Tomo tembloroso la cajetilla.
Continúo con la manía de leer lo que dice.
La abro para que emane ese olor tan penetrante y familiar.
Cojo una al azar y la tomo entre mi pulgar y el índice.
Me acomodo en mi silla plegable.
Miro todas las azoteas,
esperan a que su rey caiga,
y lo hará.
La pongo en mis labios,
tal vez arrepentimiento,
tal vez adrenalina.

Enciendo ese artilugio maravilloso.
Ese que, al apretar un simple botón, se enciende un pequeño milagro
de poder,
de pecado,
de tentación.
Acerco el milagro a mi boca reseca, media azulada y cuarteada, como un muro del centro de Lima.
Una cereza diminuta aparece a unos centímetros de mi lampiño y sudoroso bigote.
Inhalo de manera paciente.
Siento como el humo con menta entra a mi boca y la recorre.
Pasa entre mis dientes sin color definido y mi exageradamente extensa lengua.
Decido que ya acabó su tour y pasa más adentro, donde nada regresa, excepto en las borracheras.

Alejo la cereza de mi rostro y contemplo el atardecer.
Lleno de nubes,
rojizo,
olor fascinantemente tóxico.
Dios también tiene su cereza ahumada.
Regreso los dedos a mi boca,
como modelo de TV con leve retraso mental y voz irritante.
Veo que mi cereza quiere competir con la de Dios.
¿Quién brilla más?

Decido dejar de inhalar,
pero no la saco de mi boca.
Acerco un libro de un autor célebre de Brasil.
Lo usaré como cenicero.
Lo leí.
Esa es su función.
Ser un cenicero.
Mi cereza va acercándose a mí.
La alejo para exhalar el humo.
Mentol, nicotina, azufre, alquitrán.
Ahí va mi granito de arena al mundo.

Pienso en Dios.
Pienso en los años con una cereza al día.
¿No tendrá cáncer al pulmón?
Mi cereza, ya limpia de cenizas, se acerca a mis labios.
Creo que ni a mi ex enamorada he besado tanto,
¿Cuántas peripecias habrá pasado dentro de esa cajetilla antes de llegar a mí?
¿Cuántas ciudades habrá recorrido?
La examino entre mis dedos.
La veo detenidamente.
¿Merece ese final?
¿Ser incinerado por un pseudo-poeta mientras ve el atardecer?
Al menos morirá con la satisfacción que me está matando.

La cereza se va apagando.
Sabe que no puede contra la cereza de Dios.
Sabe que aún no estoy preparado para ganarle a Dios.
Sabe que nuestro humo se apagará pronto,
mientras Dios mira su creación formando más nubes con su cereza.
Decido consumar su vida.
Bajo mis sucios dedos con la cereza hacia el libro.
La estampo justo en los ojos del autor.
La cereza murió.
Yo sigo en la silla plegable.
Dios sigue con su cereza.
Las nubes siguen allá arriba.
El autor brasileño a mi lado sigue tuerto.
Una cereza murió.

El rey cayó.

  • Juan Argüelles Cisneros

    Tienes talento… muy pocos pueden relatar cinco o diez minutos de la realidad, en cientos de palabras en una hoja de papel..o en tu caso, el blog, saludos.