En el marco de la festividad del Día del Padre, no podemos dejar pasar el adelanto exclusivo que brindó Renato Cisnero al Diario El Comercio (Revista Somos) acerca de su libro Algún día te mostraré el desierto (Alfaguara) que se presentará en la Feria Internacional del Libro de Lima 2019. Este libro, supuestamente escrito a modo de diario de paternidad -resalto el supuestamente, pues un diario implica entradas con fecha, característica que según el adelanto no tiene- tiene un destinatario explícito: su hija Julieta.

El nuevo libro de Renato Cisneros.
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Son seis los párrafos que dio a conocer el periodista, en los que se encierra con fuerza el sentimiento de cariño hacia su pequeña hija. Copiaré, a continuación, el extracto intercalando algunas opiniones y críticas al respecto. Quiero aclarar que si bien se trata de un diario de paternidad (tal como se ve en el “subtítulo”), existe un ir y venir entre la ficción y realidad. Desde el momento en que escribe sus anécdotas y sentimientos, ya comienza una especie de ficción. Sin embargo, debido al estilo, el sujeto autor, el sujeto narrador y el sujeto persona comparten aquí un mismo plano. ¡Comencemos!

Abjuré tantas veces del matrimonio y la paternidad –en nombre de teorías rabiosas que ya no recuerdo o no quiero recordar–, que esta vida de casado, estos últimos meses en concreto siguiendo de cerca el embarazo de Natalia, siendo muy consistentes, parecen salidos de una realidad brumosa, paralela, casi ficticia, que no termino de creer.

Algo que llama la atención de inmediato es el verbo con el que inicia el extracto brindado: “abjuré”. Comentando con uno de mis amigos, discutimos precisamente acerca de la razón por la cual el autor ha decidido utilizar tal palabra. No sabes con exactitud si es que los párrafos brindados corresponden al inicio del “diario”, pero, de serlo, pienso que es un inicio bastante brusco, que marca una distancia entre el lector y lo escrito, y, por ello, va en contra de lo que un diario puede implicar. El resto del párrafo me parece bastante más cercano y coloquial a lo que respecta un diario de paternidad. Expresa brevemente la relación con su pareja Natalia durante el embarazo y cómo esta nueva etapa, como dice la frase cliché, era una realidad “casi ficticia, que no termino de creer”.

(Foto: Erik Molgora)

Quizá sea la distancia con Perú lo que le confiere a mi presente esta textura líquida de sueño irreal pero vívido. O quizá sea la velocidad inusual con que se han dado las cosas durante los últimos dos años, una detrás de otra, sin detenerse, como fichas de dominó dispuestas en cadena que no dejan de caer hasta formar una figura puntual. Quién me lo habría dicho. Nadie. Ninguna bruja, adivinadora o astróloga. Hasta hace relativamente poco era un soltero empedernido, noctámbulo, vivía en Lima, en un cómodo departamento propio, manejaba un auto deportivo, aparecía en programas sintonizados, gozaba de cierto reconocimiento público, percibía un buen sueldo, no recortaba mis gastos y escribía unos libros que, por lo general, no pasaban desapercibidos entre los lectores.

Como cualquier relato de una nueva etapa en la vida, este segundo párrafo evoca al pasado de soltería que tuvo el escritor antes de que la llegada de su hija cambiara por completo su estilo de vida. Posteriormente, tras hacer los planteamientos típicos de padre primerizo, hace una confesión que me llama bastante la atención, en especial porque él mismo admite su actitud egoísta frente a la etapa que le toca vivir. Renato, como autor, persona y personaje de este diario de paternidad, es alguien que venera su autonomía por encima de todo. La escritura es algo sagrado y pues, en su caso, el ser padre iría en contra de todo lo que él más rescata de su libertad. Veamos qué dice en el párrafo siguiente.

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Hoy soy otra persona. Estoy casado, vivo con mi esposa en un país que no es el nuestro, alquilamos un piso estándar en una ciudad en la que somos dos inmigrantes anónimos, me dedico exclusivamente a escribir novelas, no tengo sueldo ni auto ni exposición ni fama y, con cuarentaiún años cumplidos, me alisto para ser padre. Claro que el infinitivo “alistarse”, al menos en mi caso, no significa “estar listo”. Dudo de que alguien esté listo para un momento así. Se puede estar dispuesto, pero ¿listo? Jamás. Sé que no lo estoy porque en estos días previos al gran evento se me entremezclan la ilusión, la expectativa y la curiosidad con el miedo. Hay días en que solo hay miedo. Y no me refiero al miedo a equivocarme en la crianza –ser padre, en buena cuenta, es eso, equivocarse–, sino a un miedo más crudo y egoísta: el pavor a perder mi autonomía, a perderme a mí. A menudo pienso qué ocurrirá en adelante con mi oficio, con el horario que escrupulosamente he diseñado para trabajar y satisfacer las manías y angustias propias de un escritor neurótico al que tanto le ha costado darle cierta continuidad a su vocación.

¿Irá a estropearse todo con la presencia demandante de una criatura recién nacida? ¿Podré armonizar las responsabilidades de padre primerizo con mi trabajo? ¿Entenderá Natalia que mi trabajo es esto: hacer una autopsia constante de mi intimidad para descifrarla, primero, y luego usar ese material para contar una historia? Lo ha entendido hasta ahora, pero ¿será igual de benevolente el día que me excuse de, por ejemplo, hervir chupones, desarmar coches, lavar pezoneras o visitar pediatras, porque debo escribir mis impresiones tras el nacimiento y primeros días de vida de Julieta? ¿Soportará que el ejercicio de la paternidad sea a veces pospuesto por la narración de la paternidad? ¿Comprenderá la diferencia entre “paternidad ejercida” y “paternidad narrada”? Y si no la comprende, ¿tendré derecho a enojarme con ella o tendré que tragarme esa rabia y descuidar el oficio –lo único verdaderamente mío, lo único propio que tengo– para cuidar a mi hija, que siendo mía a la vez pertenece al mundo?

Antes de pasar a la discusión del texto mismo, considero importante colocar explícitamente lo que muchas personas sostienen por los roles paternos y maternos de los padres previo a la llegada de un bebé. Es históricamente conocido que la mujer, por su posición biológica de llevar (literalmente) el embarazo, tiene que encargarse de los cuidados del bebé, darle de comer, preparar, con el pasar de los meses, sus biberones, entre otras tareas; mientras que el hombre, todo un trabajador (nótese la ironía), al llegar cansado del trabajo, está ausente todo el día, no tiene tiempo para dedicarse a su hijo o hija, y solo cumple un rol de acompañamiento “cuando tiene tiempo”. Precisamente, esta dicotomía es la que rechazo por completo. A ver, el/la hijo/a es de ambos, ¿no? Todo genial con la tarea biológica impuesta para la madre, pero debería haber un reparto de tareas y un apoyo constante en el crecimiento de la pequeña, en el caso de Cisneros (en la ficción). Por esta razón, sentí una total repulsión al leer las líneas de este párrafo, en especial la instancia de la diferencia -y balance- que hace entre paternidad ejercida y paternidad narrada, y la posibilidad de molestarse con su pareja por no respetar su individualidad como escritor al querer que, tal vez, contribuya un poquito con su hija. Sinceramente, no sé si es que se ha escrito esto con intenciones de ironía o si, de verdad, coloca como opción o el descuidar su escritura para ser parte plena de los cuidados y de su hija misma o el seguir ficcionalizando momentos que ni siquiera está viviendo por encerrar, precisamente, en la burbuja de la ficción las acciones que debería experimentar si ser un medio para seguir produciendo.

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Estas dudas no puedo exteriorizarlas con Natalia. Ser madre es el sueño de su vida. Antes que para la medicina, ella nació para la maternidad. No lo digo yo, sino sus colegas y hasta su propia familia. Cuando era niña, en Perú, le dio rostro a la campaña publicitaria de un bebé de juguete que salió al mercado por primera vez para una Navidad. El atractivo del muñeco consistía en su habilidad, si puede llamársele así, para, una vez que le era retirado el chupón de la boca, protestar meando encima de su dueña. Se llamaba, con todo derecho, Baby Pilín. Con seis años cumplidos, Natalia apareció en avisos comerciales cargando en brazos al muñeco con gran convicción dramática, como si fuera su primogénito, sin perder la sonrisa ni siquiera en esos momentos en que el juguete de marras vertía sobre ella sus falsos orines. He visto las fotos. Dice su madre, mi suegra, que incluso antes de eso, con apenas uno o dos años nada más, Natalia se quitaba la camiseta y acercaba sus muñecas hacia su pecho para, una por una, darles de “lactar” y saciar su hambre de utilería. Claro que no es por temor a lesionar ese precoz impulso maternal que me ahorro ante ella cualquier comentario inquietante, sino por un tema estrictamente médico: su hipertensión.

Este párrafo creo que es la explosión del machismo y cómo éste coloca a la mujer siempre como si su deseo más grande fuera el ser madre y vivir para la maternidad. No descarto para nada que algunas mujeres más que otras colocan el tener un hijo o una hija como un acto hermoso. Sin embargo, el seguir el discurso de la mujer es plenamente madre y nace para ejercer únicamente eso alimenta que esté siempre subordinada al hombre, ya sea económicamente, como por ser aquella que siempre está en la casa y “lo tiene que servir”. Incluso, gracias al repaso que hace aquí el autor de las propagandas femeninas en las que apareció su pareja le dan énfasis al estereotipo de roles de género impregnado en nuestra sociedad.

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No quiero imaginar a cuánto ascenderían los valores de su presión sistólica o diastólica si supiera que, detrás del esposo aplomado y colaborador que trato de ser en el día a día, hay un espantapájaros cuyos sentimientos paternales no han terminado de asentarse. Quiero ser padre, de eso no existe la menor duda, lo que me falta son agallas para encajar los cambios que vendrán. // (Fuente: El Comercio).

Finalmente, este último párrafo reafirma el hecho de que el hombre es siempre el que más se tarda y necesita una preparación para ser padre (“lo que me falta son agallas”) mientras que la mujer siempre se tiene que encontrar lista para ejercer la maternidad.

A manera de conclusión, quiero recalcar que al tratarse de un “Diario de paternidad” la figura de Renato Cisneros se compartiría tanto en el plano de autor, de narrador, de personaje y de persona. Esta última instancia porque un diario presupone revelaciones íntimas que constituyen (obvio no globalmente) a la persona en cuestión. Asimismo, algunos temas controversiales, desde el mismo objetivo del libro, el contar la paternidad, pueden hacer que se desprendan discursos que chocan con muchos lectores. Precisamente, esto sucede porque al tratarse de un diario, se expone una opinión mucho más personal y no revelada con anterioridad.

¡A esperar a la FIL para comprarlo y leerlo con detenimiento!


Fuente

https://elcomercio.pe/somos/historias/dia-padre-adelanto-exclusivo-nuevo-libro-renato-cisneros-noticia-642722