mundial. “Carlín” sostiene su argumento en las luchas sindicales que hicieron posible el logro de las ocho horas de trabajo. Eliminar el trabajo, una previsión a largo plazo, haría que el hombre retome el camino de la libertad, condición inalienable en él. En este sentido, “Carlín” es un humanista cabal.

Una razón fundamental existe detrás de la propuesta de “Carlín”, y es la que con las 4 horas de trabajo la economía mundial se estabilizaría. Para estos fines, “Carlín” se basa en la tesis marxista de la “tasa de ganancia”. Él lo explica así: “Marx diagnosticó en su obra “El Capital”, que cuando el capital incorpora más tecnología y menos trabajo humano en la producción, provoca la caída de la tasa de ganancia. Lo cual es un problema de valor, porque cuando hay menos participación de trabajo humano, el capital produce menor valor, ya que el valor nuevo siempre proviene del factor trabajo. Si incorporamos menos trabajo humano, incorporamos menos valor y por tanto se produce menos ganancia. Esta caída es la que empuja al capitalismo a hacer todo lo que está haciendo ahora, a buscar ganancia en la especulación financiera”. Economistas como Joseph Stiglitz, Paul Krugman o Alejandro Nadal enfatizan en que la crisis mundial que asola el mundo se debe a una caída de la demanda agregada como consecuencia de los bajos ingresos de los trabajadores.

Ha sido la teoría de “la tasa de ganancia” lo que le ha valido más críticas de parte de los economistas. En un debate sostenido con el economista Stanislao Maldonado, este refrendaba la literalidad que “Carlín” mantenía con el marxismo centenario. Postulaba Maldonado que tanto economistas marxistas como no marxistas refutaban la teoría de Marx sobre la “tasa de ganancia” por carecer de evidencia empírica. En su defensa, “Carlín” ha respondido que pese a no tener tal evidencia, una teoría bien sustentada se mantiene en el tiempo. (Pueden ver el debate aquí: http://asesinatoenelmargen.blogspot.com/2008/10/sobre-marxismo-horas-de-trabajo-y.html )

Párrafos arriba se mencionó que la propuesta era universal. Es en este punto donde la “sencilla solución” que avizora “Carlín” pueda resultar utópica. Con sindicatos descompuestos y poco interés político entre la gente, la tesis de “Carlín” se hace dificultosa. Empero, los hechos ocurridos que hicieron posible la jornada de ocho horas sirven de base histórica para no perder la ilusión que genera lo advertido por “Carlín”.

Mención aparte para algunos profesores del Departamento de Economía que durante la ponencia no disimulaban sus muecas de sarcasmo ante lo presentado. Hubiera sido interesante oír sus apreciaciones al final cuando se daba la ronda de preguntas en vez de sus insinuaciones de burla. ¿Soberbia?