En esa aula de maderas viejas y carpetas garabateadas con miembros sexuales que no han podido ser sacados pese a los esfuerzos de Tania, la coordinadora de la ONPE de la mesa 02334, surge una conversación.

-Oe, compare, mira -dice el presidente de la 02334 a su secretario.

“Este huevón ni me manya y ya me dice compare”, piensa este.

-Ve… encima que los de la ONPE les dan su jama puntual a los de allá y la flaca les da su empanada. Hay que ser pendejo, ah…

-Oe pa’quí, pa’quí -chamulla, jodidazo, el presidente de la 02334.

La chica de las empanadas, que representa una iniciativa aflorada de las cívicas redes sociales que busca darles un momento dulzón en un día de disgusto a los malaventurados miembros de mesa, lo ha visto. Lo ha investigado con la mirada y y ha dicho “ajjj” con un gesto.

-¿Nos tomamos una fotito? -ella le pregunta a los miembros de mesa que reciben el postrecito.

-Claro, claro -se apresura a decir Benancio, el secretario de la 02332, mirándole el trasero.

Se abrazan todos, los miembros de mesa cambian instantáneamente sus caras, uno deja de ver a la malcriada de su diario y, ¡flash! Salen en la foto del moderno celular de la chica.

-Graaaaaaaaaaaacias, cuidense mucho -dice y, sacando las llaves de su camioneta, se va.

“Mañoso de mierda”, piensa la chica.

-Cali -dice fastidiadamente- ya hice la en-tre-gui-ta esa con los misios de la ONPE. Me debes 50 soles, ah.

-Jaja, traaaanqui, flaquita. Ya subi la foto. Es un éxito… Sí, sí, sí… ¿Habla, entonces vas a Barranco?

En la escuela donde se vota todo ha sido un caos hasta el momento. A este domingo de los “males menores” y del “roba pero hace obras” aprobatorio todos han ido en masa a participar de la “fiesta electoral”. Sin embargo, ya se va descubriendo el nivel de desorganización tal de la ONPE. Hay trabajadores que se quitan los chalecos para pasar desapercibidos. Hay coordinadoras de mesa que, abandonando sus labores, se quedan loreando con las chicas del barrio con las que se encuentran. El flacucho Marco sigue con los problemas en su mesa pues ese día no solo tuvo problemas con la cola de su mesa pues no llegaban los amargados miembros de mesa sino que, para redondear su recargado día, su presidente de mesa quiere irse cuanto antes porque le “llega al pincho esa democracia” y no tiene “por qué estar como huevón en esa mesa sabiendo que su candidato no va a ganar”. Realmente es un día angustiante para Marco, un chico que se metió a trabajar a la ONPE porque… no había de otra.

Tambien hay un chiquillo, civista él, tonto para sus compañeros de trabajo, que va de aquí para allá intentando resolver los problemas que, como la cabeza de la hidra, se presentan ininterrumpidamente. Él se encarga de subir y bajar para avisar a los presidentes de mesa de los pisos últimos que, abajo, en el infierno que es el patio por el pecaminoso sol, hay discapacitados y personas de la tercera edad que necesitan votar pero no pueden subir. En consecuencia, toda la mesa debe bajar. Saulo, su compañero, por razones de cronología y anatomía, se encarga de los primeros pisos. Pero en realidad está debatiendo con una de las señoras -sin hacer nada por ella y los demás- sobre su reciente operación a la pierna.

-¡Señora, no me friegue! A mi abuelita la operaron en el mismo sitio que a usted y iba y hacía el mercado normal. Esas son niñerías, señora. A ver, otro, otro.

Al instante, casi todos se le lanzan encima al pobre Saulo.

Mientras, otro tanto ocurre con el chico que hace de Hermes de la democracia en este día de estrés. El chico, que hace lo que hace con la mejor intención (en realidad debería estar en el colegio recién a las 4:00 p.m., hora en que acaban las elecciones para los que tienen DNI, para cumplir su función de enviar las cédulas de votación a las oficinas descentralizadas de la ONPE) ha recibido sendas mentadas de madre, porque, siendo también un humano, se ha llenado de sobrecarga tensional y no puede darse abasto con las 20 personas que quieren votar, pero que pertenecen a mesas distintas, todas ellas ubicadas en los pisos finales y distribuidas en los cinco grandes edificios. Encima, está el tema del calor. Los de la ONPE no han instalado una carpa para las personas de la tercera edad ni para los discapacitados.

-Chibolo malcriado de mierda – le ha espetado una señora y él se ha tragado el insulto, resignado.

Esa es la ONPE. Un lugar donde aprendes a decir lisuras a diario, donde la labor cívica, para su mayor eficiencia, es vista como una actividad económica,  lugar donde los trabajadores flirtean, huevean y son pocos los que de verdad chambean, donde trabajas más de ocho horas de manera ineficiente y donde la gente que ahí labora desea más procesos electorales, como las revocatorias, porque… así hay mas chamba.

Desde el lado de la sociedad civil, por otro lado,  se producen iniciativas ciudadanas que, intentando resolver la molestia de elegir entre el cáncer y el sida, entregan chocolatitos y postres a los muy salados miembros de mesa.

Foto: Valeria Valdeiglesias