Hemos nacido con una venda. La venda envuelve el rostro, los ojos, la nariz, las orejas, todo orificio, todo vello, todo sentido, sin dejar apertura al aire. Al no poseer un intercambio de lo externo con lo interno, al no existir entrada para absorber ni expresar el exterior; produce un encarcelamiento en uno mismo, creyendo que los objetos más cercanos a nuestro entorno (casa, familia) son verdades. La venda no sólo es innata, sino también se construye dentro de aquellas “verdades” que conocemos.

Sin embargo, cuando hablamos de lo exterior dentro de nuestras vendas, se puede llegar a originar prejuicios, estereotipos, dudas; es decir, nuevas vendas que nos atan. Cubierto de vendas, hemos de sumergirnos en el espeso líquido de la ficción, la cual penetra mentalmente, limitándonos a ver más allá.
Es necesario despojarse de las vendas para entrar en contacto con lo real. Sin embargo, es una lucha a ojos cerrados, sin saber qué es lo que enfrentas, cuándo va a concluir este duelo y cómo reconocer que ya no te atan las vendas. Por fortuna, las vendas pueden arrancarse. A veces estas caen por si solas, se desprenden con el paso del tiempo, cuando uno ya ha alcanzado una experiencia suficiente. No obstante, la mayoría de veces es por decisión propia que uno intenta desligar de las vendas. ¿Lograremos nuestro acometido?Quién sabe.

A pesar de la incertidumbre del ser y las vendas. Pienso que todos hemos tenido que atravesar etapas, en las cuales hemos procurado quitarnos el vendaje. Aunque no posea una gran experiencia vivencial, debido a mi corta edad, concluyo que la mayoría de los lectores (incluyéndome) ya hemos pasado por el momento de desglosamiento del vendaje. ¿Cómo he llegado a esta afirmación? La respuesta radica en que los lectores han tomado decisiones trascendentales en su vida, una de estas fue la elección de cómo desean realizarse como personas en un futuro, el hecho de tener una meta o aspiración. Si bien existen diversos recorridos para llegar a nuestro objetivo, hemos optado por estudiar dentro de un centro superior de estudios, como es la universidad (en mi caso en la PUCP). Pero, ¿hasta qué punto ayuda la universidad en desprendernos de las vendas?

Fuera del conocimiento adquirido en la mayoría de cursos (sea de generales o de facultad), si bien aportan vitalmente a cambiar nuestro chip de estudiante de colegio, logrando con esta nueva información abrirnos hacia la realidad; considero que el aprendizaje más valioso es aquel que se encuentra fuera de los cursos. Quizás desde el momento en que uno se dirige a la universidad. El sentarse en un carro, observando el vaivén de las personas, dentro de ellas mundos inexplicables; quedarse atorado en el trafico maldiciendo a los gobernantes, conspirando cómo poder derrocarlos, para lograr arreglar lo imposible; ser testigo ocular de robos, acosos, peleas.

Infinidad de sucesos que sólo se pueden apreciar en la calle. O sino, en el momento cuando conversas con otras personas y convivir con estas, llegando a tal punto de considerarlas tus amigos, personas quien pueden poseer una realidad ajena a la tuya, transfigurándose en universos a pequeñas escalas. Es dentro de la universidad, donde todas estas galaxias se encuentran, coalicionan, crean y se recrean. Además, al pertenecer dentro de una comunidad, uno empieza a formar una identidad como estudiante, el cual se encontrará afectado por conflictos universitario, las injusticias que se cometen con respecto a las pensiones, el alza del costo del menú, etc. En otras palabras, hemos convertido a la universidad en un espacio donde podemos individualizarnos como des-individualizarnos, vernos como uno y comunidad a la vez.

Desde mi experiencia personal, cada día que pasa dentro de la universidad es distinto y mutable. Si bien son los mismos cursos, los mismos profesores, el mismo salón, el mismo estrés, uno encuentra variaciones mínimas, perceptibles solo al finalizar el día. A partir de este nuevo conocimiento uno va rompiendo paradigmas, reconstruyendo verdades, desatando (o añadiendo) el vendaje.