A finales del año pasado fue noticia el robo de unos documentos importantes del Archivo General de la Nación, lo cual revelaba la existencia de una mafia que privaba al país de su patrimonio cultural, pero para muchos, un papel firmado por José de San Martín o Simón Bolívar es solo eso: un papel firmado por un personaje famoso en el mejor de los casos, un papel viejo para reutilizar en el peor de los mismos.

Actitudes como esas son las que nos llevan a pensar que el traslado del Archivo General de la Nación (sección republicana) puede significar más un gesto político que un daño a nuestro patrimonio, porque, al fin y al cabo, qué tanto pueden importar un montón de papeles viejos. Alguien dijo una vez que el problema de las clases de historia es que a pesar de buscar fomentar el pensamiento crítico, enseñaban al alumno a aprenderse una serie de hechos incuestionables e interpretaciones aceptadas. La historia, sin embargo, es un discurso, construido intersubjetivamente, y controlado las más de las veces por quienes tienen acceso a las fuentes primarias y recursos para su investigación. ¿Cómo cuestionar, entonces, la visión histórica de los hechos?

La fórmula más obvia es regresar a las fuentes primarias, pero cómo hacer eso si el Archivo está cerrado, en reparaciones, en traslado, sin atención necesaria o con un acceso restringido al público. En efecto, ese recinto lleno de papeles viejos guarda la documentación de más de 400 años de historia institucional y privada, que ha llegado ahí por acción de los antiguos funcionarios estatales y por una que otra herencia o donación. Este legado corre el riesgo de perderse si es que ese viejo prejuicio no desaparece. Estos papeles valen más por lo que en ellos está escrito y representan, que por la firma que poseen o a quien pudieron pertenecer, son los ladrillos que permiten al historiador construir el discurso histórico, y son las fuentes susceptibles de cuestionamiento que nos permiten a todos actuar como reconstructores de nuestro pasado.

No debemos dejar, entonces, que el tema del Archivo sea desplazado de la opinión pública, desaparezca del debate, o sea soslayado por otros temas. ¿Qué sucedería si se perdiera la información con respecto a un periodo de la historia? Lo más seguro que el discurso histórico sobre este periodo no solo sea distorsionado, si no que sea dirigido por un grupo específico al cual le conviene mantener esa narrativa. ¿Es que alguien quisiera que esto suceda con pasajes de la historia como, por ejemplo, el Conflicto Armado-Interno?

La lucha por el Archivo, por un sistema nacional de archivos, es la lucha por nuestra memoria, nuestro pasado y por nuestra historia. Entendiendo que esas tres cosas son distintas, pero están todas articuladas a partir de nuestro reconocimiento del poder de las fuentes primarias. Es verdad, hay más que solo las fuentes del Archivo, pero para todo aquél que lo haya visitado, sabrá que todo lo que hay fuera no reemplaza, sino solo añade a la colección de vital información que este contiene. Tal vez sea hora de dejar de pensar tanto en cómo queremos ver nuestra historia y nos enfoquemos más en cómo podremos construir esa historia.