Hace poco encontré este pequeño fragmento de Julio Cortázar en la web. Recordé haberlo visto antes y era cierto, está dentro de Historias de Cronopios y de Famas, uno de sus mejores libros. En mi opinión, seguido de Rayuela, claro.

Resulta interesante desde el mismo título, pues uno no espera un manual para asuntos tan instintivos como lo es el hecho de llorar. Además, uno puede presuponer que ya sabe cómo y en qué ocasiones valerse de él. Sin embargo, después de meditar un poco este fragmento, es posible formular algunas conclusiones que explican lo que todos piensan al leer este título: ¿Para qué necesitaríamos instrucciones para llorar?

Incluso la pregunta suena obvia, aunque despierta cierta curiosidad. La necesidad de recurrir a un manual para llorar implica que uno ha olvidado cómo hacer algo tan “natural”. Es decir, que alguien se ha “desnaturalizado” y en medio de esa artificialidad, surge la fatal búsqueda del llanto.

Para quienes el nombre de Cortázar es nuevo y recién se sumerjan en su universo literario, es necesario recalcar la sostenida discusión que él mantenía contra la “vida cuadriculada”. Cortázar, como autor, se pelea contra lo parametrado; ya sea en el campo de las estrategias de creatividad literaria que emplea, como en su temática. Prueba de ello es Rayuela, un libro que puede leerse en desorden. De ahí el nombre, siendo este un libro con un esquema casi lúdico.

“Instrucciones para llorar” se inscribe en este mismo sentido temático. Quizá Cortázar intenta hacer dudar al lector de cosas tan intuitivas como esta. Lo cierto es que, de esta manera regresa a su propósito principal: la pelea contra lo establecido. Si llorar se convierte en lo que los demás llaman “llanto”, entonces significa que hay una manera válida para hacerlo, una manera autorizada por los demás. Sin embargo, en este texto, Cortázar no menciona en ningún momento si se trata de un manual de reglas para llorar en público o en privado. Por lo tanto, llorar se convierte en un acto parametrado y encasillado dentro de una estructura predeterminada.

La vergüenza y la exposición cruda de la vulnerabilidad se convierte, pues, en una situación análoga al paradigma actual: una sociedad donde todo debe conservar su lugar de ser en tanto sea útil. Llorar es inútil e improductivo, en tanto demuestra lo frágil del sistema; y para que no se convierta en un estorbo -y acaso en peligro-, es mejor atenderse al decoro.

Con gran creatividad, Cortázar encuentra en el llanto la analogía perfecta para describir aquello que puede ser disidente a la estructura, al plan del día a día. Está claro que llorar es inevitable y suele ser difícil forzarlo; por lo tanto, se convierte en una necesidad controlarlo, al menos, dentro de su inexorabilidad. Y es aquí donde Cortázar traza lo mejor de su obra: la defensa por lo creativo, por lo nuevo y divergente ¿O alguien ha “maquinalizado” su mente a tal nivel que ya no posee libertad ni memoria para llorar?