Si trato de entender un episodio importante en mi vida, es aquel en el que hice un garabato en mi primer libro. Contemplé  anonadada, yo pequeña de 6 años, como con una simple línea cambiaba el rumbo de una historia que no alcanzaba a entender a cabalidad.

Supe que dibujando unas líneas entrelazadas, las historias se volvían reales en la memoria del papel. Creciendo, comprendí que la historia que escribía se alimentaba de las pequeñas decepciones diarias a las que estaba sometida. Familia, amor, libertad: todas ellas en versos, en palabras, en un universo perdido entre hojas de papel y guardado celosamente bajo mi cama.

Mi primer estallido de rebeldía también está guardado entre letras: Le dije a mi padre que quería estudiar Literatura.

Fue como invocar a Satanás en plena reunión familiar. La barahúnda terrible que se armo es algo que no puedo explicar en palabras, pero sí que pudo dar su resultado: aquella noche me aferré con más fuerza a las montañas de papel en mi cuarto, jurando entre lágrimas que algún día sería libre y sería quien yo quisiese.

Mientras tanto, seguí alimentando mi codiciosa mente con más y más libros, robando tiempo de estudio, invirtiéndolo en la nueva novela descubierta. Descubrí más autores y me hundí en un frenesí obseso por saber más y más.

Mis primeros escritos fueron un desastre, pero aún les guardo mucho cariño. No hay nada más bonito saber de dónde uno vino, y recordar que todavía faltan experimentos inexplorados, nuevos giros de tuerca, nuevos anti-héroes por construir.

Y es así como llegué aquí. El camino no ha sido fácil, lo admito. Mis primeros errores fueron catastróficos. Puede que esto también lo sea. ¿Pero de qué manera no nos pondremos a prueba si no nos lanzamos al delicioso vacío del peligro? Tal vez después de todo nuestra oportunidad soñada esté al final: la publicación de tu novela, de tu poemario, o simplemente que lean un cuento tuyo y ver la emoción reflejada en su rostro.

Se los puedo asegurar. Escribir no es una tarea sencilla. Implica desnudarte en un espacio de dominio público entre tú y tu conciencia. Pero se lucha con todo lo que se puede, y con las armas que se debe.

Porque la literatura es demasiado hermosa como para dejarla pasar.