Pese haber causado noticia en los últimos meses gracias a la difusión de los audios recopilados por IDL Reporteros, la verdad es que el mecanismo por el que funcionaba la red de tráfico de influencias ya era conocido desde hace mucho por el ciudadano de a pie. Sean los protagonistas jueces o congresistas, profesores o jefes, para nadie es una sorpresa que los ascensos se obtengan con favores, recomendaciones y humillantes peticiones. Algunos lo llaman “tener vara” y hoy en día es una medida usual para aquél que quiera asegurarse un trabajo. Se replica a todo nivel. Así como el magistrado César Hinostroza nombraba jueces por debajo de la mesa, así también el ciudadano común usualmente decide llamar al suegro de su compadre, al esposo de su amiga del colegio o a su ex-jefe antes de postular a un trabajo. Dada así la situación, nos es lícito preguntarnos por sus orígenes.

Durante el Antiguo Régimen(1) era normal que los magistrados nombrados por el rey sintieran que “poseían” sus puestos. Esta sensación provenía de una antigua concepción de la administración como un asunto patrimonial, como una extensión del cuerpo del rey debido a que este les entregaba esos oficios como mercedes. En el Perú, el virreinato funcionaba replicando el caso hispánico. El virrey era alter-ego del rey, y como tal, tenía todas sus adjudicaciones. De esta manera, contaba con una corte formada por amigos y parientes que funcionaba a la vez como burocracia virreinal, los cuales de tanto en tanto entraban en conflicto con la élite local, o sino hacían lo contrario al formar alianzas con ellos. Este proceso dio vida durante siglos a la administración local. El rey sufrió tanto con ellos, como nosotros con nuestros burócratas, e intentó en numerosas ocasiones cambiar las bases de su accionar para una mayor eficacia en su gobierno. Por mencionar solo algunos problemas: los oficiales de la Real Hacienda, que recolectaban los impuestos, con el tiempo llegaron a formar un solo cuerpo con los intereses locales, destinando mayor porcentaje de las remesas al virreinato antes que al monarca. El otro inconveniente fue el de los corregidores de indios, magistrados a cargo de jurisdicciones territoriales con funciones militares y judiciales, que fueron cada vez menos competentes para recolectar el tributo correspondiente y mucho más eficaces para negociar con el cura y el curaca local.

En el Perú actual, aunque el Antiguo Régimen tiene mucho tiempo de haber caído, parece que la cultura patrimonialista aún no ha desaparecido. Basta con recordar el caso del vocablo “argolla”, la existencia de un grupo cerrado que gira alrededor de quien ostenta el poder y permite que otras personas logren conexión con él: quien se les enfrenta pierde la gracia del jefe, quien quiere acceder al poder tiene que seguirles la pauta. Esas son las características del caso que nos han revelado los audios. Así, cuando se observa a Bienvenido Ramírez explicando el sistema con el que se enriquecen los congresistas, cobrando porcentajes por el “patrocinio” de cada proyecto ante el congreso; o cuando se escucha a Hinostroza repartiendo puestos a cambio de “servicios”, “frutas” o “visitas por la noche”, uno tiene la sensación de que estos personajes creen “poseer ” sus puestos.  Viendo las cosas en perspectiva, el corregidor al menos sí compraba su puesto y pagaba un impuesto por él, estos magistrados se los regalan entre ellos y la factura nos llega a nosotros.

Notas
(1) El Antiguo Régimen entendido como la estructura social y política dominante europea antes del cuestionamiento ilustrado en el siglo XVIII a partir de la Revolución Francesa.