Colaboración de Lirio Azul

Soy muy poco de escribir y las pocas veces que lo he hecho ha sido por encargo. No me lo tomen a mal, sé que esto también puede considerarse como uno, pero puede que no también. Escribo lo que siento y no lo que debo, he ahí la diferencia. Esta es la primera vez que escribo porque quiero desde hace algún tiempo atrás.

Regresaba del teatro. Esa semana fui dos veces, pero ahora solo me queda contarles de la que vi hoy. Antes de todo, quiero dejar claro que esta no es una crítica teatral o algo que se le parezca; esto es una mera apreciación de lo que vi y lo que sentí. El teatro está hecho para sentirse, no para discutirse o -en todo caso- me limitaré muy egoístamente a contarles lo que aquello que vi despertó en mí. Espero sepan disculpen mi romanticismo… ¡Empecemos!

Las seis y treinta habían marcado. Con una muy buena amiga quedé en tomar un café antes de entrar a la sala. Me habló de sus planes para el próximo año, de su viaje a Munich y a Santiago. Se veía tan contenta y yo también fui feliz al escucharla. Ella es una buena chica, extraña, pero muy motivadora. Es la clase de personas que sabes que siempre verás en tu vida y que también enternecerán la tuya.

Entramos a las ocho. Nada del otro mundo. El escenario estaba ambientado acorde la época del siglo XIX en la cocina de una casa en Londres. La señora del lugar era profesora de una escuela que dirigía y ofrecía pensión para quien lo quisiera. Un joven, Vincent, llega a la casa para solicitar el alquiler de uno de los cuartos, puesto que se había percatado del anuncio afuera del lugar. Él logra convencerla de darle alojamiento a pesar de haberle manifestado sus deseos para con su hija -quien llega a tener un amorío con el otro inquilino-. Ahí comienza todo.

Fernando Luque (Vincent) nunca deja de sorprenderme. La última vez que lo vi en las tablas fue con “Eclipse Total” y ahora que he vuelto a disfrutar de su presencia, sé que aún tiene mucho para darnos. Mantuvo de principio a fin la línea del personaje, un Van Gogh perdido, desorientado, en búsqueda de un camino, algo ‘terco’, volado, perdido en su imaginación. Será pues en este Londres que descubre su vocación por la pintura.  Vemos en él un potencial de crecimiento y una personalidad que le permitirá llegar a consolidarse como artista.

La dueña de casa, una pobre viuda -que termina cayendo en los brazos del joven que le convence que la ama-, conmueve. En escena dice algo como “quizá yo no tenga mayor dotes, pero esperaba ser parte del crecimiento de los otros”. Por eso el colegio y por eso permitió que Van Gogh se quedará en casa. Gracias a ella quizás podemos decir que Vincent encontró su camino. Quizás.

En demás está decir que los personajes que encarnan la presentación cumplen con su papel. Camila Zavala (hermana de Vincent) merece, para mí, una mención especial. Su aparición en escena es poca, pero el tiempo que dura logra captar la atención de todo el auditorio. De lo que he visto de ella, es lo que más me ha gustado… No les contaré más. ¡Vayan al teatro!