Juno es una película extraña. Funciona como una comedia romántica, pero no se atreve a mostrar a sus personajes enamorados. Quiere fungir como un comentario sobre la maternidad, pero no sabe si romantizarla o rechazarla. Quiere ser un coming of age, pero su protagonista adolescente demuestra mayor sapiencia que muchos de los adultos que los rodea, así que no es un tema de madurez o crecimiento. De todas formas, es una película que atrae. Nos interesa ese mundito extraño y diferente que Diablo Cody y Jason Reitman han traído a la pantalla.

Conocemos a Juno McGuff, a quien la rareza le sigue desde el nombre. La vemos llenándose de jugo de naranja mientras comprueba que está embarazada. El padre, por supuesto, es un tipo igual de raro: Paulie Bleeker, novio, pero no novio, alguien que se pasa la vida -literalmente- corriendo. Lo que sigue, sin embargo, no es un melodrama sobre tener o no tener al bebé. Eso -como la mayoría de decisiones de Juno- queda zanjado rápidamente: tendrá al bebé (¡si los bebés llevan uñas!), pero lo dará en adopción. Lo que, sigue entonces, es conocer a la peculiar pareja que ha decidido apostar por Juno: Mark y Vanessa, ricos, felices, confiables. Vanessa cree haber nacido para ser mamá. Mark, músico y antiguo rockero, no está tan seguro. De todas formas, aceptan, lo cual, a su modo, en vez de simplificar las cosas para Juno, las hace todavía más difíciles.

Toca divertirse. Hay algo distinto en el humor del film. Un humor sin punchline ni slapstick, que aparece de forma desprevenida, plagada a referencias culturales, ironía adolescente y mucho rock and roll. Es, pues, un humor en base a observaciones críticas y afiladas. El texto de Diablo Cody destaca por saber encontrar los caminos correctos, las sorpresas adecuadas y convencernos de que es así cómo normalmente hablan las personas. Si bien nos cueste aceptarlo al inicio, lo terminamos valorando: si bien puede que a veces las bromas no nos maten de risa, siempre consiguen sorprendernos y dejarnos una mueca de satisfacción por su inteligencia.

Toca empatizar. La clave está en cada uno de los personajes, en cómo, a pesar de sus peculiaridades, siguen pareciendo honestos, capaces de entablar una conversación interesante. Por eso, si bien en el medio del film creemos que no hay más por contar, seguimos viendo. Nos siguen pareciendo valiosos. Con personajes así, Juno no tiene problema en saltar de género. Comienza prometiendo quedarse dentro de la teenage comedy. De a pocos, consigue hacerse melodramática y, en ocasiones, puede rozar la tragedia familiar. No nos cuesta seguir el ritmo.

Son los personajes y las actuaciones. Ellen Page, por supuesto, encarna de forma distinta -y rebelde- a Juno. Con naturalidad y mucho ingenio, nos convence de que como ella no hay otra. Es una interpretación que, a su forma, sabe delimitar inteligentemente lo que significa ser milennial: alguien desconfiado, cargado de ironía y observaciones antisistema, pero, a su vez, todavía inmadura y frágil. El resto del elenco sigue con lo mismo: los adultos son pequeños adornos que, de todas maneras, contribuyen a este mosaico de conflictivas relaciones interpersonales.

Toca aprender. A Juno se la mira escena por escena. Cada conversación parece revelarnos un poquito más sobre los personajes, sobre sus motivaciones, sobre las tribulaciones que se acumulan para ellos. Juno, entonces, funciona como una pequeña caja de sorpresas: no sabemos qué sucederá después, solo nos dejamos llevar por lo impredecible, de la misma forma en que sus personajes se enfrentan a lo desconocido. Lo mejor está, entonces, en dejarse llevar. Pensemos en cómo crece la relación entre Juno y Mark, cosa que, en teoría no debería suceder. Se nos hace problemático, pero, aun así, natural. Las sorpresas en la historia son bien recibidas.

Aquí los personajes no saben lo que quieren. Los padres de Juno no saben si apoyarla incondicionalmente o si deberían ser mucho más restrictivos frente al vendaval que es su hija. Mark no sabe si debería sentar cabeza o mantener sus fantasías de juventud: acepta reticentemente la idea del bebé y, en lo que respecta a Juno, la ve más como una discípula de gore y rock and roll antes que como la madre de su hijo futuro. Juno, por supuesto, es la que mejor demuestra esa contradicción: no sabe si quiere o no a Bleeker, si debería tenerlo con ella mientras gesta o si, más bien, debería alejarlo del caos que es ella; no está seguro. Finalmente, cada uno trata de enfrentarse a su indecisión y, ante todo, lo hacen por su cuenta. Por eso Vanessa rompe con el resto. A diferencia de los otros, ella sí sabe lo que quiere. “Nací para ser mamá”, dice, en tantas ocasiones, como necesitando reafirmar, ante las dudas, que está hecha para ello. Por eso, enfrentarse a un mundo desordenado e impulsivo puede con ella.

Toca llorar. Luego, por supuesto, viene el drama. La honestidad. Juno nunca es trágica, nunca es demasiado problemática ni exagerada: tan solo, narra situaciones complicadas. La clave de cualquier comedia de calidad es que, cuando llega el momento, no tiene miedo de ser dura, de tocar carne y sorprender al espectador con verdadera sensibilidad y empatía. La clave, como siempre. está en que los personajes, dentro de su extrañeza, se permiten ser débiles. Reconocen y admiten su fragilidad.

Juno que, en el proceso de gestar, pierde los estribos. Mark que, mientras parece enamorarse de ella, entiende que no está tan listo como él lo pensaba. Vanessa que quiere mantener la calma, si tal cosa es posible. Los personajes se enfrentan a su indecisión.

La resolución de tales conflictos, si embargo, se da de forma inspiradora, pero creíble. Algunas veces, las cosas pueden ir bien. Quizás no salgan como planeadas, pero uno se conforma con el resultado. Juno termina aceptando a quién quiere: parece que, a fin de cuentas, si estábamos ante una historia de amor. Vanessa puede cumplir su sueño, aunque no de la forma en la que lo hubiésemos pensado. Al parecer, esa es la lección que debemos llevarnos de Juno. A fin de cuentas, y con todos los conflictos habidos y por haber, uno puede seguir confiando. El querer a otro, el preocuparse por alguien más que uno mismo, todo eso funciona. A veces, basta con sorber un poco de jugo de naranja y decir cómo nos sentimos.