Wes Anderson es probablemente uno de los directores de cine contemporáneos más importantes. Dueño de un estilo propio, ícono de la cultura pop, creador de personajes entrañables, nombrado por Martin Scorsese como su sucesor, egresado de filosofía y un referente para nuevos artistas. El éxito de Anderson está en mantener su estilo: una vez que uno ve alguna de sus películas, es muy fácil quedar prendado por completo de su cine. Estamos hablando de un artista que ha conseguido tener una marca personal —suena sencillo hacerlo, pero hoy en día es cada vez más difícil poder encontrar un estilo peculiar que te diferencie del resto. Un aspecto que resalta en sus películas es el aspecto visual: los planos simétricos, los colores pastel y el movimiento de cámara que varía entre paneos y zooms. Claro está que no todas son alabanzas. Algunas personas creen que se ciñe a seguir un estilo y le da mayor importancia a este antes que a la historia. En mi caso, creo que su cine, si bien es cierto que suele tocar los mismos temas, termina siendo la perfecta combinación de la forma y el fondo.

Uno de los principales motivos para seguir el cine de Anderson son los personajes que terminan siendo el motor de su cine. Podemos encontrar desde colegiales, oceanógrafos, recepcionistas, campistas, entre otros. Estos personajes caen bien a pesar de ser distintos por su historia pero similares en su esencia. Anderson maneja una misma fórmula que consiste en crear personajes carentes de afecto o en ciertos casos al borde de la depresión.  Al mismo tiempo, Anderson nos adentra en la vida de estos personajes, logrando que empaticemos con ellos aunque sean distintos de nosotros. La mezcla de comedia negra y drama es parte sustancial de la cinta, combinación que el director sabe manejar con un orden impresionante. Sus películas suelen ser catalogadas como comedias;, sin embargo, la comedia tiene el fin de aligerar el peso de las tramas. Estas suelen tener un foco de concentración en las familias y las relaciones de pertenencia: podemos ver familias rotas o personajes que carecen de una. El hecho de que Anderson les dé a sus protagonistas relaciones complicadas con su entorno es porque todos buscan ser felices. La búsqueda de la felicidad y el amor son los engranajes que hacen funcionar al motor de las cintas, los personajes.

Esta semana, su último trabajo “Isle of Dogs” llegó a algunas salas. En este, se narra la historia de un poblado japonés donde las autoridades deciden aislar a los perros en una isla basura a causa de una enfermedad que estos portan. La cinta es más que satisfactoria para todo fan del estilo de Wes Anderson, ya que contiene los tópicos anteriormente señalados. Pero, sin lugar a duda, el rasgo que convierte a la cinta en una gran obra es la utilización del stop-motion —técnica que utilizó por primera vez en su cinta “Fantastic Mr Fox”. Esta consiste en tomar fotos por segundo de muñecos o títeres y darles movimiento en la edición, proceso conocido por su complejidad y por el tiempo que demora la producción. Anderson nos entrega una película tierna y adulta, tocando temas desde el compañerismo hasta la corrupción de estado. La película ya recibió el Premio a la Dirección en el Festival de Berlín, dejando en claro que la propuesta de Anderson ya se ha convertido en una maestría que cada vez sorprende más.

En mi caso, me inicié en la filmografía de Wes Anderson por medio de su octavo film “The Grand Budapest Hotel”. En este, encontré una historia y personajes que —a pesar de su extrañeza— terminaban siendo memorables. Luego de ver esta cinta, quedé prendido de la filmografía de este director, al punto de haber visto cada una de sus películas. Sin embargo, mi preferida es “The Royal Tennenbaums”, en la cual Anderson empieza a consolidar su estilo además de comenzar a trabajar con grandes actores, característica que sigue hasta hoy en día. Sin embargo, es la historia la que me atrajo, la manera en que logra que cada personaje se lleve un poco de tu cariño y aprecio es completamente increíble. En lo que me respecta, invito a cada persona a visionar alguna de sus cintas. Creo son unas piezas de arte que van más allá del entretenimiento, llegando a explorar al ser humano desde un punto íntimo y nostálgico.