“La novela cuenta, la poesía canta”.

Juan Gelmán

 

I

 

La gente entra de a pocos. En el interior, las más excelsas creaciones de Neruda, Machado, Vallejo, Goytisolo, entre otros, esperan la voz de un cantor, el rasgar de la guitarra o charango y la percusión de una autodidacta. Es domingo por la tarde-noche; el auditorio del Centro Cultural de España está casi lleno.

Probablemente sea mejor: quien oiga tendrá mayor capacidad de escucha, más soledad para comprender el canto y la palabra. Esto, entretanto, se condice con el afán que guía a estos tres músicos herederos de la tradición de la trova medieval: llevar la poesía a la gente. La de hoy fue la última función de Poesía Cantada, actividad artística que reunió a los músicos Manuel Jiménez, Marco Jiménez y Carmen Pflucker, cuyos objetivos eran musicalizar poemas de habla hispana y hacer conocidos, todavía más, sus contenidos.

Manuel Jiménez, voz ejecutora de esta puesta, es de los que piensan que es muy necesario que la gente siga la poesía. No lo dice frontalmente, pero el ímpetu con que toca, canta y se dirige al público así lo demuestra.

 

II

Y cuando llegue el día del último viaje/ Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar/ Me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar.

Jiménez canta en estos momentos un poema de Antonio Machado, el autor de Campos de Castilla. Martín Jiménez, callado acompañante de pelo recogido, toca la mandolina. La digna señora Carmen Pflucker, a la izquierda del hombre que juega con su edad y el cabello blanco y extinguido, se encarga de la percusión. A su costado hay un manto con motivos prehispánicos, en donde descansa un instrumento alargado, igualmente detallado como la tela, que porta semillas. Más adelante, doña Carmen fijará la canción y moverá con estilo ese tubito largo que guarda simientes que produce el sonido de las olas en la orilla. Cada uno de los intérpretes está muy concentrado en lo que hace. Sus ojos solamente se dedican a los instrumentos y a las partituras. Una que otra vez los cierran excitados por la música.

 

III

 

Sobre la cabeza de los Jiménez y de doña Pflucker hay una gran pantalla. Reproduce imágenes surrealistas, acordes, cada una, con el espíritu de los poemas. Sobresalen las del tipo onírico, como si fueran producto de alguna efervescencia, de algún viaje pactado con narcóticos. Al momento de cantar a Vallejo, “piedra negra sobre piedra blanca”, en la tela se ve el busto reflexivo del poeta. La lluvia no tarda en llegar y la cámara lo retrata muy oscuro. Los ojos ni se ven. Un hombrecito de barro anaranjado camina sobre un suelo blanco dejando sus huellas. Va cabizbajo hacia la nada.

Manuel o Martín han intentado plasmar toda la tristeza del vate de Santiago de Chuco, muerto en París con aguacero.

 

IV

 

Manuel Jiménez ha probado ser todo un showman. Antes de cantar un poema, sea de Leslie Lee, Javier Heraud o Alejandro Romualdo, comenta con su voz señorial de qué van los versos. Por ejemplo, en el caso de Víctor Jara, el músico popular chileno asesinado durante la dictadura de Pinochet, habla de sus cualidades como poeta al escribir sus canciones; también de la delicada línea que separa canto y poesía. De inmediato se oye “Te recuerdo Amanda” y quienes peinan canas regresan a los setentas.

Cada vez que puede, Manuel incluye una broma, un comentario sarcástico que el público celebra. Si toma agua “Cielo”, es como un vodka; si bebe de una botella de vidrio un concentrado de amargo kion, lo recomienda. Las canciones también son puntillosamente celebradas con aplausos. Las palmas se escuchan, en promedio, cada cinco o seis minutos.

Sin embargo, la performance cae en un cierto aburrimiento. Cansa un poco la voz señorial de Jiménez y su protagonismo, del cual no se sabe si es pactado o es carencia de carisma de los otros músicos. A veces da la impresión de que solo Manuel podría dar el espectáculo. Probablemente sean temas de logística, pero hay veces en que uno cree que la mandolina tocada por Martín, la guitarra de Manuel y las maracas de Carmen no armonizan. La percusión, que debería dar Carmen, incluso ni se percibe, por eso a veces uno siente que a veces de ella podría prescindirse.

 

V

 

Logré acercarme a Manuel Jiménez, quien guarda un gran parecido con el trascendental pedagogo brasileño Paulo Freire. Durante el recital ha dicho que la gente no lee poesía. Entonces le pregunto por qué piensa eso.

Me lo confirman las librerías. Los libros que menos se venden son los libros de poesía. Hay poetas que saben que no los leen, se leen entre ellos prácticamente. A pesar de que la poesía está en todas partes. Si uno tienes ojos de ver, ojos de mirar, mejor dicho, puede encontrar poesía en cualquier cosa. En los niños, en los parques, en la basura si uno quiere también (ríe). Todo depende de cómo se vea.

Jiménez, de humor caústico, es un artista para quien escribir poesía le resulta muy difícil. Él dice que no tiene vena poética, que otros son los “dotados” para escribir poesía. Sin embargo, esos poetas, lamentablemente en el contexto peruano, según lo ve, están acostumbrados al alejamiento de gran parte de la sociedad. Resignación no sería la palabra, pero sí acostumbramiento a ese hábito de mantener distancias entre la obra y el grueso del público.

Ayuda a eso la consideración que se tiene hacia la poesía de parte de las mayorías: “Siempre ha sido así. La poesía ha sido una de las artes menos populares. Pues hacer poesía es sinónimo de ser bohemio, loco, ocioso. La gente piensa que un artista o un poeta lo que hace es un hobbie, no es un trabajo. Pintar, cantar, hacer música, “no, eso es un hobbie”. No se dan cuenta de todo el trabajo inmenso que hay detrás de escribir un manual de líneas para un poema. La vena poética, no todo el mundo lo tiene”.

Sin embargo, con su pinta de Quijote, Jiménez no se resigna y continúa en su pelea por propagar mensajes poéticos.

Tú no puedes permitir que la gente siga ignorante de estas cosas. No se dan cuenta del daño terrible que se están haciendo. Vivir una vida donde tú no tengas el acercamiento a… siendo tan fácil. Si quieres abres el internet y encuentras todos los poemas del mundo, casi todos. Leerlos disfrutar del sonido, de las palabras, la imaginación, las imágenes que encuentras… es como, no sé, automutilarse, ¿no? Y conectarse con las maquinitas y los jueguitos y la tontería que para eso hay monton de… Pero para los libros prácticamente no… -se queja el trovador.

 

VI

 

Hubo un segundo poema, el mejor de los poemas interpretados por el trío de esta noche. Musicalizado, se llama No te aprendas la canción. Pero en el poemario Regalo de lo profundo (1950) lleva el reservado nombre de Canción I.

No te aprendas la canción,/ No te la aprendas;/ Que este contigo y te busque/ Cuando ella quiera. (…)  Nada le pidas ni tomes;/ Que vaya y venga/ Como la luz, como el aire,/ Sin una letra.

Le pregunto por su autor, Javier Sologuren, a quien Jiménez conoció, pues además de amistad era su primo.

Él era primo mío y tuvimos una época de mucha cercanía, de vecindad. Hemos  vivido cerca (en Chaclacayo y en Miraflores). En Chaclacayo vivíamos prácticamente puerta a puerta. Lo veías y era un tipo sencillo, pero cuando escribia –hace un gesto de quien reconoce el  comprobado talento de alguien- crecía una barbaridad. Eso es lo que tiene pues el artista, el auténtico…

Antes de regresar con sus amigos y familiares, Jiménez me pregunta si escribo poemas. Arrobado, le miento, le digo que no, pero que sí soy lector de ellos. El hombre que bebe kion en sus presentaciones me responde que de continuar leyendo, ¿por qué no?, se puede descubrir la famosa vena poética. Torna sus pasos hacia sus familiares y se oye la voz de Carmen, por fin.

-A ver, a ver, ahora sí tocamos a Benedetti.

Sus personas cercanas se juntan para la sesión exclusiva. Martín se ha ido con una  chica. Así que solo Manuel y Carmen evocarán al poeta charrúa y a su popular poema “Te quiero”.

31-08-14