Un discurso patriota, masculino, épico y bélico. Una guerra sublimada que es observada por millones de tele-espectadores. Por unos momentos un juego iluso de once personas corriendo detrás de un balón, se convierte en una lucha épica entre dos pueblos que encarnan sus propias narrativas históricas. En el estadio se enfrentan los jugadores con la camiseta puesta, como antaño en el teatro los artistas representaban a personajes mitológicos que escenificaban los momentos fundacionales de sus pueblos. El fútbol tiene mucho para decir de la sociedad que lo practica, como cualquier práctica del pasado.

En el caso sudamericano, y más específicamente en el caso del enfrentamiento entre el combinado nacional chileno y el peruano; un juego sirve para evocar todo aquello que nos construye como nación desde que nos constituimos como una. En el Perú, el momento cuando verdaderamente pasamos por este proceso fue tras la guerra de 1879. En efecto, si el Perú es independiente desde 1821, el discurso de nación que se enseña en colegios e institutos, y que es reproducido en los medios e interiorizado por el peruano de a pie, es el que nace del periodo inmediatamente posterior a la “mítica” Guerra del Pacífico.

Más de cincuenta años pasaron entre el Tratado de Ancón (1883) y el Tratado de Lima (1929), durante los cuales, las relaciones peruano-chilenas estuvieron encendidas por el asunto del plebiscito que decidiría si se daba o no la devolución al Perú de las provincias de Tacna y Arica. Todos los partidos políticos de la época clamaban ser la mejor opción para resolver rápidamente el problema, y a pesar de los intentos de mediación internacional, el plebiscito seguía dilatándose. Comenzó entonces lo que en el Perú se ha llamado la política de “chilenización” de las provincias recién adquiridas: la represión a los nacionales peruanos y la promoción de la migración chilena a las provincias en cuestión. En ese contexto, el tenso ambiente internacional produjo varios discursos que hoy son muy recordados por su prolongado efecto en el sentir nacional. Fue por esta razón que Gonzales Prada afirmó que los “sentimientos capaces de regenerarnos y salvarnos” eran “el amor a la patria y el odio a Chile” y que solo así, construyendo a nuestro enemigo, podríamos ser grandes como país. El odio a Chile construyó un nuevo discurso nacional, uno que entendía al Perú en términos opuestos al “Otro” chileno.

Este discurso predominó durante el periodo en cuestión, pero no logró ser el discurso hegemónico durante todo el siglo XX. Entre las décadas de 1930 y 1970, primó un discurso conciliador que privilegiaba los aspectos de solidaridad entre ambos países. Incluso el fútbol de la época no fue ajeno a este discurso, pues fue en esos años que se organizó el Combinado del Pacífico entre 1933 y 1934, compuesto por jugadores de ambas selecciones, para que participen de partidos amistosos en ligas europeas. Otra muestra de una actitud parecida se dio en los primeros encuentros de las selecciones nacionales peruanas y chilenas en los años 30’. Al parecer, en ellos dominaba un espíritu menos confrontativo y más relacionado con el “juego limpio” de la doctrina olímpica. Aunque el asunto no se ha analizado, con el pasar de las décadas el discurso alrededor del Clásico del Pacífico debe haber cambiado, puesto que las relaciones entre ambos países volvieron a un punto crítico en los años 70’s, momento en que los rumores de guerra comenzaron a sonar en el sur del continente.

Las décadas posteriores han sido marcados por una actitud ambigua en las relaciones peruano-chilenas. En el Perú hasta hace muy poco las declaraciones de buena voluntad estaban mezcladas con cartas diplomáticas por los supuestos métodos de espionaje que el país vecino había realizado, o por cartas públicas de denuncia por las armas que había comprado. Todo eso sin contar el diferendo marítimo que el Perú sostuvo con Chile ante la Haya.

Suena muy anti-peruano decir que la historia sobre la que se basa el discurso nacional tiene una clara intencionalidad denigrativa, sin embargo, no deja de ser verdad. El discurso conflictivo oculta momentos de amistad y ayuda mutua, como la guerra que ambas naciones mantuvieron con España (1866) o, sin salir de la escena del fútbol, la ayuda del club Colo-Colo a Alianza Lima tras la tragedia del Fokker. En todo caso, los hechos parecen insuficientes para explicar esta singular narrativa del conflicto y parecer ser el discurso mismo el que la ha construido.

Parece un sinsentido, ¿no? ¿Cómo puede haber sido el discurso construido por el discurso? La respuesta probablemente sea algo más compleja. Un momento específico de la historia, como fue el periodo de pos-guerra, fue trascendental para la formación del país, por lo que ese discurso fue repitiéndose desde el Estado y los medios, contribuyendo a que se fortaleciera. Por esa razón no olvidamos que “con ellos no hay amistosos” y dibujamos a Arturo Prat y a Miguel Grau en nuestros memes como los rivales a enfrentarse. Por esa razón, seguimos viendo un partido de fútbol de once jugadores como una batalla más en la épica lucha que nuestros pueblos parecen mantener desde 1879.