El problema de dejarnos domar por el amor es que siempre termina doliendo. Mamá me dice que mi vida está llena de paradojas: “amas tanto las películas de Disney, pero tu visión del amor parece sacado de películas depresivas”.

La idea de que el amor siempre termina golpeando en el vientre cuando la locura le susurra al oído es algo que he aprendido por carne propia. Quizás por eso es que detesto tanto que las personas que logran colarse muy dentro de mí digan: “es que no quiero hacerte daño”. Pero, ¿saben? Cuando uno se deja domesticar corre el riesgo de llorar un poco porque aunque el golpe por más pequeño que sea duele más cuando viene de la mano que te resguardó por un tiempo.

Puede sonar trillado lo que pienso, pero creo que es necesario perder la inocencia que se tiene sobre el amor. Amar y querer invitan de alguna manera a romperse el uno al otro cuando algo falla. El amor no es tan eterno como lo pintan. Es como el fuego. Arde en llamas en sus mejores momentos y luego se apaga.

A pesar de ello, amar es una maravilla y más aún cuando es recíproco. Pero insisto, el amor no es para siempre: tarde o temprano uno de ellos siempre termina sacando las patas del hogar o dando su último aliento. Y es ahí cuando duele. Duele porque no podemos rescatar aquello que veíamos a futuro.

Cada quién tiene su tiempo, cada corazón se rompe de un modo y cada uno(a) elige el camino para ser feliz aunque en este caso sea el camino para dejar de serlo. Porque la persona que se hunde algo tiene que probar, algo tiene que aprender y hay que hacerlo.

Yo creo que es necesario vivir esas pieles para aprender que a veces rescatar-nos implica ciertas complejidades y problemas que nos dan buenos poemas y terribles momentos, noches de ensueño y amaneceres rotos, expediciones hacia lo desconocido y el asco de los sueños al romperse contra el suelo y las plagas. Aún así, siempre hay algo que aprender al soltar o al quedarte ahí.

Si es que logran quedarse o mejor dicho rescatarse, la pasión destructiva ya cultivó ciertas enseñanzas en ustedes. Pero qué pasa cuando el hecho de rescatar-nos no obtiene un fruto positivo y no porque no lo hallan querido, sino porque la vida es así: un día las restan y al par de horas, nacen otras.

Es el ciclo de la vida de todo ser vivo y nadie puede hacer nada para pararla, solo queda aprender que ningún amor externo puede salvarlos, que la pasión por más impagable que suene se puede apagar no solo por falta de amor, sino, también, por la muerte y entonces deja al descubierto un amor raquítico de vuelos sin motor y pérdida de todo. Y es justo ahí el preciso momento, en el que te das cuenta que tenemos que perder para crecer. Perder, solo eso.

He escrito esto porque he prestado más atención a mí alrededor y me he golpeado la cara contra la pared al darme cuenta que lo más difícil de rescatar no implica perder al otro, sino perdernos a nosotros mismos porque por cada persona que dejamos entrar esta se va siempre con un pedazo de nosotros.